Después de una terrible y agotadora semana llena de cambios de horario y después de haber tenido química y matemáticas muchas más veces de las deseadas, al fin me tocaría música. Como era mi último año, y a pesar de todas las desilusiones anteriores, tenía todas mis expectativas puestas en este día. Era crucial. Como milagrosamente habían escuchado nuestros requerimientos y habían despedido al profesor Boyd por ser aburrido y desinteresado —después de insistir entre todos una y otra vez—, contrataron a uno nuevo. Así que ahora estaba ansiosa, rogando para que el recién llegado no fuera un bueno para nada como el anterior, porque si lo era, haría su vida infeliz y desgraciada hasta el final del año. Lo decía en serio.
Pero mientras esperaba por lo interesante, estaba al fondo del salón, con los audífonos puestos, rayando perezosamente mi cuaderno en un fallido intento por pasar el aburrimiento. Estábamos en la hora de literatura inglesa y algunos de mis compañeros estaban diciendo los monólogos que el profesor había dejado como tarea para las vacaciones de verano —sí, fue algo vil. Yo había escogido uno de “Romeo y Julieta”, muy cursi y empalagoso, donde ella confesaba su amor eterno a la luna. Era cierto que, aunque yo era muy poco romántica, me gustaba mucho esa obra. La forma en que se expresaban, tan poética y tan nada que ver con la actualidad, donde cualquiera…
—¡Señorita Kenner! —exclamó el profesor de pronto, sobresaltándome y obligándome a levantar la cabeza, dándome cuenta de que todos me estaban mirando.
Me saqué un audífono y lo quedé mirando confundida, esperando su pregunta.
Él suspiró frustrado.
—¿Se nos unirá a la clase para mostrar su monólogo?
Asentí con la cabeza.
—Claro —respondí sonriendo, dejando mi celular sobre la mesa después de haber pausado la música.
Me levanté bajo la mirada atenta de todos y caminé relajadamente hacia el inicio del salón, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Qué nos va a presentar? —preguntó el profesor, tomando asiento con un poco disimulado desinterés. Probablemente él creía que haría una broma de mal gusto. Pero se equivocaba, ni siquiera lo había pensado. Había ensayado demasiado como para echarlo a perder sólo para obtener algunas risas de gente que no me importaba.
—Un monólogo de Julieta Capuleto, de la obra “Romeo y Julieta” de William Shakespeare —respondí satisfecha al ver la creciente expectación de todos, incluyendo al profesor. Algunos se codearon por lo bajo, otros levantaron la cabeza de la mesa y estaba casi segura de que todos estaban prestándome la máxima atención.
—Adelante —dijo Hamilton, haciendo una señal con la mano junto a sus cejas en alto.
Respiré profundo y me concentré lo más rápido que pude para entrar en el personaje. Alcé la mirada hacia la nada y extendí mis brazos.
—Mi único enemigo es tu nombre —profesé a la luna imaginaria—. Tú eres tú, aunque seas un Montesco. ¿Qué es “Montesco”? Ni mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo. ¡Ah, ponte otro nombre! ¿Qué tiene un nombre? Lo que llamamos rosa sería tan fragante con cualquier otro nombre. Si Romeo no se llamase Romeo, conservaría su propia perfección sin ese nombre. Romeo, quítate el nombre y, a cambio de él, que es parte de ti, ¡tómame entera! ¿Quién eres tú, que te ocultas en la noche e irrumpes en mis pensamientos? Mis oídos apenas han sorbido cien palabras de tu boca y ya te reconozco por la voz. ¿No eres Romeo, y además Montesco? Dime, ¿cómo has llegado hasta aquí y por qué? Las tapias de este huerto son muy altas y, siendo quién eres, el lugar será tu muerte si alguno de los míos te descubre. Si te ven, te matarán. Por nada del mundo quisiera que te viesen. ¿Quién te dijo dónde podrías encontrarme? La noche me oculta con su velo; si no, el rubor teñiría mis mejillas por lo que antes me has oído decir. ¡Cuánto me gustaría seguir las reglas, negar lo dicho! Pero ¡adiós al fingimiento! ¿Me quieres? Sé que dirás que sí y te creeré. Si jurases, podrías ser perjuro: dicen que Júpiter se ríe de los perjurios de los amantes. ¡Ah, gentil Romeo! Si me quieres, dímelo de buena fe. O, si crees que soy tan fácil, me pondré áspera y rara, y diré “no” con tal que me enamores, y no más que por ti. Mas confía en mí: demostraré ser más fiel que las que saben fingirse distantes. Reconozco que habría sido más cauta si tú, a escondidas, no hubieras oído mi confesión de amor. Así que, perdóname y no juzgues liviandad esta entrega que la oscuridad de la noche ha descubierto.
