Había pasado casi todo el día con un temblor interior que no sabría nombrar. No era solo abstinencia. Era… miedo. Miedo a mí. Miedo al error que ya cometí una vez. Miedo a lo que Davide había visto en mí esa mañana, a esa fragilidad que se me salió por los poros como un secreto vergonzoso. Y aun así, cuando bajé a la cocina para beber agua, me encontré con Enrico. Él estaba apoyado en la encimera, revisando unos papeles. Cuando me vio, sonrió. Dejó ver una sonrisa pequeña, casi amable. —¿Estás mejor? —preguntó. —Un poco. Mintiendo. Siempre mintiendo. Me temblaba la mano cuando tomé el vaso, y él lo notó. Se acercó. Demasiado. —¿Quieres… algo para eso? Mi corazón dio un salto extraño. —No —respondí rápido—. No. Estoy bien. —No lo pareces. Abrí la boca, pero no salieron palabras.

