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2292 Palabras

La ciudad quedó atrás sin despedidas. Allysel no recordó en qué momento exacto cruzaron el límite urbano. Solo sabía que el ruido constante de sirenas, motores y luces fue cediendo paso a un silencio distinto, más amplio, más peligroso. La carretera nocturna se estiraba frente a ellos como una herida abierta. Enrico conducía con una calma inquietante, medida, y ambas manos firmes sobre el volante, su rostro estaba apenas iluminado por el tablero. Ella iba en el asiento del copiloto, envuelta en el abrigo gris, con la cabeza apoyada contra la ventana fría. La droga aún le pesaba en el cuerpo, pero la lucidez regresaba a golpes. Cada pensamiento era lento, denso, como caminar bajo el agua. —¿A dónde vamos? —preguntó al fin, con la voz rasposa. Enrico no apartó la vista del camino. —Fuer

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