Habiendo finalizado, miré todo el salón con una pequeña sonrisa de autosuficiencia. Todos aplaudieron emocionados, inclusive el profesor. Era verdad que en la clase casi nunca estaba atenta, en realidad en ninguna, pero era porque me aburría rápido. Sin embargo, sí me daba el tiempo de aprender lo que necesitaba para tener buenas calificaciones, que era lo único que parecía importar. Además, la literatura era algo que realmente me gustaba y había dado más que mi cien por ciento, ensayando todas las semanas y a cada momento libre que tuviera, a pesar de estar en vacaciones.
Me fui a tomar asiento después de una leve inclinación de cabeza y volví a mi mundo con los audífonos encajados en mis oídos.
Tenía claro que todos veían en mí alguien que no era y que algo como lo que acababa de hacer los sorprendía en sobremanera. Después de todo, siempre se rumoreaba lo menos importantes y las cosas buenas se dejaban de lado. Probablemente la mayoría pensaba que era una estúpida que sólo sabía reventarse y pasarla bien, pero no era así. Me gustaba leer, amaba la música. Sí, me gustaba flojear en clases y salir de fiesta, pero era capaz de hacer ambas y aun así tener muy buen promedio —el mejor de la clase, de hecho. Lo único que no quería hacer era comportarme como todos querían que lo hiciera. Que me aburriera en clases y que la escuela no me motivara no significaba en lo absoluto que no tuviera metas o aspiraciones. Hay cosas que parecen incompatibles en un principio, pero sólo se necesita alguien dispuesto a intentarlo, supongo.
Salí del salón en cuanto tocaron para la hora de almuerzo y me junté con los chicos, encontrándomelos en la puerta, riendo como siempre de las estupideces que nacían cuando estábamos cerca. Era la única mujer del grupo, pero, la verdad, pocas veces lo notaba. Ellos eran como mis hermanos mayores, siempre pendientes de mí y de cualquier cosa que pudiera pasarme, o de algún imbécil que me molestara mucho, pero, fuera de eso, éramos iguales. Yo también me preocupaba por ellos y los cuidaba lo que más podía dentro de mis posibilidades. Teníamos muy pocas clases juntos, porque todos optamos por electivos distintos, así que en el salón normalmente me iba al final a leer o a rayar con cualquier garabato las hojas de mi cuaderno. Algunas veces, cuando era necesario, anotaba algunos apuntes o términos que me parecieran relevantes, y los ejercicios quedaban escritos, mas nunca hechos. A lo lejos resolvía algunos, para no olvidar la materia, pero eso era todo. Algunos le llamaban una “inteligencia impresionante”, pero yo prefería llamarle suerte y buena memoria. Porque la inteligencia en estos tiempos parecía ser más una cosa de azar, algo endemoniadamente difícil de encontrar, y porque la escuela era repetir como máquina lo que te dijeron. Nada más.
Cuando tocó el timbre para la última clase del día, podía decir que me sentía curiosa. De verdad tenía ganas de disfrutar buenas clases de música y de tener un buen profesor, alguien que realmente supiera —y amara— lo que estaba haciendo, además de tener la habilidad de cautivar a sus alumnos. Tenía claro que eso era algo casi imposible, pero éste era mi último año, así que realmente deseaba que valiera la pena.
Me dirigí a la sala designada y fui a mi puesto. Saqué el único cuaderno que realmente estaba destinado a una materia específica y me senté lo mejor posible en mi lugar, presa de la expectación. Fruncí el ceño cuando vi dos niñas entrar hiperventiladas al salón y me pregunté qué sería lo que las traía tan emocionadas. Cuchicheaban vueltas locas a la velocidad de la luz, con vocecitas chillonas, gestos exagerados y risitas tontas. Torneé los ojos y suspiré con resignación, sintiendo vergüenza ajena. Hice algunos dibujos más en la parte de atrás de mi cuaderno y me entretuve en eso un rato hasta que otro par gritonas entró al salón, obligándome a escuchar una conversación que intentaba ser silenciosa.
