Capítulo 1
Soy Nathalie Roche y sé que nací para ser prostituta.
Ese fue mi destino desde el día en que fui expulsada por la v****a de una prostituta, en una asquerosa cama de un prostíbulo en Francia. Pero me he pasado la vida entera negándome a aceptarlo, y es por eso que soy dominatrix.
Me llaman Nathalie, Nath o Nati, como prefieren mis amigos. Pero a mis clientes le doy la ventaja de llamarme como quieran. Algunos optarán por términos apropiados del oficio, ama, señora, madame, domme, etc., y otros se darán el lujo de ser más creativos, o incluso, llamarme como la mujer de sus fantasías.
No me importa. No, cuando crecí escuchando que me llamaban Chienne, que significa perra en francés y que creí que de verdad era mi nombre.
Llegué al Paradis una triste noche de noviembre, exactamente en el día de mi cumpleaños número dieciocho, después de que me enfrascara en una pelea callejera con unas zorras y estuvieran a punto de apuñalarme. Un auto se detuvo, mientras me acorralaban, me abrieron la puerta y yo entré, huyendo de la muerte una vez más.
Así conocí a Pierre hace casi diez años, el dueño del Paradis, el club nocturno en el que trabajo. Cuando entramos, me mandó a quitarme la mugre, me dio una taza de leche caliente, una manta y luego me preguntó si quería ser camarera. Acepté porque los otros trabajos que me ofrecieron, fueron de prostituta, de vendedora de droga, y de limpiadora de vómitos de borrachos en alguna cantina.
Fue para mí la oportunidad de la que me agarraría con uñas y dientes, pero le dejé claro al viejo, que no me acostaría con él ni apunta de puñal. Jamás lo intentó, y esa fue la primera vez que un hombre me respetó.
Fui camarera apenas cuatro meses, porque lo observaba todo y deseaba la vida de esas chicas que ganaban más dinero, tenían ropas bonitas y apartamentos dónde vivir. Yo dormía en la esquina de un camerino y todo lo que tenía era mi traje de camarera. Así que fui con Pierre y le dije que quería otro trabajo, pero que no me acostaría con ningún hombre.
El viejo, que se fijó en mi carácter endemoniado, dijo que tenía actitud para ser una domme. Yo no le entendí, pero empecé de inmediato a entrenarme, y en tan solo un año, me convertí en la chica más cara del Paradis.
Pierre decía que mi trabajo era terapéutico y que por eso valía tanto dinero reservarme. Yo me ocupaba de los más ricos, con gustos retorcidos, pero con grandes cargas sobre sus espaldas. Ellos necesitaban ceder el control, y yo gustosa lo tomaba, les daba su placer turbio, y luego volvían buscando más.
Pero tenía reglas que no se podían romper, aparte de que Pierre los obligara a firmar un contrato de confidencialidad con innumerables cláusulas.
Primero, nadie sabría cuál era mi identidad, y por eso, ocultaba mi nombre y usaba un antifaz, que cubría incluso mis llamativos ojos.
Luego, nunca los tocaría con mis propias manos, eso, porque era incapaz de tocar a un hombre, así que usaba guantes de cuero, que más que un accesorio sensual, era una forma de protegerme.
Y por último, y lo más importante, jamás mi trabajo culminaría en una penetración. Ni de mi boca, ni de mi culo, ni de mi v****a. Nunca. Los haría correrse, estaba garantizado, pero yo jamás sería utilizada.
No sentía absolutamente nada por ellos, ni por los viejos, ni por los gordos, ni por los que tenían un cuerpo aceptable o eran jóvenes. No sentía ni siquiera asco, cuando muchas veces se corrían sobre mis guantes.
Todo estuvo bien por un buen tiempo. Yo era un éxito para el Paradis, y el Paradis era el lugar aceptable en el que me había refugiado después de no tener absolutamente nada.
Hasta que llegó él. Y no fue inmediatamente que pasó, sino que dos años después de que se convirtiera en mi cliente. Para ese entonces, yo ya era una experta.
Era el más joven de todos los hombres que me reservaban, y el más atractivo, aunque jamás le haya visto la cara. Tenía el cabello rubio, con un buen cuerpo y era alto, bastante alto. Su voz empezó a parecerme melodiosa y sensual, desde la noche en que llegó y no quiso ningún juego, solo hablar conmigo.
Pasamos noches y noches enteras en las que hablábamos o intercalábamos con un poco de bondage y dominación, hasta que mi cuerpo empezó a ser sensible a él, y terminé desnuda sobre el suyo, atado a la cama, con su polla enterrada en lo más profundo de mí, mientras gemía y lo cabalgaba con locura.
Fuimos amantes desde entonces y durante más de cuatro años; y nunca, nunca vi su rostro, ni supe su nombre, hasta que lo vi en la boda de mi mejor amiga, lo reconocí y descubrí que todo había sido una farsa.
Desde ese día pasó a la lista de todos los hombres a los que desprecio con toda mi alma.
Ya ha pasado más de un año desde que no lo veo en el Paradis, y doy gracias que no haya vuelto con una excusa barata.
