El día del baile había llegado. Al leer la invitación, me sorprendí por todo lo que había de suceder en el evento. Pidieron que las mujeres fueran en el mismo patrón de tonos de ropa, y accesorios, esto incluía un turbante y una máscara que vino en una caja para regalo. n***o era la elección del evento. En el mismo momento imaginé un vestido bellísimo que había traído de Miami.
Poseía un escote en v, abrazando bellamente mis senos, su extensión se pegaba, evidenciando mis curvas, y había una grieta un poco provocativa. Ingrid gritó impactada con la ropa, lo que me hizo levantar dos dedos al oído.
— No puedo creer que hayas sido invitada al baile más grande de todos los tiempos, y además, fue simplemente llamada por Diogo Valadares el hombre más codiciado de toda la región.
— No se emocione demasiado. Él ya fue mi amante, y tengo suficiente propiedad para decir que no quiere comprometerse con nadie.
— ¿Quién habló de compromiso?
Sonreímos como dos pervertidas. Confieso que tener una noche con Diogo, sería interesante, sin embargo, no quiero encontrar motivos para prescindir de la verdadera razón por la que regresé a México. Mis hijos son mi principal objetivo, y como Diana misma me advirtió, no quiero hacerles daño, mucho menos escuchar a la gente hablar mal de mí, por cualquier razón que sea. No quiero darles vergüenza.
— ¿Subasta de damas?
— También me pareció extraño. Parece que al final tienen esta tradición de reunir a algunas mujeres. Se realizará una subasta. El dinero recaudado irá a alguna organización benéfica.
— ¿Y quién conquista a la mujer? ¿Qué ganará a cambio?
— No lo sé. Si gano, lo averiguaré.
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El coche que Diogo detuvo, frente a la casa de Ingrid, era un bellísimo automóvil n***o, que posiblemente fue rematado por algunos millones. La gente de alrededor chismorreaba mientras yo me acercaba. Yo era una verdadera dama. Mis cabellos permanecieron alineados por un turbante n***o, el maquillaje bien marcado con mi lápiz labial rojo, y el cuerpo dibujado con un hermoso vestido que traje conmigo.
— La más bella. No tengo dudas de eso. - eleva mi mano hasta su boca. Sonrío para el hombre, que poseía un traje formal, un traje n***o, aparentemente caro, que alineaba perfectamente con sus músculos marcados. — Todas las mujeres pueden estar con el mismo tono de ropa, más usted es inconfundible. Su belleza trasciende lo que yo llamo sutil.
— Un consejo para ti. No me admiro con palabras dulces, me gustan más aquellas brutas, que dicen al lado del oído.
— Está bien.
Con una sonrisa, él se recompone, abre la puerta del coche, y no tarda mucho en arrancar. En todo el camino me preguntaba cuál sería mi reacción al ver a Sebastián con Diana. Estoy seguro de que estarán allí, siendo la pareja del momento. Cansada, soplo un aire. Solo espero que él tampoco me humille como lo hizo su madre.
Al llegar al lugar, ya se escuchaba el toque del piano al fondo. Cuando abrió la puerta del coche, vislumbré la cantidad de gente elegante usando sus trajes y vestidos finos. Con el brazo entrelazado con el de Diogo, caminamos hacia el interior del evento.
Incluso antes de que pudiéramos llegar, fuimos detenidos por un grupo de fotógrafos que insistían en tomar fotos de nosotros dos. Al principio yo no quería, pero Diogo insistió y a su pedido, me quité la máscara, y permití que me sacaran fotos, al lado del hombre más codiciado de la región.
— Diogo Valadares, qué placer volver a verte. - el hombre, aparentemente muy gentil, lo aborda. Por un instante los dos se abrazan. — ¿Y quién es esa bella dama que te acompaña?
— Se llama Margot.
Junto a las cejas. En el mismo instante me di cuenta de que él no quería decir mi nombre, para que no fuera despreciada por los demás. Con una sonrisa discreta a su amabilidad, lo agradecí.
— Mucho gusto, querida, espero que esté lista para ser lanzada en la subasta. Una mujer tan bonita como usted, será disputada con certeza.
— Está loco viejo, ella ya es mía.
Mientras los dos continúan conversando, mis ojos barren el salón, desbravando si podría reconocer a alguien. En el mismo instante en que bloqueé la mirada hacia la entrada, vislumbré a Sebastián, Diana y mis hijos adentrando al lugar. Arqueé una ceja. Diana lleva la misma máscara y el mismo vestido que yo.
Los niños son llevados rápidamente a un lugar destinado a ellos, y los dos adultos caminan hacia una mesa reservada. Mis ojos caen a la intimidad de ambos. Un sabor amargo se hace presente en mi boca. Aunque sé que debemos animar a los demás a ser felices, no me siento bien viéndolos a los dos juntos. Es como si ella hubiera robado algo que es mío.
— Vamos a sentarnos.
Diogo me llama a la mesa, del hombre que conversaba. Bebidas, aperitivos, y conversaciones aleatorias fueron distribuidas. Estaba tratando de interactuar con los demás, pero mi mente no dejaba de pensar en mi exmarido y su futura esposa.
Era como un pensamiento obsesivo. Yo no quería pensar en eso, pero los pensamientos venían sin permiso. Aun sin ponerme la máscara, mis ojos se fueron para la pareja. Automáticamente, mis ojos se encontraron con los de Sebastián, él desvió la mirada, dejé caer el mío.
— Señoras y señores. Gracias a todos por venir y gracias por su hermosa contribución. Bueno, ha llegado la hora del vals. Todos los hombres y las mujeres deberán participar. Después comenzaremos con las subastas.
— ¿Me concede una danza, princesa?
Diogo extendió su mano derecha, lo acompañé, hasta que llegamos al centro de la pista de baile. Empezamos a bailar, en pasos lentos, dos aquí, dos allá. Todo iba bien, hasta que nos dimos cuenta de que todos estaban cambiando de pareja, posibilitando que cada hombre bailara como una mujer diferente.
Mis manos tocaron al viejo que había conversado con Diogo anteriormente. Bailamos por algunos segundos. Él giró mi cuerpo, sin embargo, en lugar de regresar a sus manos, mis manos tocaron en otras, que automáticamente vibró mi cuerpo por completo.
— Sebastián.