Capítulo 3

3717 Palabras
—No sé, Jayde. ¿Segura que está todo bien? —preguntó Trent, mirándome fijo con injustificada preocupación. Resoplé. —Sí, está todo bien, en serio —respondí frustrada como por enésima vez—. No puedo creer que hayan realmente escuchado todos esos rumores estúpidos. —Sabes que nos preocupamos por ti, eso es todo —dijo Cole, tomándome el hombro—. Y te conocemos muy bien, además. —¡Pero si yo no he hecho nada! —exclamé, soltándome de su agarre y golpeándome los glúteos, irritada. —Jayde, cariño, por favor —dijo Drew, mirándome con las cejas alzadas, como si fuera una niña ingenua que no sabe lo que hace—. Somos tus amigos, puedes contarnos cualquier cosa. Además, ¿para qué mentir? El sueño de todo alumno es tener una relación secreta con una profesora. En tu caso, profesor, supongo. No te vamos a juzgar. —Miren, de verdad valoro toda esta charla, pero el profesor no se me ha acercado ni yo a él. Sus sospechas no tienen sentido alguno, mucho menos los rumores. Jensen levantó una ceja y me miró escéptico. —¿No será que nos escondes algo? Mi rostro se desfiguró entre la sorpresa, la confusión y el nerviosismo. No estaba segura sobre qué sentimiento fue el que finalmente predominó, pero esperaba lucir lo suficientemente confundida como para no ser descubierta. —¿Algo como qué? —Algo como una relación furtiva, tal vez. Los miré a todos durante un par de segundos y alcé las cejas, sin dar crédito a lo que oía. No podía entenderlo. Recién llevaba dos semanas de clases, ¡y ya me culpaban de ligarme al profesor! ¿Cuál era su problema? ¡Ni siquiera hablábamos! —No-tengo-nada-con-él —gruñí, separando y modulando cada sílaba para que entendieran de una puta vez—. ¿Qué les hace pensar que hay algo entre nosotros? ¡No tiene sentido! —Siempre evades el tema —respondió Trent, como si eso fuera una prueba definitoria de mi culpabilidad. —Define “siempre” —Alcé las cejas—. ¿Cuántas veces me han preguntado por él, ah? ¿Tres? ¡Simplemente evado el tema porque no tengo nada que decir! Los cuatro menearon la cabeza y me miraron con desaprobación, guardando silencio mientras yo les devolvía el gesto con profunda incredulidad. Yo era su amiga hace demasiados años como para que viniera un idiota cualquiera a hacerlos dudar de mí. —¿Saben qué más? Piensen lo que se les dé la jodida gana. Me voy a clases. Cuando se les pase lo estúpidos, me hablan. Me di media vuelta y comencé a caminar a paso firme, haciendo oídos sordos a sus gritos, concentrándome en llegar al salón de música sin matar a nadie en el intento. Parecía ser que todo se confabulaba contra mí para que recordara una y otra vez esa endemoniada fiesta. ¡Desearía nunca hubiera sucedido! Reprimí un grito al chocar de lleno contra alguien por lo menos una cabeza más alto que yo y me sobé la frente después del rebote. —Cuidado, señorita Kenner —dijo el tipo al que, al parecer, acababa de invocar, sonriéndome de lado y tomándome del brazo, como si no pudiera pararme por mí misma. Lo miré con desprecio y me solté abruptamente de su agarre, deseando no tener que verlo nunca más mientras lo ignoraba caminando hacia otro lado. —¿Qué miran ustedes? —gruñí al ver que mis compañeros me observaban con atención, haciendo que de inmediato se ocuparan de sus propios asuntos. —Hola, chicos, ¿qué tal? —dijo el arrogante de ojos azules mientras yo terminaba de tomar asiento en mi pupitre y todos le devolvían el saludo alegremente. No pude evitar rodar los ojos y él, como siempre, no pudo evitar mirarme. —¿No saluda, señorita Kenner? —se burló, haciéndome apretar la mandíbula. —Hola —respondí cortante, sacándole una carcajada. —Vaya, parece que alguien anda de mal humor, ¿no creen, chicos? —dijo a la clase con una gran sonrisa y postura relajadas, ganándose la risa de algunos. Claramente no la mía. —Vaya, parece que alguien se está preocupando de temas que no le incumben, ¿no creen, chicos? —solté agria, haciendo que todos, incluido Cam, me miraran con sorpresa. Sí, le había respondido, ¿y qué? Él