Hace ya cuatro días que fue la reunión con el consejo y hoy, viernes, sigo encerrada en la oficina con Gabriel. El reloj marca una hora indecente, de esas que ya no se miden en tiempo sino en agotamiento. Me arden los ojos de tanto leer informes y mis hombros están rígidos, tensos, como si cargara algo más que trabajo. Aún faltan días para el viaje a Alemania, pero estamos tan atrasados que parece que el avión sale mañana. Hay demasiadas cosas que cerrar, demasiados cabos sueltos, demasiadas responsabilidades que no esperan a nadie. Pedimos comida para la oficina porque salir ya no es una opción. Le pedí a Marianne que arrope a Leo; me dolió no hacerlo yo, pero hoy simplemente no podía estar en dos lugares al mismo tiempo. Esa culpa silenciosa se me instala en el pecho, como siempre. Ga

