Capítulo 1 (parte 1)
Tres días antes del duodécimo cumpleaños de Rebecca Raven, un grito desgarrador estremeció los pasillos de la mansión del marqués Edward Raven. No fue un grito cualquiera; fue uno que heló la sangre de todos los presentes y sacudió hasta las paredes forradas en seda.
En su hermosa habitación, bañada en tonos dorados y pasteles, rodeada de muebles victorianos de valor incalculable y una montaña de peluches perfectamente ordenada, Rebecca permanecía inmóvil, temblando. Entre sus muslos y la tersa sábana de su cama, una mancha roja —profunda, carmesí— florecía como una herida abierta.
Rebecca no era ingenua. Sabía exactamente lo que significaba. Pero encontrarla así, de golpe, al despertar, la había sobresaltado tanto que había gritado como si alguien hubiese intentado arrebatarle a su peluche favorito.
El caos no tardó en escucharse.
Su madre, Janelle, dejó caer la brocha de maquillaje y corrió por el pasillo con el corazón en la garganta.
Su padre, desde la planta baja, abandonó el periódico como si ardiera entre sus manos.
Y Alexia —aún con el cabello húmedo, envuelta únicamente en una bata— salió disparada y descalza, dejando un rastro de agua por todo el pasillo.
Cuando entraron, encontraron a Rebecca hecha un ovillo, llorando entre sollozos temblorosos mientras su madre Janelle la envolvía en un abrazo firme.
—Cariño, cálmate. —La marquesa le acariciaba el cabello con suavidad—. Esto es normal, lo hablamos, recuerda. No pasa nada.
—Pero… justo tres días antes de mi cumpleaños —sollozó Rebecca—. ¡Lo arruinará todo!
Desde la puerta, Alexia intentaba componer una expresión seria, aunque sus labios amenazaban con temblar en lo que podría proceder a una risa.
—No va a arruinar tu fiesta —aseguró—. Dura poco y…
—¡Pero será incómodo! No quiero esto —refunfuñó Rebecca, con las mejillas enrojecidas de vergüenza y rabia.
—No es cuestión de quererlo —respondió Alexia, entrando finalmente a la habitación—. Ya está aquí. A mí me pasó igual… tal vez solo dure tres días.
—Cada cuerpo es distinto —intervino Janelle—. Si dura más, será molesto, pero sabrás cómo manejarlo.
Nada, absolutamente nada, calmaba a Rebecca tan rápido como un nuevo peluche… especialmente si tenía un collar de rubíes. Y así, entre lágrimas, orgullo herido y la promesa de ese regalo, la pequeña heredera finalmente respiró con más calma.
Más tarde, mientras todos retomaban su rutina camino al desayuno, una escena particularmente cómica surgió cuando Rebecca descendió las escaleras caminando con evidente torpeza.
—No te rías, Alexia. No es gracioso —bufó Rebecca sin siquiera mirarla.
—No me estoy riendo —mintió Alexia, con una risa escapándose traicionera por la comisura de los labios.
El comedor estaba impecable, como siempre: refinado, elegante, demasiado opulento para tratarse de un desayuno ordinario. Cada quien tomó asiento mientras los sirvientes entraban y salían con precisión milimétrica.
Cuando por fin terminaron, el marqués se aclaró la garganta, presidiendo la mesa como el juez de un tribunal.
—Todo está preparado para la fiesta de Rebecca —anunció con solemnidad—. Espero el mejor comportamiento de todos… especialmente de ti, Alexia.
—Sí, padre —respondió ella sin levantar la mirada.
—Además —continuó Edward—, he solicitado un guardia personal para Rebecca. Ya es una mujer en toda regla y necesita protección. Será la futura marquesa y debemos garantizar su seguridad.
El ambiente se tensó ligeramente… un tema que todos conocen, pero pocos mencionan.
Porque aunque Alexia tenía veintitrés años y era la primogénita, su sangre no era completamente noble. Era hija del marqués, sí, pero de una mujer sin título, que sólo reveló la verdad cuando ella tenía siete años. Desde entonces Alexia con el apellido de los Raven fue criada para estar dentro de la gran sociedad, pero no para ser una igual. Su madre la dejó en disposición de su padre y nunca volvió.
Rebecca, en cambio, era la joya legítima de la familia: nacida de un matrimonio noble, destinada a heredar el título. Con su cabellera rubia, sus ojos verdes y una belleza que comenzaba a perfilarse con una gracia inquietante, ya era objeto de miradas… y pronto, de expectativas matrimoniales.
