Cerré la puerta detrás de la funcionaria con una sonrisa que no sentía. —Agradezco su visita —dije, con una cordialidad ensayada—. Puede estar tranquila, haremos todo conforme a lo recomendado. Ella asintió, satisfecha. Era de esas mujeres que creen saberlo todo porque llevan un portapapeles bajo el brazo. —La niña se ve muy bien con usted —añadió, señalando a Lily—. Se nota que confía en usted y lo quiere. Bajé la vista. Lily dormía contra mi pecho, estaba acomodada como si ese fuera su lugar natural. Su mejilla tibia presionada contra mi camisa. Tenia yn puño pequeño aferrado a la tela, justo a la altura del corazón. Respiraba lento, profundo, con esa calma que solo tienen los que no conocen el miedo. —Sí… —respondí—. Está acostumbrada. Mentí con una facilidad que me incomodó. La

