Maya Hace unas horas llegamos a Boston y por fin entré a mi departamento. Leo estaba exhausto; cuando el cansancio lo vence se vuelve irritable, silencioso, como si el mundo le pesara demasiado. Lo ayudé a bañarse, le preparé algo ligero de comer y después lo dejé acostado en la cama, con sus dibujos animados encendidos, abrazando un muñeco que ya conocía todas sus tristezas. Cuando por fin se quedó medio dormido, respiré hondo. El silencio del departamento era denso, incómodo. Ya era muy noche cuando el timbre sonó. Una vez, dos, tres. Me quedé inmóvil.Volvió a sonar, insistente, casi furioso. Caminé hasta la puerta con el corazón golpeándome en el pecho y miré por la mirilla. Era Gabriel. Su expresión era dura, la mandíbula apretada, los ojos cargados de una rabia que conocía demasi