—¿Y entonces? ¿Lo viste? —preguntó entusiasmada una de las chicas.
—¡Y más que sólo verlo! —respondió la otra con voz soñadora, abanicándose con la mano.
—Jesús, no podía despegarle la mirada encima —dijo otra, hiperventilada—. ¡Él era justamente lo que le hacía falta a esta escuela!
—¡Al fin algo bueno que mirar en clase! —Rió.
—¿Pero segura que es él? —preguntó una cuarta.
—No estoy segura, en realidad —respondió la aludida—. Pero el director estaba dándole un recorrido por la escuela.
Meneé la cabeza y volví a concentrarme en mis dibujitos, apoyando la cabeza sobre mi mano y resoplando, aburrida de escuchar la conversación de esas cuatro. El salón se fue llenando de a poco y todos murmuraban como locos, creándose un bullicio casi insoportable. Escudé mi cabeza entre mis brazos y me repetí varias veces que este era mi último año, que podía soportarlo.
De pronto, el lugar se sumió en un súbito silencio, dándole permiso a una voz masculina para hablar.
—Buenos días, alumnos.
Alcé la mirada automáticamente y empalidecí en cuanto pude observar quién se paraba en frente de la clase, sin poder terminar de creer lo que mis ojos veían. ¿Qué demonios hacía él aquí… como mi profesor de música?
Lo único que se me ocurrió hacer fue hundirme en el banco y taparme el rostro con mi cabello, esperando pasar desapercibida y retrasar lo más posible el choque de nuestras miradas.
Demonios. Algo así sólo podía pasarme a mí. Feliz jodido último año.
La música sonaba a todo volumen, retumbando el beat en el suelo, incluso en mi pecho, y la gente a mi alrededor bailaba y bebía a destajo, sin preocuparse de nada más que de pasarlo bien mientras podían. Las luces de colores mareaban un poco y el piso estaba pegajoso ante tanto alcohol caído. Era la típica fiesta masiva que se expande de boca en boca, así que no sabía de quién era la fiesta, ni siquiera sabía si es que quienes me rodeaban tenían mi edad. Pero lo importante era una única cosa: era una fiesta endemoniadamente buena.
Veía todo levemente borroso y reía sin razón alguna, sin poder manejar muy bien mi equilibrio, pero haciendo un gran esfuerzo para pasar desapercibida. Entre las luces y los vasos bebidos, mi cabeza comenzaba a dar vueltas mientras buscaba a mis amigos perdidos entra la multitud. Habían desaparecido con algunas chicas hace más de media hora, sin decirme a dónde irían, así que ahora estaba intentando encontrarlos entre el desenfrenado gentío, preguntándome cómo iba a poder encontrarlos entre tanta gente. Todos estaban demasiado juntos, la casa estaba repleta. Y yo, claro, intentaba pasar entre el tumulto buscando a cuatro chicos que probablemente se habían dispersado para tener más privacidad. Muy inteligente.
En medio de mi misión imposible, un par de manos firmes tomaron mi cintura, volteándome y haciéndome chocar contra su dueño. Quedé atontada por un momento ante lo abrupto de su aparición, pero cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, miré bien a quien tenía parado al frente y le sonreí con aprobación: alto, ojos azules, sonrisa torcida y cuerpo esculpido. El tipo era un sueño. O yo estaba muy ebria.
—¿Puedo preguntar cómo te llamas? —ronroneó muy cerca, logrando hacerse escuchar entre tanto ruido.
—¿Cómo quieres que me llame? —pregunté de vuelta, apoyando mis manos en su pecho.
El desconocido soltó una pequeña risa y curvó sus labios hacia arriba, travieso.
—¿Eso significa que no me dirás tu nombre? —insistió clavando sus potentes ojos azules en los míos.
—Exactamente —contesté autosuficiente, con una sonrisa astuta.
A él pareció no molestarle, así que se limitó a asentir con la cabeza, manteniéndome cerca.
—¿Y aceptarías una invitación a bailar?
—Eso puedo hacerlo. —Sonreí, aceptando que me llevase hacia donde había estado dos minutos atrás, pero esta vez para bailar.
