**ELARA**
Entré a casa con una sonrisa que parecía más una mueca. Por dentro, algo se retorcía, una mezcla de satisfacción y vacío que no lograba descifrar. El recuerdo de Julián seguía fresco, como un eco persistente en mi cabeza. Ese hombre, siempre tan frío, tan calculador, estaba cayendo en mis redes sin siquiera sospecharlo. Lo tenía atrapado en un juego del que él desconocía las reglas. Y yo… yo sabía que esto no era más que el principio.
Pensé en Waldina mientras cruzaba el umbral. Mi hermana, siempre tan recta, tan pulcra, como si la vida fuera un desfile de normas que debía acatar sin cuestionar. Me imaginé su rostro al enterarse de lo que estaba haciendo con Julián. No, no lo haría por despecho ni por venganza. Su amor por él no era tan puro; era, mejor dicho, casi patético en su ingenuidad. Pero no era mi problema. Mi guerra no era con ella. Mi juego iba más allá de sus sueños de niña buena.
Mi madre apareció en el pasillo, como una sombra que siempre está al acecho. Su mirada me taladró antes de que abriera la boca. Conocía esa expresión. Era la misma que usaba cuando me encontraba haciendo algo “inapropiado”, algo que ella jamás aprobaría.
—Elara —dijo, su voz afilada como un cuchillo—, ¿cuánto tiempo más vas a seguir así? Siempre tan descarada, tan irresponsable. ¿Por qué no puedes ser más como tu hermana? Waldina está a punto de casarse, y tú… tú sigues perdida en tus caprichos.
La miré fijamente, sintiendo cómo su reproche se deslizaba por mi piel sin dejar huella. Su decepción era un peso que había aprendido a cargar desde hacía años, y ahora solo me provocaba una especie de cansancio indiferente.
—Madre… —respondí con una calma que sabía que la enfurecería aún más—. Cada quien tiene su camino. Waldina eligió el suyo, y yo he elegido el mío.
Ella suspiró profundamente, como si mis palabras fueran otro clavo en el ataúd de sus esperanzas. No dijo nada más, pero su silencio era más elocuente que cualquier sermón. Me di la vuelta y seguí caminando hacia mi habitación, dejando atrás su sombra y sus juicios. —Eres una rebelde sin control. —escuche decirme, mientras me alejaba.
Al cerrar la puerta detrás de mí, me dejé caer en la cama. La sonrisa que había llevado todo el camino se desmoronó, dejando al descubierto algo más oscuro. Me quedé mirando al techo, sintiendo el peso de mis propios pensamientos. ¿Qué era lo que realmente buscaba? ¿Libertad? ¿Control? ¿O solo quería demostrarme a mí misma que podía manipular este tablero donde todos parecían piezas tan predecibles? Malditos hipócritas.
Julián estaba cayendo en mi trampa, sí. Pero había algo en su mirada, algo que me inquietaba. Él no era como los demás. Había un abismo en sus ojos, un vacío que reconocí porque también lo llevaba dentro. Tal vez por eso me atraía tanto. Quizás por eso también tenía miedo.
Cerré los ojos y respiré hondo. Afuera, la casa estaba en silencio, pero yo podía sentir las expectativas de todos pesando sobre mí como una niebla espesa. Mi madre quería que fuera como Waldina. Waldina quería que desapareciera de su mundo perfecto. Y yo solo quería seguir riendo por dentro, aunque esa risa a veces sonara hueca.
Me levanté y caminé hacia el espejo. Mi reflejo me devolvió una mirada vacía, casi desconocida. Acaricié el vidrio con los dedos, como si pudiera atravesarlo y encontrar algo al otro lado. Pero no había nada allí, solo yo y mi propia sombra.
Sonreí de nuevo, esta vez sin alegría, y murmuré para mí misma: —Libre…indomable. ¿O solo pérdida?
Apagué la luz y dejé que la oscuridad me envolviera.
Me desperté a media mañana, cuando el sol ya se había colado con descaro por las rendijas de la persiana. La casa estaba viva, llena del murmullo de voces y del ruido normal de los empleados haciendo lo suyo. Para ellos, yo era la sombra inútil que deambulaba por los pasillos, la que no hacía nada con su vida, la perezosa que siempre llegaba tarde a todo. Lo sentía en cada mirada, en cada comentario lanzado con falsa inocencia. Pero ya no me importaba.
Me levanté despacio, dejando que mis pies descalzos tocaran el suelo frío. Caminé sin prisa hacia la cocina, ignorando las miradas fugaces de reprobación que se cruzaban en mi camino. La libertad de no tener que rendir cuentas a nadie era un lujo que saboreaba como un manjar prohibido. Mientras ellos me juzgaban, yo guardaba un secreto que me hacía sonreír en la penumbra de mi habitación: un imperio digital construido en silencio, lejos de sus ojos inquisidores.
Ellos no sabían nada. No podían imaginar que detrás de mi aparente desgana, de mi indiferencia cuidadosamente cultivada, estaba la mente que había dado vida a una de las inteligencias artificiales más avanzadas del mercado. Un sistema que funcionaba como un reloj perfecto, generando ingresos constantes que iban a parar directamente a una cuenta que ellos jamás podrían rastrear. Un cincuenta por ciento de los beneficios eran míos, asegurados, inamovibles. Y todo esto mientras seguían creyendo que vivía a expensas de su generosidad.
“Es una carga”, decían. “No hace nada útil con su vida”. Sus palabras eran cuchillos que al principio me dolieron, pero con el tiempo aprendí a afilarlos y usarlos a mi favor. Lo que no sabían era que yo no era una inútil. Cuando decidí no seguir el camino que habían trazado para mí, ellos mismos me dejaron sin nada. Me cortaron todo apoyo, todo vínculo económico. Fue su manera de castigarme por no ser lo que esperaban. Lo entendí rápido: para ellos, yo era un error.
Pero lo que nunca comprendieron fue que el vacío que dejaron me obligó a crear algo más grande, algo solo mío. Ellos me empujaron al abismo y yo construí alas en la caída. Ahora, mientras bebía lentamente una taza de café en la cocina, podía escuchar sus críticas como un eco lejano, irrelevante. Ya no necesitaba su aprobación. No necesitaba su dinero. Mi vida era mía, y mi éxito también.
Había algo irónico en todo esto. Ellos me llamaban inmadura, irresponsable, descarada… mientras yo estaba construyendo un sistema tan poderoso que podría aplastarlos si quisiera. No lo haría, claro. No por bondad, sino porque no valía la pena gastar energía en ellos. Su mundo era pequeño, limitado por sus propias expectativas y prejuicios. El mío era infinito.
Tomé otro sorbo de café y dejé que el amargor llenara mi boca. Pensé en todo lo que había logrado sin su apoyo, en las noches interminables frente a la pantalla, en las líneas de código que habían sido mi refugio y mi arma. Pensé en cómo habían intentado apagarme y cómo, en lugar de eso, me habían encendido como una llama voraz.