Fue decepcionante ver que no me reconocía, ver que no se había ido a Alemania y que me había mentido, y por último, ver que se iba con tres mujeres a una suite, después de mirarme a los ojos y pedirme descaradamente que yo lo acompañara para follar.
Lo más terrible de todo, era que, en lugar de olvidarlo a través de mi desprecio, más lo tenía presente en mi mente. Y no solo porque tenía que verlo ocasionalmente, al ser el mejor amigo del esposo de mi mejor amiga, sino, porque mi cuerpo lo deseaba más que nunca.
Jamás le había contado a nadie sobre él, ni siquiera a Olivia, mi mejor amiga, porque jamás admitiría que había dejado que un hombre atravesara de esa forma mis barreras.
Aún tenía en mi mente la última noche que estuvimos juntos. Llegó, casi desesperado, me llevó a la cama y follamos como dementes.
Lo primero que hizo después de que nos corriéramos, fue tocar mi antifaz.
—¿Cuándo vas a dejar que te vea? —me preguntó.
De inmediato supe que las cosas aquella noche no acabarían bien.
—Ese no es tema de conversación en esta habitación, esclavo —le dije, me levanté y empecé a ponerme mi traje de dominatrix.
Mi antifaz era el escondite donde me sentía segura.
—Está bien, Königin, entonces me lo quitaré yo…
Se llevó las manos a su propio antifaz a punto de quitárselo.
—No. No lo hagas, esclavo, es una orden —me puse recta y le hablé de forma rotunda. Caminé hacia la mesa donde tenía algunos de mis instrumentos, tomé la fusta y me volví hacia él—. ¿O quieres que te castigue?
Tomó aire y sus hombros se tensaron. Muchos de los hombres que se plantaban en mi sala, ni siquiera eran sumisos naturales, pero cumplían con las reglas o eran sacados por la fuerza. No quería hacerlo con él.
—¿Podrías dejar tu papel un instaste y hablar conmigo? —preguntó sin ceder—. Vine aquí porque te necesito… —No dije nada, pero tampoco solté la fusta—. Me voy a Alemania, por un buen tiempo, un año o dos, por mucho. Pero… Königin, ven conmigo a Alemania. Dejemos esto aquí y seamos una pareja real…
Un frío glacial me recorrió la espalda.
No. Yo no podía hacer eso. Yo no podía estar con alguien de esa forma.
—El tiempo se ha acabado, esclavo. Toma tu ropa y vete —respondí.
Se levantó de la cama, donde se había sentado y olvidó por completo su papel de sumiso.
—¿Esta mierda es lo que me vas a decir? ¿De verdad? —gritó, pero yo no moví ni un músculo—. ¿Después de que hemos estado juntos por años?
—Tú eres mi esclavo y yo soy tu Königin, así es como ha sido siempre —le solté sin que hubiera duda en mi voz, aunque no era así como realmente me sentía. No quería que se fuera, ni que lo nuestro terminara, pero tampoco quería dar un paso fuera de esa sala a su lado.
—Entonces, esta será la última vez que nos veamos —finalizó y yo lo acepté.
Se fue y no volvió, pero pronto descubriría que todo fue un engaño, y que solo lo utilizó como excusa para dejarme. No se había ido a Alemania y yo no era la única mujer con la que él estaba.
Era otra noche más de trabajo. Otra noche más en el Paradis, después de casi diez años de haber llegado. Dakota había terminado su trabajo, dejándome perfectamente maquillada como mi trabajo requería, y me dejó sola en mi camerino exclusivo.
Estaba lista, pero aún faltaban unos minutos para la hora indicada de la reserva de esa noche. Tomé uno de mis guantes negros de cuero, y empecé a ponérmelo lentamente mientras pensaba.
Era un cliente nuevo y siempre que tenía uno, no sabía qué esperar.
Ajusté bien el guante en mi mano y me puse el otro. Luego me miré en el espejo. Mis ojos azules miraron a una mujer de cabello oscuro, casi n***o, de labios gruesos y rostro exótico, pero ¿quién era? Nadie lo sabía con claridad.
Ni siquiera yo misma.
Tomé el antifaz de encaje n***o que estaba del otro lado y con él cubrí la mitad de mi rostro, incluidos los ojos, porque ante todo, mi identidad era secreta.
Mi profesión así lo requería.
Me di la vuelta, porque la hora había llegado. Quité el seguro y giré el pomo.
Cuando cruzaba la puerta de mi camerino hacia el interior de la sala donde trabajaba, no tenía un nombre.
Mis clientes lo elegían y era el único poder que les daba.
Entré al interior de mi sala de b**m y me pregunté, cómo me llamaría esta vez.
—¿Nathalie?
¿Qué? ¿Cómo era posible?
Clavé la mirada en el cuerpo desnudo del hombre que me esperaba al fondo, a través de la tela de encaje de mi antifaz, y me detuve por la impresión.
No había duda, era él. Él. Pero no quién yo pensaba, sino…
¿A caso me había equivocado?