No le pedí permiso. Ese fue el inicio real de todo. La mañana avanzó con una normalidad ofensiva. La casa cumplía su rutina como si nada hubiera cambiado, como si Allysel no se hubiera quebrado en silencio la noche anterior, como si la firma no hubiera reordenado jerarquías que nunca volverían a su lugar original. Yo, en cambio, ya había tomado decisiones. Sin consultarla. Como correspondía. La primera fue simple: el horario de Lily, y todo lo que correspondía a ella; La segunda, más definitiva: quién hablaba por ella. Onilda llegó a media mañana a la casa donde me encuentro con Allysel. Puntual, discreta, obediente. Traía a Lily de la mano. La niña entró sin miedo. Eso me llamó la atención. No buscó a su madre de inmediato. No lloró. No se aferró a la falda de Onilda. Caminó recto ha

