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1930 Palabras

Había pasado dos días desde el desastre, pero yo todavía caminaba por la casa como si la sombra de su debilidad me persiguiera por los corredores. Cada rincón me recordaba algo: la caída de su cuerpo contra la pared, el temblor en sus manos, los ojos dilatados. Todo lo que despreciaba, todo lo que había jurado no volver a permitir en mi vida, estaba ahí. Vivo. Respirando bajo el mismo techo que habito. Y yo era demasiado idiota para expulsarlo. Tan fácil que sería sacarla del camino. Ese día, mientras revisaba documentos en el despacho, se escuchó un timbre seco, insistente. No era la entrada principal; era el acceso que usábamos para asuntos formales, el que nunca sonaba sin razón. Enrico apareció en la puerta del despacho. —Es la funcionaria de Bienestar Social —informó. Mi espalda s

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