—¿Quieres algo para beber? —preguntó a mi oído mientras nos movíamos al ritmo de la animada música.
—No, estoy bien, gracias —respondí sabiendo que ya había bebido demasiado y que, si tenía que devolverme sola a casa, era mejor estar sobria.
El atractivo sin nombre posó sus manos sobre mi cintura y siguió divertido cada uno de mis movimientos mientras mis manos oscilaban desde sus hombros hacia su pecho y viceversa, ambos con los ojos fijos en el otro.
—¿Eres de por aquí? —habló de pronto.
—Quizás.
Él sonrió, meneando la cabeza.
—¿No me vas a decir nada sobre ti? —Alzó las cejas.
—Lo siento, pero no —contesté riendo.
Después de un par de canciones, y de haberse dado por vencido ante mis poco informativas respuestas, el ambiente cambió por completo y la mirada de juego cambió por una mucho más profunda. La música lenta y la forma en que mi acompañante me tomó para seguir bailando, me pusieron tan nerviosa como no lo había estado hace mucho. Su rostro se escondió en mi cuello y mi frente se apoyó en su pecho. No me di cuenta en qué momento cerré los ojos. Sus labios rozaban mi piel y se formó una sonrisa en mi rostro que no supe cómo controlar. Subió tentativamente a mi mandíbula y a la comisura de mis labios, a la vez que yo levantaba mi cabeza para corresponderle. Se detuvo algunos segundos frente a mí, con su boca contra la mía, sin besarme. Tragué saliva, alcé mi cuerpo y rodeé su cuello con ansiedad, sintiendo la súbita necesidad de probarlo. Mis labios separaron los suyos, fundiéndonos así en un profundo y apasionado beso, presentándonos y conociéndonos a través del gesto. El sabor de la emoción se mezcló con el del alcohol y perdí la cordura por un momento.
Nos miramos con una sonrisa auténtica y jugamos un poco más con el roce de nuestras bocas, besándonos una, dos, tres veces más. Tantas veces que perdí la cuenta.
—¡La policía! —chillaron de pronto, haciendo que el tumulto se volviera loco y que comenzara a dispersarse rápidamente entre tropezones, huyendo para no irse directo a la comisaría.
Ambos nos miramos desconcertados y no supe qué hacer, me sentí llena de contradicciones ante el golpe de realidad. ¿Corría hacia otro lado, corría junto a él? No me sentía lista para dejarme llevar.
Intenté zafarme de sus brazos en contra de mi voluntad y lo miré suplicante al él no permitírmelo. No quería que me detuvieran. Tampoco quería quedarme. ¡No podía!
—¡Por favor, dime tu nombre! —pidió en voz alta mientras la gente comenzaba a empujarnos presa de la desesperación y nos separaba, presionándonos hacia lados contrarios.
—Lo siento —fue lo último que dije antes de salir corriendo hacia cualquier otra parte, alejándome más de mi deseo de quedarme que de la policía. Me encontré con Jensen en el camino y él tomó mi mano, guiándome calle arriba hasta su auto, donde nos reunimos todos, listos para escapar.
Tomé asiento junto a mi rubio amigo y respiré aliviada, acompasando de a poco mi respiración al saber que no iría detenida y que nunca más tendría que ver esos fuertes ojos azules que tanto me aturdieron.
—Bueno, primero que todo, mi nombre es Cam Eastwood —se presentó con una gran sonrisa, haciendo que algo se retorciera en mi estómago con anticipación. Estaba más que jodida, era obvio que me iba a reconocer—. Como han de saber, este año seré su profesor de música, por lo que quiero advertirles que no les permitiré “hacer nada”, así que si tomaron el ramo sólo para relajarse un rato, se han equivocado. Todavía pueden hacer algunos cambios a sus electivos, así que aprovechen el aviso.
»Tengo veinticuatro años y, por si se lo preguntan, estudié en el Conservatorio Nacional. Mi especialidad es el piano, pero también toco guitarra clásica, saxofón y violín. Soy músico titulado y, aunque no soy profesor como tal, en mi estadía en el conservatorio tuve la oportunidad de dictar clases a cursos menores. Haré mi mejor esfuerzo para que se motiven con la clase y para que nos llevemos bien, porque me gusta tener relaciones cercanas con mis alumnos, así que…
—¿Qué tan cercanas, profesor? —preguntó una de mis compañeras, con voz patéticamente sugerente, haciendo reír a todo el salón. Menos al profesor, quien eliminó la sonrisa de su rostro.
