No escuché sus pasos. No escuché el golpe de la puerta. Lo único que escuché fue mi nombre saliendo de su boca como un gemido ahogado, quebrado, desesperado. —Davide… por favor… ayúdame. Levanté la mirada del informe solo para verla irrumpir en mi despacho como si el mundo se le estuviera desmoronando entre las manos. Tenía los ojos rojos, la respiración rota, el cabello recogido de manera torpe como si hubiera corrido. Y supe al instante de qué se trataba. Los resultados de la prueba que la funcionaria de Bienestar Social le había hecho: Su sentencia, su infierno… su ruina. Pero antes de que pudiera decir una palabra, antes siquiera de que pudiera ordenar mi pensamiento, ella cerró la puerta del despacho detrás de su espalda y en un santiamén cayó de rodillas frente a mí. Así… Sumisa,

