CAPÍTULO VEINTITRÉS Catalina avanzaba por palacio arrastrando a Angelica con ella. La noble no se resistía, quizás porque imaginaba todas las cosas que Catalina podría hacer si Angelica le daba alguna razón. El palacio estaba casi igual de tranquilo y, probablemente, por muchas de las mismas razones: la presencia de un ejército imponía en él una especie de orden, aunque hacía imposible que la actividad normal del día continuara. —Por aquí —dijo, al notar la presencia de su hermana más adelante. —La gran sala —dijo Angelica a su lado—. Un lugar perfecto para una usurpadora. Me pregunto si también será una tirana. —Cállate —espetó Catalina, empujando a Angelica dentro de una sala que parecía tan larga como para poder usarla para cuadro de entrenamiento si hubieran querido. Probablemente

