Gabriel Hamilton. Estaba en el restaurante esperando a Anne y al niño.Había llegado quince minutos antes, algo que no suelo hacer. Elegí una mesa discreta, lejos de la entrada principal, con vista al ventanal. Un sitio donde nadie pudiera molestar, ni observar demasiado. Aun así, no dejaba de mirar el reloj. Envié a mi chófer por ellos y maldita sea, debía aceptar.Me sentía estúpido. Ridículamente estúpido por haber insistido, por haber planteado soluciones, por casi rogarle que viniera. Yo no ruego. Nunca lo hago. Y, sin embargo, ahí estaba, con una incomodidad clavada en el pecho que no sabía nombrar. Cuando por fin los vi entrar, algo en mí se tensó. Anne caminaba con paso seguro, aunque conocía bien esa rigidez suya: la usaba cuando no quería mostrar cansancio. Llevaba un vestido f