se había tomado demasiadas atribuciones conmigo y yo se las negué. ¿Acaso los profesores tienen la facultad de burlarse de sus alumnos y ya? ¿No tenemos derecho a decir nada? Yo jamás iba a mofarme del humor de mierda de nadie delante de todos ni mucho menos a refregárselo en la cara para ridiculizarlo, así que yo no iba a ser el espectáculo de nadie. Aunque en un principio le costó, Cam logró serenarse y me miró sin expresión alguna. —Bien, chicos, comenzaremos la clase —anunció destapando el plumón y comenzando a escribir “historia d…” antes de detenerse a mirarme fijo, desafiante—. Kenner, se quedará unos minutos después de clase. Subí las cejas sin emitir sonido alguno, obviando la atención que la situación se había ganado. Le sostuve la mirada de vuelta, inescrutable, y él se volteó para poder terminar de escribir “historia del rock”. Saqué mi cuaderno y suspiré sonoramente, comenzando a escribir la fecha, sabiendo que el resto de la clase podría tener el tiempo suficiente para calmar mi genio de los mil demonios. Eso esperaba, por lo menos. —El rock, chicos, es un género del siglo XX —comenzó tranquilamente, paseándose por el salón con una sonrisa, como si nada hubiera pasado—. Sin embargo, como es de suponer, no apareció de un día para otro. El rock es, en resumen, el resultado de la unión entre, principalmente, el blues, el rhythm and blues y el country, agregándosele también el góspel, el jazz y el folk. Una mezcla variada, ¿no? Imagínense lo difícil que es encontrar géneros realmente puros. Todo es una mezcla y todos tienen sus altos y bajos, sus buenos y malos exponentes. La música es para vivirla, disfrutarla y sentirla, chicos, no para pelear por cuál es la mejor banda. Y espero traspasarles eso desde hoy en adelante. Sí, debía admitirlo, a pesar de no querer hacerlo. Aunque pensara que Cam era un maldito egocéntrico sin remedio y que su encanto de la fiesta se había esfumado por completo, logró hacer que la hora pasara más rápido de lo normal y que me distrajera de todo lo que me había hecho enfadar tanto antes. A pesar de todo, era un buen profesor. Se lo concedía. Sólo eso. Sin darme cuenta del tiempo, el timbre sonó sin aviso y yo me quedé en mi puesto, con la mochila cerrada encima, esperando que el resto de mis compañeros se fueran del salón, con los brazos cruzados sobre mi pecho. Cam caminó hacia mí lentamente, casi con dramatismo. —Jayde —murmuró al pararse justo al frente, haciéndome levantar la mirada con confusión. Definitivamente no me esperaba un trato tan cercano después de sus odiosos “señorita Kenner”. —¿Sí, profesor? —respondí seria, alzando las cejas. —Dime Cam, por favor —pidió irritado. Me quedé inmóvil, dedicándome a devolverle la mirada. —Todos le llaman “profesor”, no tengo razón alguna para llamarlo de otra forma. Él se sentó en la silla de adelante, clavándome los ojos encima. —Simplemente te estoy pidiendo que me tutees —dijo lentamente, como si fuera estúpida. Enarqué una ceja. —Y yo estoy diciendo que no lo haré. Bufó frustrado y rodó los ojos. —¿Cuál es tu problema conmigo? —Ninguno. —Me encogí de hombros—. Hoy mi problema es con todo el mundo, lo siento si herí sus sentimientos. No pensé que fuera tan sensible. —¿Por qué haces esto? —murmuró acercándose levemente, observándome con las cejas juntas y con una mirada llena de confusión. —¿Hacer qué? —Ladeé la cabeza, frunciendo el ceño—. No estoy haciendo nada. Respiró profundo, como si necesitara paciencia para continuar. —Jayde —espetó serio, como advirtiéndome algo. —No le he dado la confianza para que me trate con tanta familiaridad —corté. —Yo te estoy dando toda la confianza que quieras tener —murmuró de vuelta, haciéndome abrir los ojos con sorpresa. —¿Qué pretende, profesor? ¿Qué lo tutee delante de toda la escuela, alimentando rumores estúpidos, o que le permita hacer qué? Usted y yo no somos amigos. —Pero podemos serlo cuando no nos miren —sugirió alzando su ceja izquierda, sin dejar de mirarme. —¿Está usted acosándome? —acusé entrecerrando