—Cercanas, pero con un límite marcado de respecto —respondió cortante—. Soy joven, lo sé, pero eso no significa que ustedes y yo seamos iguales. Podemos ser amigos, pero más allá de eso, soy su profesor y, aunque todavía no lo asimilen, soy una autoridad, por eso mismo pido respeto. —Miró a la culpable con las cejas en alto—. Por cierto, la próxima vez que quiera hablar, señorita, pruebe con levantar la mano o con, por lo menos, esperar a que termine de hablar.
Vaya, tenía su genio el tipo.
Se dirigió al escritorio y tomó un plumón, con el que escribió su nombre en la pizarra.
—Sí, lo debí haber hecho antes, pero se me olvidó —dijo divertido, haciendo que los demás soltasen una pequeña risa—. En fin, ¿alguna pregunta?
—¿Qué pasaremos este año? —preguntó alguien mucho más ubicado.
—Oh, bueno, la verdad tenía pensado dividir el año en tres partes, aunque todas se pueden mezclar: teoría, historia y práctica. —Se sentó sobre el escritorio, luciendo demasiado joven como para ser profesor y recordándome de inmediato qué era lo que le había visto desde un principio en aquella fiesta. Endemoniadamente atractivo, sí—. En la práctica, veremos algunas escalas, la formación de acordes y lo más básico de arreglos. Quizá podríamos formar grupos o reforzar a los que deseen ser solitas, además de, bueno, nivelarlos lo más posible. Por lo que me dijeron, el profesor anterior les daba el rato libre y les regalaba las notas. —La clase asintió—. Correcto. Bien, entonces, como les decía, también veremos teoría, pero ésta irá complementada con la práctica, así pueden aprender algún instrumento, reforzar lo que ya saben y/o mejorar. Respecto a la historia, veremos a grandes rasgos el desarrollo de la música según ciertas épocas históricas, intentando entender el ambiente social que llevó a sus surgimientos, así como también veremos el nacimiento de algunos estilos o tendencias musicales que han marcado al mundo. Intentaré, de todas formas, que las clases sean mayormente de práctica, así que, si todos cooperan, podremos avanzar rápido y lo más latoso, que suele ser la teoría, nos llevará a algo más divertido. ¿Les parece?
Todos respondieron con una entusiasmada afirmación y él sonrió mientras tomaba el libro de clases, apoyándolo en sus piernas.
—Está bien, ahora pasaré la lista, para ir aprendiéndome sus nombres y memorizar sus rostros. Me tomará algún tiempo, pero creo que podré hacerlo.
En cuanto comenzó a nombrar a mis compañeros, supe que estaba perdida. No podía salir corriendo sin generar revuelo y claramente no podía hacerme invisible.
Mis manos comenzaron a sudar frío y mi corazón se revolucionó.
Allen.
Anderson.
Andrew.
Brooks.
Brown.
Cook.
Dawson.
Durham.
Con cada apellido que decía, yo me desesperaba más y más. No sabía dónde esconderme, no sabía qué hacer. No podía desaparecer por todo el año sólo para que él no me viera.
¿Me reconocería? ¿Y si, tal vez, estuvo lo suficientemente ebrio para olvidar mi rostro? Eso sería bueno, realmente bueno.
Fletcher.
Green.
Hundley.
Jones.
Judd.
Dos apellidos más. Sólo dos. Era inevitable.
Uno.
Dos.
—Kenner —pronunció en voz alta, dejándome congelada. No fui capaz de moverme—. Jayde Kenner, ¿está?
Varios me miraron confundidos y tuve que respirar profundo para darme un poco de coraje.
Levanté la mano de a poco.
—Presente —dije a media voz, provocando que nuestras miradas chocaran de súbito.
Pero él no hizo nada, sólo me miró fijo, haciendo que contuviera la respiración.
—Para la próxima vez, señorita Kenner, por favor responda a la primera llamada —dijo sin mayor expresión.
Asentí.
—Está bien, lo siento.
Cam siguió con la lista y, cuando me encontré libre de sus ojos, apreté los labios antes de soltar todo el aire que había estado conteniendo, sintiéndome aliviada. Probablemente se había olvidado de mí.
