CAPÍTULO VEINTICINCO A Angelica le ofendía tener que esperar a un lado de la corte casi tanto como odiaba estar prisionera. Así no era cómo se suponía que funcionaba el mundo. Se suponía que era ella la que tenía que sentarse en el trono y que la gente viniera a ella, en busca de ayuda o declarando su lealtad. Se suponía que no era Sofía. Era ella la que se suponía que debía tener a Sebastián a su lado. En cambio, estaba allí al lado de Sofía y ambos todavía respiraban a pesar de los grandes esfuerzos de Angelica. Veía el modo en el que se sonreían el uno al otro siempre que tenían un espacio para hacerlo, completamente felices, completamente satisfechos el uno con el otro en los instantes previos a que se acercara otro solicitante. Angelica tenía que preguntarse lo estúpidos que eran

