Dos cumpleaños para recordar
Andrés Lauver
-El almuerzo está en la mesa Peti, no demores que se enfría –anuncia Raquel, mi asistente personal, que hace diez años me acompaña en la empresa, aunque antes supo ser mi niñera, que habiendo tenido una madre ausente implicó que prácticamente fuera ella quien ejerció ese rol.
-Gracias, enseguida voy –respondo sin levantar la vista de la computadora portátil que tengo abierta frente a mí.
Pasan unos segundos y noto que la mujer sigue de pie, mirándome fijamente. Con algo de temor levanto los ojos y veo su gesto rudo, que acompañado de su actitud corporal rígida intimidarían a cualquiera.
Le dedico una sonrisita y cierro la máquina sin dudar, viendo que inmediatamente la dulzura vuelve a instalarse en sus rasgos y cuando paso junto a ella deposito un dulce beso en sus cachetes abultados.
Nos sonreímos con complicidad y salimos de la oficina, hacia el pasillo abarrotado de cubículos, donde los empleados del sector administrativo de la empresa teclean a toda velocidad o conversan telefónicamente con clientes o proveedores.
A medida que camino por el lugar noto que las personas se tensan y se muestran incluso más concentrados de lo que realmente están, y por un momento viene a mi mente lo extraño que resulta ser el jefe de tantas personas, que me ven con admiración y temor en partes iguales.
Raquel y yo subimos en silencio la escalera que separa el último piso de oficinas de la empresa, para llegar al pequeño departamento con que cuento en la azotea del edificio y al ingresar siento que toda la tensión de la mañana cede ante la calma que se respira en lo alto de la estructura.
La acogedora sala, que parece sacada de una revista de decoración, está ya invadida por el aroma a comida casera, que mi cocinero personal preparó.
Definitivamente, haber instalado este pequeño oasis de paz fue un acierto total.
Me quito los zapatos y el saco del traje, aflojo la corbata y me tiro de lleno en el sofá, levantando las piernas sobre el apoya brazos, mientras veo que Jaime ingresa con los platos en una bandeja.
Me mira y niega con gesto de reprobación y simplemente le sonrío, estirando mi cuerpo para relajarme en los pocos minutos en que puedo ser simplemente un hombre de 32 años, que se dispone a almorzar con gente querida.
Nos sentamos los tres a la mesa y Raquel bendice los platos, agradeciendo a Dios y algunos santos que no conozco, para luego comenzar a comer y conversar animadamente sobre nuestras mañanas.
El cariño con que Jaime y Raquel se tratan me llevan a pensar una vez más que su relación no se parece en nada a la que tengo con Silvia, que muy probablemente, si alguna vez estuviera en estos almuerzos, se pasaría las horas abstraída en su teléfono.
-¿Qué pensás Peti? –pregunta Jaime, estudiando mi rostro con gesto serio.
Los miro unos minutos y luego decido hablar.
-¿Qué opinan ustedes de Silvia? –pregunto sin pensar.
Veo que la sorpresa invade sus rostros y se miran entre ellos. Los cachetes de Raquel se tiñen inmediatamente de un rosa intenso y parece que todo su cuerpo regordete comienza a temblar.
-No creo que nos corresponda opinar –suelta luego de unos segundos de incomodidad.
-Si nos está preguntando es porque él considera que sí corresponde –afirma Jaime con calma.
Asiento mirando a los ojos al hombre delgado y de bigotes finos, que evidentemente está dispuesto a responderme.
-No caben dudas de que es una chica muy hermosa, educada e inteligente –comienza a hablar con calma-. Su historia juntos resulta muy linda, seguramente tener una única relación desde la adolescencia genera una especie de amistad muy fuerte. Pero entre ustedes no parece haber más que eso, una amistad –suelta por fin, manteniendo la seriedad, sin dejar de mirarme.
Asiento, sabiendo que ni yo ni Sil somos precisamente expresivos, menos en público. Estoy por dejar el tema allí, cuando noto que Raquel mueve la boca nerviosa, como si quisiera decir algo más.
-Y vos Raquel, ¿qué opinás? –indago con firmeza, comenzando a servirme el postre, que hoy consiste en uvas y ciruelas.
La mujer mira nerviosa a su esposo y finalmente suspira antes de hablar.
-Que esa chica no es para vos –afirma con tristeza-. Perdón Peti, pero vos preguntaste, y sabés bien que no sé mentir –dice mientras lleva una mano a mi antebrazo y me mira con pesar.
-Raquel, te conozco desde que nací, sos más transparente que el agua, no es una novedad para mí que Silvia no te cae bien, pero quiero saber por qué –indago decidido.
Si bien parece más tranquila, es notorio que esta conversación la está obligando a poner en palabras algo que hasta el momento no había pensado con seriedad.
-No estoy segura, es buena chica, eso no lo discuto… pero siento que le falta algo. Como si el hecho de ser de buena familia, con mucho dinero, con tanta clase no fuera suficiente para generar esa chispa que no encuentro entre ustedes –dice buscando en los ojos de Jaime una forma de explicar lo que me resulta inentendible.
-Chispa… -repito, pensando que no tengo ni idea de cómo se sentirá ese concepto-. Tener chispa –vuelvo a hablar más para mí que para ellos, porque inmediatamente la idea me remonta a la campaña en que mis publicistas están trabajando.
