El bar olía a alcohol viejo y a derrota reciente. No era un lugar elegante, ni pretendía serlo. La decoración de madera oscura, luces ámbar demasiado bajas, una barra pegajosa por los restos de tragos derramados y una rockola que sonaba como si estuviera cansada de existir, el lugar perfecto para ella. Allysel eligió ese sitio porque nadie miraba dos veces a una mujer rota, porque allí el dolor era moneda corriente. Se sentó en el taburete del extremo, el más cercano a la salida. Llevaba un abrigo gris demasiado grande para su cuerpo, como si quisiera desaparecer dentro de él. El cabello suelto le caía sin orden, y el maquillaje inexistente dejaba ver unas ojeras profundas que ya no intentaba ocultar, y que demostraba la tormenta de los últimos días. —Whisky —pidió con voz apagada—. Do