los ojos. —Claro que no. —¿Entonces qué? Porque hasta ahora su oferta no me interesa en lo más mínimo y, de hecho, no me parece razonable. Se irguió en el asiento y me miró diplomáticamente. —Intento que no me quites la autoridad delante de nadie —aclaró, aunque no me lo creí—. Siendo quien soy, me va a costar establecer algunos límites para que no me tomen por alguien a quien pueden tratar como se les dé la gana. Tú no estás ayudando en nada con tu actitud. —Pues qué pena. —Me han dicho que eres la clase de alumna que hace lo que le da la gana basándose en sus buenas calificaciones para defenderse o para ser intocable. Y no me gusta que intentes aprovecharte de eso. —Qué lástima. —Mira, Jayde, de verdad… —Ya le dije que no tenía mi autorización para tanta confianza —atajé de inmediato. —No me importa. Desde que supe tu nombre, me gusta decirlo —contestó como si nada, dejándome al borde de la vergüenza al recordar de forma instantánea la maldita fiesta en la que lo conocí. La que claramente él también recordaba—. Y creo tener la libertad de llamarte como se me dé la gana. Si no mal recuerdo, el día en que nos conocimos el nivel de confianza se saltó varios pasos. Apreté los dientes y lo miré enfadada. —Eres un verdadero idiota, me arrepiento tanto de… —Dejé la frase a medio camino al escuchar la puerta abriéndose, volteándonos los dos al mismo tiempo. —Disculpe, profesor, tengo que llevarme a Jayde, si no es molestia —dijo Jensen, sonriendo amablemente—. ¿Les falta mucho? —No, ya terminamos aquí —respondí antes que Cam pudiese decir algo más, poniéndome de pie abruptamente—. Nos vemos, Cam. Él me miró molesto y yo sonreí astuta mientras caminaba hacia Jensen, quien me observaba analítico. Caminó a mi lado en silencio por un momento, pero por su mirada insistente supe que no se callaría por mucho. —¿Me puedes explicar qué está pasando? —soltó una vez sentados en el auto. —¿Qué está pasando con qué? —evadí con calma. —Tú y el profesor —respondió serio, sin darle la partida al motor—. Dijiste que no pasaba nada. —Y es verdad. —Pues no lo parece. Solté un gruñido. —Sólo le contesté mal porque estaba enojada después de sus preguntas sin sentido. Él me dijo que me quedara para conversar después de clases y eso hice. Eso es todo. Punto. —Lo llamaste por su nombre —insistió. —Él me lo pidió. —¡Tú nunca has tratado así a un profesor! —¿Así cómo? —¡Así, como si estuvieras enfadada con él por alguna razón! Ambos nos quedamos callados, respirando fuerte y mirándonos entre sí. Entendí que no me quedaba otra alternativa más que contarle la verdad, ya que claramente no estaba siendo capaz de cargarla sola. Suspiré y bajé la guardia. Ladeé la boca y mordí su interior, intentando ordenar mis ideas. —Vale —murmuré derrotada—. Tú conduces, yo hablo. Pero prométeme que no le dirás a nadie más, ni siquiera a los chicos. Jensen me miró preocupado. —¿Tan malo es? Tú sabes que estamos aquí para ti, Jayde. Si ese tipo te hizo algo… —No me hizo nada —negué, meneando la cabeza—. Nada que yo no permitiera, por lo menos. Abrió los ojos como platos, pestañeando varias veces, y despegó los labios para hablar. —Tú conduces, yo hablo —le recordé. Asintió. —Perfecto —fue lo último que dijo antes de darle partida al motor y comenzar a conducir hasta mi casa. Las ventajas de tener un vecino y amigo con auto. Miré hacia el frente, sin querer encontrarme con la intermitente mirada curiosa de Jensen sobre mí. No me gustaba hablar de mi vida, los chicos lo sabían muy bien. Era reservada con todo lo que tuviera que ver conmigo, con mis sentimientos. Aunque con ellos fuera mucho más fácil expresarme que con otras personas, eso no significaba que pudiera contarlo todo. Muchos menos que quisiera hacerlo. —¿Recuerdas esa fiesta en la que llegó la policía? —pregunté de pronto. —Sí, difícil olvidarla, siempre nos la sacas en cara. —Ustedes se habían ido —murmuré después de dar un gran suspiro—. Estaba sola, un poco ebria e intentaba encontrarlos, aunque no me estaba yendo