Me incorporo y salgo del pequeño departamento, dejando solos a Raquel y Jaime, que se miran sin entender.
-Gracias por la comida Jaime, estuvo espectacular, como siempre, nos vemos en un rato Raquel –grito mientras voy bajando al departamento donde trabajan los creativos, quienes escuchan mis ideas y comenzamos entre todos a mejorar la propuesta para la nueva publicidad.
Cuando terminamos de organizar el proyecto y nos sentimos verdaderamente conformes con lo planificado, salgo de la oficina y me encuentro con que ya no queda nadie en los cubículos.
Otra vez pasé el día trabajando.
Miro la pantalla de mi móvil y encuentro varias llamadas perdidas de Dylan.
-¡Apareciste! –grita mi amigo, del otro lado de la línea.
-Se me pasaron las horas, ya sabes cómo es –contesto con pesar.
-Bueno, todavía estás a tiempo, te espero –habla antes de colgar la llamada.
Si no fuera porque es su cumpleaños, cancelaría la salida sin dudar. Mientras voy saliendo del edificio escucho unas risas en el hall de entrada y advierto que se trata de un grupo de empleados, que conversan animadamente.
Cuando me acerco, para pasar junto a ellos, el rostro de uno de los jóvenes cambia de expresión y quienes están de espaldas giran para mirarme, quedando helados como si hubieran visto un fantasma.
-Buenas noches… -saludo con cortesía.
-Buenas noches –responden al unísono, cual alumnos de primaria.
¿Siempre fue así? ¿En qué momento comencé a ser el jefe al que todos temen? ¿Por qué me importa justo ahora, cuando antes nunca lo había notado?
Instintivamente llamo a Silvia, mientras camino las dos cuadras que separan la empresa del bar donde nos reuniremos.
-Andy, ¿cómo estás? –pregunta mi novia con voz cansada.
-Hola Sil. Bien, ¿vos? –respondo mientras veo, a lo lejos, dos chicos besándose apasionadamente.
-Cansada, ya por acostarme –contesta mientras la imagino sentada en la cama, dispuesta a dormir.
-Entonces no venís –afirmo la obviedad.
-¿A dónde? –pregunta sin entender.
-Hoy Dylan recibe su cumpleaños, ¿te acordás? –indago sabiendo la respuesta.
-Perdón, se me pasó, como la cena con nuestro grupo es mañana, no me acordé que también recibía hoy –explica con pesar.
-No hay problema, nos vemos mañana, que descanses –respondo con calma.
-Hasta mañana, te amo –suelta al pasar, para luego cortar la comunicación.
Llego al bar y noto inmediatamente cómo mi atuendo, de traje elegante, desentona con la vestimenta de los presentes. Incluso mi amigo, que saluda a lo lejos, parece un posadolescente más del montón.
-Llegaste –dice con una sonrisa, palmeando mi espalda cuando lo abrazo al llegar hacia él.
-No podía faltar –contesto con una sonrisa triste.
Dylan y yo nos sostenemos la mirada con una complicidad dolorosa que ninguno necesita explicar.
Saludo al resto de nuestros amigos y sus respectivas novias y me prometo pasar una noche agradable. Me siento en la única silla vacía y cuando giro para acomodar mi saco en el respaldo, golpeo con el codo a la moza, que traía una bandeja llena de pequeños vasos de tequila.
El contenido de las bebidas cae sobre ella e inmediatamente me incorporo para ayudarla.
-Mil disculpas, no te vi –afirmo rápidamente, mientras me agacho para juntar la bandeja y los vasitos, que por suerte no se rompieron. Cuando ella se agacha frente a mí levanto la vista para disculparme nuevamente, pero la imagen de sus pechos me deja sin palabras.
-¡Ay perdón! Seca no quedaba así –dice la mujer, intentando cubrirse con el cabello la camisa blanca, que por el efecto del agua se ve transparente, dejando traslucir unos hermosos pechos, contenidos en un dulce sostén de encaje rosa claro.
Sus ondas castañas no logran cubrir el espectáculo, por lo que tomo mi bufanda y se la acerco sin dudar.
-Perdón, en serio, no fue mi intención –suelto nuevamente con preocupación, cuando ambos nos incorporamos.
Ella toma la bufanda y se la coloca tapando la zona más mojada de la camisa, para luego mirarme nuevamente, con los ojos, de un marrón claro, encendidos de gracia.
-No pasa nada, me imagino que no vas por la vida mojando chicas para perder bufandas –responde con una sonrisa, que por primera vez en el día me recuerda que soy una persona, y no, una máquina de generar terror.
Sonrío abiertamente, sintiendo algo nuevo para mí, como si un interés muy particular me tuviera hipnotizado. Estoy pensando algo ingenioso para contestar, cuando una mano en el hombro me hace girar.
-Espero que hayas traído la billetera porque esa ronda era para nosotros y no pienso pagar otra –dice Dylan, señalando la bandeja con vasos sin contenido.
-Otra ronda, por favor –me limito a decirle a la joven, que ahora tiene los ojos sobre mi amigo.
-Permiso –responde para girarse rápidamente y caminar hacia la barra.
-Está linda, lástima que tengas novia –afirma Dylan palmeando mi hombro, con gesto de reproche.
-No lo había notado –miento recordando la imagen de sus pechos.