Aitana caminaba por las calles de Atenas, el aguacero torrencial que caía sobre la ciudad reflejaba perfectamente el caos que reinaba en su interior. Sus pensamientos estaban nublados por la ira y la tristeza del momento, como una tormenta que amenazaba con arrastrarla a lo más profundo de su desesperación. Encontró refugio en un pequeño bar, su figura empapada y afligida contrastaba con el ambiente cálido y acogedor del lugar. Se sentó en un taburete, buscando en la bebida fuerte una vía de escape, una manera de ahogar las penas que la atormentaban sin descanso. — Otra, por favor. —pidió con voz entrecortada, levantando su vaso vacío en un gesto de súplica. Los hombres del lugar la miraban con sorpresa, pero ella bebía con prisa, como si cada trago fuera un