Bien, las cosas no habían salido tan mal como lo había pensado.
Al toque del timbre, me levanté casi corriendo del banco, buscando escapar lo más rápido posible de esta tortura. Pude ver a Trent esperándome afuera y sonreí victoriosa, casi palpando la victoria. Tal vez demasiado rápido.
—Señorita Kenner —dijeron antes que pudiera salir, borrándome la sonrisa de la cara instantáneamente.
Me volteé cuidadosa y lo observé con expectación, sin saber qué esperar.
—¿Sí, profesor? —pregunté haciéndome la tonta, aunque me estuviera muriendo de miedo por dentro.
Él sonrió astuto, casi burlón.
—Tenga —contestó alargándome un papel, el que recibí confundida—. Ahora puede irse.
—Eh… gracias —logré decir, juntando las cejas y arrugando el papel en mi mano antes de guardarlo en mi bolsillo.
Salí con un revoltijo de ideas en mi cabeza y Trent me miró raro, interrogándome con la mirada, pero yo intenté quitarle importancia al asunto. Definitivamente no quería hablar al respecto.
—Nada, nada, no hagas caso.
Quizá les contaría después, o tal vez no les diría nunca. No estaba segura de querer compartir ese pequeño secreto con alguien más que con mi conciencia. Tendría que pensarlo.
—¿Y qué tal el profesor, Jayde? —preguntó Trent después de un rato de silencio.
—¿Qué con él? —me apuré a decir.
—¿No habían contratado uno nuevo?
Ya, jodida loca, tranquila. Trent no sabe nada.
—Ah, sí. Bueno, parece ser mejor que el anterior.
—¿Y eso no te pone feliz?
—Sí, sí, es sólo que… —Me encogí de hombros—. No lo sé.
Trent alzó las cejas.
—¿No te gustó?
—Es simpático, creo. Pero supongo que esperaré a tener una verdadera clase con él. No quiero ilusionarme antes de tiempo.
Asintió.
—Bueno, sí, tiene sentido.
—¡Oigan, por aquí! —gritaron de pronto, haciendo que ambos nos volteáramos, encontrándonos con Drew, quien venía trotando hacia nosotros con una enorme sonrisa—. Hola, chicos. ¿Para dónde van?
—Yo me iba a casa —respondí.
—Sí, yo igual —secundó Trent.
—¡Vamos, no sean aburridos! —exclamó animado—. Con los demás iremos a dar una vuelta en el auto de Jensen. Podríamos ir a la playa o comprar unas cervezas para pasar el rato. ¿Qué dicen?
Trent sonrió.
—Bueno, yo me uno. —Chocaron las manos con Drew y ambos me miraron ilusionados.
Suspiré y negué con la cabeza.
—Hoy paso, lo siento. No tengo ganas de salir.
Drew frunció el ceño.
—Uh, ¿qué pasó?
—Nada, en realidad, sólo estoy un poco cansada. Dormí mal.
Trent y Drew me tomaron por el hombro y me dirigieron a la dirección contraria.
—Vale, le diré a Jensen que te vaya a dejar antes.
—Gracias. —Sonreí.
No dije mucho durante el camino, aunque intenté actuar como si nada pasara. Mi cabeza estaba revuelta y repasaba una y otra vez la escena de la fiesta y el reencuentro de hoy. Él era la misma persona que me había confundido lo suficiente como para que yo quisiera quedarme. Se suponía que nunca más iba a verlo, que no sabríamos nada del otro y que la historia quedaría en el pasado. ¡Esto no tenía sentido!
En cuanto llegué a casa, subí a mi habitación y dejé la mochila sobre mi cama, con el corazón revolucionado. Saqué el papel de mi bolsillo con manos ansiosas y me senté, preguntándome qué podría decir el misterioso papel. O si quería saberlo.
“¿Cómo quieres que me llame?”
No. ¡No, grandísima mierda! ¡Se estaba burlando de mí y se acordaba! Se acordaba de todo. Absolutamente todo. ¡Maldita sea! ¿Por qué? ¡Denme un jodido respiro!
Todas y cada una de mis esperanzas de pasar desapercibida se habían roto para dispersarse en pequeños pedacitos, al igual que el pedazo de papel que me había hecho sonrojar ante el inevitable recuerdo de mi primer encuentro con Cam Eastwood, mi nuevo profesor de música.