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2279 Palabras

El whisky se deslizó por mi garganta con el ardor justo para mantenerme despierto, pero no para silenciar el ruido que llevaba días acumulándose detrás de mis sienes. El ruido de ella, de lo que había visto, de lo que creí que era, me atormentaba, y no lograba entender la razón. Esa primera noche, en la terraza, había tenido la maldita impresión de que esa mujer —esa desconocida de ojos abiertos como una súplica— estaba destinada a pertenecerme. Había algo en ella que parecía… «¡Joder, parecía mío!». Lo sentí tan real, tan cierto, como si ella siempre me hubiera pertenecido sin haberla tenido. Fue como una necesidad feroz que no entendí, pero que sentí en los huesos. La busqué, sí. Estúpidamente me vi buscándola como un puberto a la primera mujer que le pone duro los huevos. Así me ll

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