No supe cuánto tiempo pasó después. El cuerpo tarda en callarse cuando la cabeza sigue gritando. El despacho quedó sumido en un silencio espeso, de esos que no alivian, que se adhieren a la piel como sudor frío. Me enderecé despacio, ajustándome la camisa con movimientos precisos. Necesitaba orden. Control. Algo que borrara la sensación de haber cruzado una línea que, aun así, sabía que volvería a cruzar si la provocación correcta se presentaba. Ella seguía apoyada contra el escritorio. Desarmada. Las piernas débiles, los dedos entumecidos, el mentón bajo como si el suelo fuera una absolución. La penumbra del despacho la hacía parecer más pequeña, más frágil. Demasiado. Odié esa palabra en el mismo instante en que me atravesó la cabeza. La miré. No con deseo. Eso había pasado ya, hab

