03: Enero parte 3

1933 Palabras
—¡AAAAAHHHHH! —grito de emoción en cuanto reviso mi celular. En segundos, escucho un fuerte ruido contra el piso, lo que me hace arrugar la cara al imaginar que Sergio se ha caído de la cama; después, se oyen pasos acelerados por el pasillo, en segundos, abre la puerta de mi habitación de golpe y se detiene a un lado, dedicándose a mirar de un lado a otro en busca de peligro, mientras deja salir un largo bostezo. —¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Te está dando un ataque? —pregunta con notoria preocupación. Le dedico una sonrisa de disculpa, mientras alboroto mi cabello rubio con incomodidad. —¡Felipe Ignacio me escribió! ¡Hoy trece de enero! ¡Me ha invitado a ir a almorzar, Sergio! —exclamo con gran alegría mientras pateo las cobijas en la cama para poder salir de ella. —¡Maldita sea, Molly! ¡Me caí de la cama por tu culpa! —gruñe al dar media vuelta para comenzar a salir de mi habitación. Me echo a reír, mientras le tiro una almohada a su espalda. —¿Te olvidaste de las maldiciones en latín? ¡Milagro! Me paso toda la mañana llena de ansiedad, buscando el atuendo perfecto para mi primera cita con Felipe, al principio, Sergio no hace más que cuestionarme al aceptar tener una cita tan apresurada, pero al final termina por ayudarme a arreglar mi cabello rubio en agradables ondas, e incluso, me maquilla como solo él sabe hacerlo. Eso era lo bueno de que mi mejor amigo fuese homosexual, era muy quisquillozo y perfeccionista, no descansaba hasta dejar todo en su lugar. —Mira nada más —señala, al sacar un corto vestido azul de mi armario. Lo observo detenidamente, tenía un escote bastante pronunciado, lo que no dejaba nada a la imaginación, además, de que la parte trasera era destapada, hasta llegar al inicio de la colita. Trago saliva con fuerza y niego con la cabeza, ese vestido me lo había regalado Catalina para la navidad antepasada y llevaba más de un año enterrado en el fondo de mi armario, sin pretender ver la luz en algún momento, no era mi estilo, por lo que, era imposible de que fuese a ponérmelo alguna vez. —No, definitivamente no —farfullo con firmeza, a lo que él solo levanta una ceja y me sonríe de forma maliciosa. —¿Quieres follar con el DJ ese? Esto hará que casi te coma en la misma mesa; ¿Quieres dejar de ser una niña tímida? Este vestido será el que te dé la bienvenida al mundo liberal, amiga. Gruño mientras comienzo a desvestirme frente a él, pues lamentablemente, tenía razón, la Molly tímida debía irse, me lo había prometido a mí misma. —Ni siquiera tengo ropa interior adecuada para ese vestido. —Sin sujetador ni bragas —manda, lo que me hace estallar en carcajadas. —En serio que enloqueciste —observo su expresión de dureza, lo que me hace ver que no estaba bromeando—, maldita sea, Sergio, ¿En qué momento te metí en esto? —gruño, terminando por obedecer. Treinta minutos después, me encontraba lista, sintiéndome extremadamente incómoda al no llevar ropa interior de ningún tipo. Ni siquiera tenía unos grandes pechos para que resaltaran, por lo que, incluso temía que fuese el hazme reír de Felipe Ignacio. Al final, me coloco mis tacones de aguja plateados, para poder verme más alta y mayor. Tengo veinticinco años, pero, gracias a mi cuerpo flaquito y sin curvas y mi baja estatura, casi podría pasar como una niñata de dieciocho. Veinte minutos después, salgo a la calle para encontrarme con Felipe, no sin antes guardar en mi cartera los condones que Sergio me facilitó. Él estaciona su Rav4 café a un lado de la calle, se baja enseguida y rodea el auto para encontrarse conmigo. Debo decir que incluso contengo la respiración al verlo por primera vez fuera de aquel club, pues ahora, lucía un pantalón de vestir de color n***o, que hacía que su enorme y redondo trasero resaltaran a la perfección, acompañado de una camisa de botones color vino, con las mangas dobladas hasta sus codos, su cabello estaba peinado, y sujeto en una cola de caballo. Le sonrío en cuanto sus brazos me rodean en una expresión bastante cariñosa, me es inevitable no hundir mi cabeza en su pecho para inhalar su colonia Carolina Herrera. —Dios mío, estás preciosa —murmura, al tomarme de una mano para darme una vuelta. —Tú muy apuesto, también. Hago una mueca al notar su sonrisa divertida, de fijo se había dado cuenta de que nuevamente estaba muy nerviosa. ¡Maldita sea! ¿Cuándo iba a ser capaz de matar los estúpidos nervios? —¿Nos vamos? —pregunta, al voltearse para abrirme la puerta del copiloto como todo un caballero. (...) Me lleva a un fino restaurante de comida tailandesa, lo que hace que confirme de que en realidad ganaba bien siendo DJ. En cuanto me siento, me tomo el tiempo de admirar todos los grandes y hermosos candelabros que cuelgan del techo, además de las extravagantes pinturas de extrañas figuras que estoy lejos de entender, que decoran las paredes. —Espero que te guste la comida tailandesa —murmura, mientras toma el menú entre sus manos—, es mi favorita. —En realidad, nunca he comido, así que lo dejaré a tu elección —le sonrío con picardía, a la vez que me inclino sobre la mesa para mostrar un poco más de mis pequeños atributos. Noto su mirada detenerse más del tiempo suficiente justo donde termina el escote, después traga saliva con fuerza y termina por regresar su atención al menú. Bajo la mirada