Tal como él me lo pidió bajé a cenar con Lily. No supe en qué momento exacto dejé de temblar. Solo recuerdo que ocurrió después de bajar las escaleras. No porque me sintiera segura, sino porque entendí algo peor: el miedo ya no me servía. El miedo era una moneda que Davide sabía gastar mejor que yo. Así que lo guardé. Me lo tragué. Me lo cosí por dentro. La mesa estaba puesta con un detalle que mostraba perfección, cuidado , con su todo funcionará a la perfección. Los cubiertos estaban alineados, las servilletas dobladas como si alguien esperara invitados que nunca llegarían. Davide no estaba, no lo esperaba, ya me había avisado haber cenado. Lily sí estaba ahí con Onilda. Sonreía con la boca sucia de salsa y me miró como si yo fuera algo estable en el mundo. —Mamá —dijo, y fue una pala

