El silencio dentro del auto era tan espeso que podía sentirlo pegado a mi piel. Davide había conducido los primeros metros sin decir una sola palabra, pero su mandíbula tensa, marcada de rabia contenida, me tenía con el estómago encogido. Me mantenía con las manos entrelazadas sobre mis piernas, tratando de no recordar los sonidos secos y huecos que venían del estacionamiento del instituto. Los golpes… los gemidos ahogados… el quejido de Abraham cuando lo sujetaron entre dos hombres y le hundieron el rostro contra el pavimento aún resonaba en mis oídos y mi mente.. Tragué saliva. No debía pensar en eso. No debía. Pero la experiencia de los gemidos me perseguía. Nada más que hacerme una mínima idea de lo que pudieran estarle haciendo me alarmaba. Davide respiraba hondo, como si cada inha

