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1975 Palabras

No pude concentrarme en nada durante el resto del día, ni al día siguiente. Ni en llamadas, ni en reuniones, ni en las amenazas veladas que tenía que manejar respecto a las propiedades del viejo Sforza. Nada. La imagen de Allysel temblando, con la piel húmeda, con los ojos perdidos, seguía clavada en mi mente como una espina que no podía arrancarme. Me obligué a alejarme de ella porque si no lo hacía iba a cometer un error. Uno imperdonable. El deseo era una corriente subterránea que me atravesaba como un golpe eléctrico, pero la rabia era un océano: constante, frío, interminable. La debilidad mata, destruye, arruina familias… vidas enteras. «¡Qué lo diga ella!». Ya lo había visto antes. Y ella… ella era ese recordatorio viviente. Me refugié en el despacho, que ahora es mío, un espa

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