y sonrío, pues tal parecía que, aquello iba a ser demasiado fácil. —Te encantarán los fideos Thai —dice, a la vez que baja una mano para acomodar sus pantalones bajo la mesa. Levanto una ceja en su dirección y le sonrío. —Seguro, si tú me los recomiendas, claro que los comeré. Él levanta una mano para que el mesero se acerque, pide dos copas de vino blanco y dos platos de esos fideos. Minutos después, el mesero deja las copas frente a nosotros y se retira. Comienzo a tomar con lentitud bajo su atenta mirada verde, paso la lengua por mis labios, mientras devuelvo la copa a la mesa. —Está bueno —digo, sin despegar la mirada de la suya. —Tú también lo estás —responde de inmediato, lo que me hace sonreír al ver que este juego ya había comenzado. Me sentía cada vez más valiente. —¿Buena? —¡Dios! Si no tienes idea de todas las fantasías que han pasado por mi mente en pocos segundos —su mirada me recorre descaradamente, deteniéndose en mi escote—, no tienes idea de lo que quiero hacerte después de quitarte ese pequeño vestido. Aprieto mis manos en puños al sentir como mi centro comienza a palpitar con solo escucharlo hablarme de esa manera. Mi cuerpo se calienta al imaginar también en lo que podría hacerme. Empujo la silla y me levanto con lentitud, para después inclinarme levemente hacia él. —Voy al baño de chicas, la puerta estará abierta —le susurro para terminar por guiñar un ojo. Tomo mi cartera y camino en dirección del baño sin mirar atrás, con la pequeña esperanza de que me siguiera. En cuanto entro, me siento sobre el lavado y me cruzo de piernas, saco uno de los condones que me dio Sergio y lo sostengo entre mis dedos. Dos minutos después, lo observo entrar, dándose prisa en cerrar con seguro tras él. Le muestro el condón y le sonrío, a la vez que abro mis piernas para que él pueda acomodarse entre ellas. —Eres mala, Molly —masculla mientras se acomoda entre mis piernas. De inmediato, su boca devora la mía de una forma tan hambrienta, que me hizo pensar que probablemente aquel chico tenía mucho tiempo sin tener sexo. Sus labios dejan los míos, para comenzar a recorrer mi cuello, una de sus manos se cuela debajo de mi vestido, hasta llegar a tocar mi mojado centro que reclama por sus atenciones, lo que me hace jadear sin poder evitarlo. Deja de besarme por algunos segundos para mirarme con una ceja arqueada. —¿Sin bragas? Me encojo de hombros. —Traía muy buenas expectativas para esta cita —murmuro sin dejar de sonreír. Él niega con la cabeza para después inclinarse y literalmente meter su cabeza debajo de mi vestido, separa más mis piernas y en instantes, su húmeda lengua comienza a recorrer todo mi centro. Llevo una mano hasta mis labios a la vez que arqueo la espalda ante lo que aquella lengua comienza a hacerme sentir, cierro los ojos y hundo mis dedos en su cabello, dejándome llevar por el placer que su boca me estaba haciendo sentir. Aprieto mis piernas en cuanto su boca comienza a succionar todos mis jugos, mientras a su vez, continúa penetrándome con dos de sus dedos, en pocos segundos, siento como mi cuerpo comienza a relajarse, a la vez que es traspasado por espasmos, ante la pronta llegada de lo que iba a ser un súper orgasmo, cosa que impide en cuanto deja de chuparme, para después enderezarse. Lo miro de mala manera, a lo que solo sonríe para luego comenzar a bajarse sus pantalones. Me arrebata el condón de la mano, rasga la envoltura y comienza a colocárselo. Me es imposible no apreciar aquella majestuosidad, un enorme y erecto pene que iba a estar dentro de mí en pocos segundos. Se acerca a mí y me levanta para que envuelva mis piernas en su cintura, apoya mi espalda contra la pared y sin siquiera pedirme permiso, se desliza en mi interior, dando largas embestidas que me hacen gemir, sin importarme que nos encontrábamos en el baño de un restaurante fino. Sus estocadas comienzan a ser más rápidas, más fuertes, mostrándome que aquello no iba a durar tanto, pero, a la vez me hacía darme cuenta que mi misión de conocer un chico al mes hasta encontrar al hombre de mi vida, terminaba en enero. Felipe Ignacio me estaba haciendo experimentar cosas que Max no fue capaz de hacer en todos esos años de noviazgo. Un par de embestidas más y ambos nos encontrábamos dejándonos llenar por un delicioso orgasmo. Pega su frente contra mi hombro y sonríe, mientras sale de mí para luego devolverme al suelo. Lo observo quitarse el condón para tirarlo al bote de la basura, se acerca a mí a la vez que se acomoda los pantalones y me besa con lentitud, permitiéndome disfrutar de mi propio sabor. Lamo mis labios en cuanto se separa y le sonrío a la vez que acomodo mi vestido. Siento mis piernas temblorosas, pero eso no quita que aún pueda caminar para terminar con mi cita. —¿Me esperas en la mesa? —le pido, al detenerme frente al espejo. —Seguro —me mira por reflejo del espejo y sonríe—, ¿Almorzamos mañana también? —Por supuesto —asiento sin dudar, tratando de controlar los fuertes latidos de mi corazón, el cual parecía querer dejar de funcionar tras aquel excitante encuentro. Realmente estaba sorprendida de la Molly que estaba aflorando, definitivamente mi versión tímida y recatada se había quedado en casa, junto a mi mala suerte con los hombres. Felipe aparentaba ser todo lo que estaba buscando.
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