Desperté antes que ella. No sé en qué momento nos quedamos dormidos. No porque hubiera dormido bien —no lo hice—, sino porque mi mente estaba encendida desde el segundo en que mis pulmones dejaron entrar aire después de lo ocurrido. Ella dormía contra mi pecho. Mi pecho. Mi brazo estaban alrededor de su cintura. Su respiración tibia rozaba mi piel como si tuviera derecho a estar allí. Como si lo que había pasado entre nosotros hubiera sido… íntimo. Como si yo hubiera bajado la guardia. Como si yo hubiera sido débil. La sangre me hervía solo de pensarlo. Me aparté con brusquedad, casi con violencia, como si ella fuera una quemadura. Su cuerpo se movió apenas, en un gesto mínimo, vulnerable, humano. Lo odié. Odié la imagen. Odié la sensación. Odié lo que significaba. Odié que me hub

