El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. Por un segundo creí que no había escuchado bien. Que mi mente, rota como estaba, había inventado esas palabras. Pero él seguía allí, erguido, frío, implacable. —¿Qué…? —mi voz se quebró— ¿Casarnos? Davide no parpadeó. —Sí —confirmó—. Y no voy a repetirlo. Las palabras cayeron como plomo en la habitación. Sentí un tirón en el pecho, como si el aire me hubiese sido arrebatado a la fuerza. Yo abrí la boca para hablar… pero no salió sonido alguno. Él sí continuó, con la misma clemencia que tendría un juez al leer una sentencia ya firmada. —Es la única forma de que tu hija no termine en uno de los tugurios esos… esos lugares que llaman albergue para niños —su voz no subió ni bajó—. Y la única forma de que tú no desaparezcas de su vida… Digo, qu

