Me desperté temprano al día siguiente, casi sin haber dormido. Me vestí en silencio, dejé a Leo con Marianne y salí rumbo a la empresa como todas las mañanas. Pero nada era igual. Iba con el pecho apretado, la cabeza hecha un caos y una rabia contenida que me quemaba por dentro. Entré a la oficina de Gabriel sin tocar. Él estaba de pie, revisando unos papeles, y cuando me vio… sonrió. Una sonrisa amplia, satisfecha. Como si hubiera ganado. —Sabía que vendrías —me dijo, con ese tono arrogante que tanto odiaba. No le devolví la sonrisa. —Ya no quiero ser tu asistente —solté, directa. Su expresión cambió apenas un segundo, lo suficiente para notarlo. Caminó hasta la puerta y la cerró con seguro. —Cariño, si estás pensando en renunciar estás completamente equivocada —dijo, apoyándose en

