La mañana llegó sin permiso, como todo en esa casa. No hubo luz entrando de forma amable, ni sonidos cotidianos que anunciaran normalidad. Solo el murmullo bajo de pasos ajenos en el pasillo y la certeza, pesada como una losa, de que nada había cambiado… excepto que ahora Emma Cellini seguía allí. Desperté antes que Davide. No porque hubiera dormido bien, sino porque mi cuerpo no sabía cómo descansar cuando cada respiración ajena parecía una amenaza. Lily dormía en la cuna, tranquila, ajena a la tensión que se había instalado como un veneno invisible. Yo seguía en la cama matrimonial, rígida, ocupando apenas un borde, como si pudiera desaparecer si me hacía lo suficientemente pequeña. Davide estaba de espaldas. No dormía. Lo supe por su respiración medida, demasiado consciente. —No fu

