La llamada entró cuando ya era demasiado tarde. No fue un grito. No fue una alarma inmediata. Fue ese silencio extraño que precede a la catástrofe, ese segundo en el que el mundo parece contener el aliento antes de romperse. —No la encontramos, señor —Escuche al llevarme el teléfono oído. La voz del jefe de seguridad sonó tensa, controlada en exceso. Eso fue lo que me alertó de verdad. Mis hombres no se alteraban por nada. Si lo estaban, significaba que algo había salido grotescamente mal. —¿Cómo que no la encuentran? —pregunté despacio, con una calma que no era humana. —La señorita Allysel no salió del baño de damas en el tiempo que debía. Buscamos y no estaba allí. Una estudiante nos dijo que vio a un hombre forzarla a salir por la puerta trasera del ala norte. Coincide con el mismo