Aquel primer sangrado no era solo el inicio de su transición a la adolescencia.
Era el recordatorio de que la vida de Rebecca Raven —la niña que coleccionaba peluches— acababa de dejar de ser solamente suya.
La mansión recuperó su calma habitual cuando cada m*****o de la familia retomó sus responsabilidades.
El marqués se preparaba para partir a los asuntos del Reino de Wittmar; su porte recto y su paso firme dejaban claro que, para él, el deber nunca esperaba.
La marquesa, con la elegancia afilada de quien domina su imperio, revisaba diseños y gemas para su prestigiosa joyería—una de las mejores del Reino y entre las diez más valoradas del mundo.
Alexia, en cambio, tomaba su bolso sencillo y se disponía a salir al trabajo que su padre y su abuelo le habían impuesto años atrás. Ayudar en el orfanato y en el área infantil del hospital, no era una tarea menor… pero ella la abrazaba con sinceridad. Los niños descubrían en ella una calma especial, un tipo de ternura que no se podía fingir.
Para Alexia, no era un trabajo: era una forma de aliviar el dolor de quienes más lo necesitaban.
Solo Rebecca tenía una rutina completamente distinta: clases de piano, etiqueta y lecciones privadas que la preparaban—con o sin su consentimiento—para la vida que la nobleza esperaba de ella.
En el hospital, Alexia ya había recorrido varias salas, apoyándolas en lo que podía. Le habían pedido innumerables veces que dejara de usar el uniforme, pero ella siempre se negaba. Prefería pasar desapercibida como una trabajadora más, no como la hija bastarda del marqués.
Especialmente hoy, cuando la Marina, el Ejército y la Guardia Real estaban por llegar a entregar donaciones. Era uno de los días más movidos del año: ropa nueva, juguetes, cajas llenas de obsequios y más personal del habitual. Altos rangos, uniformes impecables, animadores… todos desfilaban por los pasillos como si fuera un desfile de disfraces elegantes.
Pero los únicos que realmente importaban eran los niños, brillando con sonrisas auténticas.
Alexia y un pequeño grupo de enfermeras organizaron las mesas repletas de regalos cuando un hombre vestido de blanco se acercó con cajas pesadas. En su uniforme decía Spencer.
—Disculpe, enfermera —dijo con voz firme pero amable—. Esto viene de parte de la Marina, son más donaciones de ropa.
—Perfecto. Por la segunda puerta —indicó Alexia, señalando con la cabeza mientras acomodaba otra caja—. Ahí están organizando todo.
Después llegaron los del Ejército, luego la Guardia Real… un flujo constante de hombres uniformados, impecables y demasiado atractivos para pasar desapercibidos. Las enfermeras intentaban concentrarse, aunque más de una perdía el hilo ante tanto desfile marcial.
Los niños, en cambio, reían, gritaban, corrían entre los pasillos. Ellos sí vivían el momento con inocente felicidad.
Fue entonces cuando el celular de Alexia vibró con insistencia en el bolsillo de su uniforme.
Rebecca.
—Hola —contestó, tomando aire—. ¿Qué sucede?
La voz de la pequeña llegó débil y exageradamente dramática.
—¿A qué hora regresas? Ya son las tres de la tarde. Estoy sola, aburrida… y estoy sangrando mucho.
Alexia soltó una carcajada sincera, llevándose la mano a la frente.
—Cálmate, Becca. Es normal. No me tardo mucho, quizá una hora, hora y media. Hay un evento de caridad y debo terminar aquí.
—Apresúrate —pidió Rebecca con voz temblorosa—. Te necesito conmigo.
A pesar de la diferencia de edad, del título, y del hecho de ser hermanastras, eran inseparables. Rebecca adoraba a Alexia, la buscaba siempre. Y Alexia, aunque tratara de parecer firme, también se derretía por ella.
—Tranquila —respondió suavemente—. En cuanto termine, voy para allá. Lo prometo.
Alexia colgó y respiró hondo. Miró el caos ordenado del evento, los pasillos repletos, los niños sonrientes.
Esperó media hora más, lo suficiente para asegurarse de que todo quedara funcionando sin problemas.
Sólo entonces tomó su bolso. Como siempre, sin escolta, sin conductores, sin lujos. Ella iba y venía del hospital como cualquier trabajadora común. Y quizás por eso, nadie en ese momento imaginó lo fácil que era que algo… o alguien… la perdiera de vista.