muy bien. El lugar estaba demasiado lleno y me costaba moverme entre el gentío. De repente, alguien me tomó de la cintura. Era un chico. Ambos nos sonreímos y estuvimos el resto de la fiesta juntos. Bailamos, nos besamos, pero no conversamos mucho sobre quiénes éramos. Y, de pronto, llegó la policía. Todos salimos corriendo, obviamente yo también. Él intentó que no me alejara, pero lo hice de todas formas. Nunca supe su nombre ni él supo el mío. Se detuvo frente a un semáforo en rojo y me miró fijamente, confundido. —¿Qué tiene que ver eso con…? —Miró hacia adelante, parpadeó un par de veces y rió incrédulo—. ¿El tipo era Eastwood? Apreté los labios y asentí. —¿Y bien? —Y bien, ¿qué? —¿Te gusta? ¿Eso es lo que te tiene tan enojada? —¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Se encogió de hombros, cambiando su actitud protectora a una burlesca, donde yo era el objeto de entretención. Como casi siempre. —Yo sólo decía. —Mira, Jensen, en serio no pasa nada —me apuré a decir, escupiendo las palabras de un tirón—. No tenemos nada escondido, no estamos juntos, no me gusta, nada. Las cosas han sido extrañas, eso es todo. No sé por qué todos tienen la loca idea de que pasa algo, hoy es la primera vez que hablamos tanto. Él hizo partir nuevamente el vehículo y me sonrió de lado, brillándole los ojos con diversión. —Bueno, ¿terminaste? ¿O quieres decirme de alguna otra manera que nada pasa? —¡Es sólo que… agh! ¡Los rumores me tienen harta, no sé cómo frenarlos! —No puedes —respondió sencillo. —¡Que la gente en la escuela diga que Cam y yo tenemos algo, no es bueno para mí! Jensen suspiró y me habló con suavidad. —Si no tienen nada, en algún momento pararán los rumores. Si no, ¿qué importa? Te queda un año de escuela. Has soportado cosas peores. —Es que no lo entiendes —susurré mirando por la ventana, demasiado débil para mi gusto. El auto se detuvo frente a mi casa y él puso una mano sobre mi hombro. —Si no me lo explicas, no puedo hacerlo. —No entenderías. —Meneé la cabeza y abrí la puerta, ansiando correr lejos de la conversación—. Lo siento, nos vemos mañana. Jensen me miró triste, pero no insistió. —Nos vemos.     Subí en silencio a mi habitación después de saludar cordialmente a mi madre e intercambiar algunas palabras monótonas e inexpresivas. Nunca habíamos hablado mucho, a decir verdad, pero todo lo que salía de mi boca debía ser suave y medido. Jamás debía subirle el tono de voz ni mucho mejor dejar inconclusa alguna pregunta que ella me hiciera. Debía guardar la compostura y mirarla a los ojos, pero sin desafiarla. Tenía que ser la hija perfecta. La que tiene buenas calificaciones, que no causa problemas, que estudiará en una universidad prestigiosa y que tendrá una carrera exitosa. La que se casaría con un hombre de buena familia y que tendría hijos tan perfectos como ella. Pero dentro de todas las exigencias, nunca se habló de la palabra “felicidad”. No, en lo absoluto. Eso eran cuentos para niños ingenuos que crecerían como adultos ignorantes y conformistas. La gente de verdad entiende la vida cómo es en realidad y la felicidad no forma parte de ella. Eso les habían enseñado a mis padres, eso me enseñaron eso a mí. Sacudí la cabeza, intentando alejar todos esos demonios de mi cabeza, y saqué mi preciada guitarra de su funda, sentándome sobre la cama con ella entre mis brazos, intentando librarme de toda la frustración que sentía, de todo lo que no quería dentro de mí. Quería librarme de todo lo que me podría por dentro. Y eso sólo lo podía hacer con mi guitarra y mi garganta rota.   Father, father, you are hurting me Maybe not my skin, but something in my chest Is dying and crying. Father, father, can you hear me scream? Your voice’s too loud And my throat can’t even talk. Father, father, I’m your daughter Did I hurt you before I was born? ‘Cause you sent my love down a deep black hole And turn myself into a stone. Father, father, forgive all my mistakes Father, father, can you try to know my well? I’m not a slave, I have no blame, I’m just a girl. What did I do wrong? Why can’t I deserve your love? Father, father, can you hear me scream? Father, father, I cannot stop the bleed. Father, father, I’m sorry that I speak. I promise not to break any rule again. Father, father, please, stop, ‘cause I can’t breathe. Father, father, I cannot stop de tears. Father, father, it won’t happen again. Father, father, I’ll be good, please just let me go to sleep.   