Maya Gabriel estaba raro. No sabía explicar cómo, pero algo en su postura había cambiado mientras hablaba con el señor Coleman: los hombros tensos, la mandíbula dura, esa mirada fija que solo le había visto cuando algo no salía como él quería. Preferí no preguntar. No era el momento ni el lugar. Me despedí con educación de los otros dos hombres y me alejé de la mesa antes de que el ambiente se volviera más denso. Fui directo hacia donde estaba Leo. Mi hijo tenía las manos, la comisura de los labios y hasta la punta de la nariz manchadas de chocolate. Sonreí a pesar del cansancio que llevaba encima. Me agaché frente a él, le limpié con una servilleta húmeda y le di un beso en la frente. —Te has pasado un poco, ¿no? —le susurré. —Estaba muy rico —respondió, encogiéndose de hombros, sin

