CAPÍTULO VEINTINUEVE El Maestro de los Cuervos subía por la colina de horcas de fuera de la ciudad y le divertía un poco la incapacidad de sus ayudantes por seguir el ritmo de sus largos pasos. Era un recordatorio de la fuerza que estaba creciendo en él y que aumentaba a cada momento. Les adelantó andando a zancadas, pasando por una jaula tras otra llena de muertos o de moribundos, rivales y antiguos amigos, los criminales y los sencillamente desafortunados. —Como si esto cambiara algo —dijo al viento. Fue dando largos pasos hasta arriba del todo, donde había más horcas en círculo. Estaban todas ocupadas, pero solo una tenía un ocupante vivo. Probablemente, el hombre había sido fuerte, pero su fuerza lo había abandonado de su tiempo aquí, agotada por el hambre y el trabajo de los cuervo

