La orden salió de mi boca sin necesidad de elevar la voz. —Movilicen a todos. Quiero cada clínica privada en un radio de trescientos kilómetros bajo vigilancia inmediata. Enrico no preguntó. Nunca lo hacía cuando yo hablaba así. Asintió, ya con el teléfono en la mano, caminando detrás de mí mientras atravesábamos el corredor subterráneo que conectaba la casa con el garaje blindado. Vestía de n***o otra vez. Siempre n***o. No por luto. Por funcionalidad. La camisa ceñida marcaba cada movimiento de mis hombros, las mangas arremangadas dejaban ver los nudillos aún enrojecidos. El reloj seguía allí, pesado, inmutable. El tiempo no me presionaba a mí. Yo presionaba al tiempo. —La llamada fue rastreada —informó Enrico—. Enrutada desde tres lugares distintos. —Emma no contrata aficionados —r

