Salimos del cafetín casi al borde del mediodía, y aunque Lara insistió una y otra vez en que fuéramos a un lugar más privado para hablar, yo ya había tomado mi decisión. Había algo que jamás podría decirle. No a ella. No a nadie. No podía contarle que Davide era un mafioso. y menos aún… que él había matado a mi padre. Ese secreto no solo podía destruirme a mí, podía arrastrarla a ella también. Yo conocía demasiado bien el alcance de la crueldad de Davide… y el alcance ridículamente valiente —y peligroso— de Lara. Si llegaba a saber la verdad, se metería de cabeza en asuntos que podían costarle la vida. Así que me limité a decirle lo mínimo. Lo suficiente para que entendiera que yo estaba bien pese, no quise decirle que estaba atrapada en una vida que no había elegido. Estaba segura que