Solté un gruñido desgarrador, como el de un animal herido que se alejó de su manada y que no tiene a quién decir adiós. Lloré sobre mi guitarra como si fuera un hombro amigo, preguntándome si es que en algún momento esto se detendría, si es que en algún momento me sentiría mejor, más libre, más yo. No quería esta vida de perfección falsa. No quería nada de lo que tenía, aunque siempre me dijeran que esto lo era todo en la vida. Lo único que realmente necesitaba eran mi guitarra y mis amigos, pero lejos de toda esta mierda que tenía que encubrir con una sonrisa todos los días de mi vida. Dejé la guitarra a un lado, temblorosa, y me recosté sobre la cama. Busqué ahogar mis lágrimas contra la almohada, en silencio, donde nadie criticase mi llanto ni mi debilidad. Donde me sintiera segura. Me tapé por sobre la cabeza y me hice un ovillo, cerrando los ojos con fuera e intentando soportar el hipo y los sollozos agudos que soltaba sin querer. Suspiré profundo, agotada, pero sabiendo que estaba demasiado agitada como para dormir. Y si es que lo conseguía, sólo habría pesadillas. Sueños dolorosos que tendría que sobrellevar sola, como siempre. Nada de ir corriendo a los brazos de mami o papi en busca de calor y protección. No, Jayde, tú tienes que ser madura, grande y fuerte. Y si no lo eres, tienes que aprender a serlo. Lo demás no sirve, solía decir mi padre, con esa voz que pretendía ser condescendiente, pero que no podía esconder la frialdad que realmente sentía. Esa mano que otorgaba falsa calidez sobre mi hombro y esa mirada que pretendía ser paternal, pero que sencillamente no lo conseguía. Y esto era lo que habían logrado: silenciarme. Silenciar mi corazón, mis sentimientos, mis pasiones y mis sueños. Yo no era yo, no era mía. Era una extensión de ellos, un títere esclavizado por el miedo y por finos hilos atados a mis extremidades, tirados por una mano macabra que me manejaba diciéndome qué hacer y qué no, dictando mis pasos a voluntad y ofreciendo castigos en caso de rebeldía. Habían logrado que odiara el amor y cualquier cosa que se le pareciera. Habían conseguido que me odiara a mí misma y a cualquier cosa que pudiese llegar a sentir, porque todo eso me hacía débil. Y todo lo débil debía ser destruido, porque era inútil. Caminé hasta el espejo de cuerpo entero y me quité el suéter y la camiseta que llevaba puesta. Me miré con impotencia y con la mandíbula apretada, deseando poder arrancarme la piel para borrar todos los recuerdos grabados en ella. Recorrí con la punta de mis dedos esos pequeños moretones que alguna vez fueron grandes y que ahora se veían verdosos e inofensivos, incomparables a esas magulladuras moradas que me torturaban semanas atrás cada vez que los chicos me abrazaban. Y, sí, no les decía que me dolía. No les decía nada de mi piel herida. Porque sabía que ellos querrían hacer algo al respecto. Pero ese algo al respecto no haría más que perjudicarme, que encolerizar a ese intento de humano que generó todo esto desde un comienzo. Y mi piel sería la mayor prueba de cuánto lo haría. Estaba demasiado dañada, emocional y físicamente. Por eso no quería causarles más problemas a los chicos, que ya habían tenido bastantes como para ahora tirarles otro más encima. No quería ser una carga y al no serlo, los protegía a ellos y a mí misma en el intento. Merecían pensar que todo estaba bien y que, dentro de las cosas que sí les contaba, no había nada peor. A veces mentir era bueno. Si protegía a quienes quería, lo sería. Según yo, por lo menos.
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