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1251 Palabras
Capítulo 2 El auto de Fred se detuvo frente a la mansión donde viven Emily y Alexander. Ella sintió un hueco en el estómago por la incertidumbre de lo que pasaría al estar frente a frente con Alexander. Este último llamaba por teléfono con su asistente Damien, quien era su mano derecha en el manejo de su imperio. —Damien, te llamo porque quiero que revises que todo esté bien facturado, no quiero ningún problema, ¿Entendiste? —Sí, Alexander, ya lo había considerado, mañana mismo lo haré a primera hora. —¿Cómo que mañana?— Contestó Alexander bastante furioso —Eso lo haces ahorita mismo, que para eso te pago, imbécil. Yo no sé cómo le vas a hacer, pero quiero todo listo mañana a primera hora—. —Está bien, Alexander, lo haré ahorita mismo— Contestó con voz temblorosa. Alexander colgó el teléfono abruptamente. Damien había sido su amigo desde la universidad y cuando Alexander empezó a crecer financieramente y se convirtió en el CEO de un corporativo multinacional, lo invitó a trabajar para él. Ha sido mano derecha desde hace mucho tiempo, pero Alexander siempre lo ha menospreciado y maltratado por considerarlo un tipo insignificante y sin carácter. El CEO había estado bebiendo toda la tarde y al levantarse de su asiento, observó un auto desconocido por la ventana. Al ver la silueta de Emily acompañada de un hombre, lanzó la copa de licor que tenía en la mano y bajó furioso. —Emily, ¿Estás segura de que quieres hacer esto? De verdad no tienes por qué regresar aquí—. Emily da un respiro tratando de agarrar valor —Sí, necesito hacerlo, Fred. Es mi esposo y mi lugar está a su lado—. Contestó. Fred no estaba muy convencido, pero era decisión de Emily y él tendría que respetarla. Saca una tarjeta de su saco y se la entrega. —Por favor, llámame si necesitas algo—. Emily asintió con la cabeza. —Muchas gracias por todo, Fred. Te agradezco de todo corazón. En ese momento Alexander apareció visiblemente molesto —¿Qué es esto? ¿Quién rayos es este tipo, Emily? Nomás te dejo sola un rato y resulta que ya tienes a otro, eres una… En ese momento, Fred lo interrumpe abruptamente. —Tranquilo ¿Si? Y te voy a pedir que no lo hables así, yo solo la traje a su casa—. —Alexander, yo te explico, cálmate, por favor.—dijo Emily, bastante asustada. —¿Qué me vas a explicar? Que nomás te dejo sola y ya te andas paseando con otro tipo. Fred trataba de guardar la compostura, pero al ver la pésima actitud de Alexander, empezaba a sentir cómo la sangre se le subía a la cabeza. —Escúchame bien, no quiero enojarme, pero tampoco voy a permitir que la sigas insultando—. Soltó Fred de repente. —¿Tú, quién rayos te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?— Replicó Alexander. Fred se estaba encolerizado, ya que no soportaba que maltrataran a una mujer de esa manera, al mismo tiempo que empezó a apretar los puños y a ponerse en posición de ataque. —Por favor, Fred. Vete, te lo suplico, yo voy a arreglar esto—. —Claro que no, no puedo dejarte sola con este tipo, podría golpearte—. Contesta Fred. —No soy un cobarde, no me meto con mujeres, sino con tipos como tú—. Le dice Alexander al mismo tiempo que le lanza un golpe, pero Fred lo detiene y lo toma por el brazo y lo somete derribándolo al suelo. Alexander estaba muy tomado y con dificultad se levantó. —Ya verás, desgraciado. Te juro que me las vas a pagar—. Decía mientras se metía a la casa totalmente fuera de sí. —Por favor, Fred, vete, te lo pido, no va a pasarme nada, Alexander nunca me ha puesto una mano encima, voy a estar bien—. Fred no estaba muy convencido, pero finalmente aceptó. —Está bien, pero por favor, llámame si tienes problemas, por favor—. Le suplicó Fred mientras le daba su tarjeta. —Tranquilo, voy a estar bien, te lo prometo. Ambos se despidieron amablemente. Emily finalmente se decidió a entrar a la casa, llena de miedo e incertidumbre, pero finalmente era algo que tenía que enfrentar. Sube las escaleras y entra al despacho de Alexander, que continúa bebiendo. —Tenemos que hablar, Alexander—. —¿Hablar? ¿Hablar de qué? Una señora decente no trae tipos a la casa de su esposo—. Contesta Alexander. —Ya basta, Alexander. No es lo que tú piensas. Fred solo me trajo a la casa porque me encontró sola en la carretera donde tú me dejaste—. —Un momento, ¿Fred?—comenta Alexander, apenas cayendo en cuenta de quién era el hombre con quien llegó Emily. —No me digas que ese tipo es Fred Andrews, tu amorcito de la universidad. Maldita sea, cómo no me di cuenta en ese momento para haberle roto la cara. —Por favor, Alexander. Ya te dije que él me encontró en la carretera y me trajo a casa—. Le dice Emily tratando de calmar la tensión. —Si cómo no, qué casualidad que te encuentra justo tu ex de la universidad. No nací ayer, Emily ¿Crees que puedes verme la casa de idiota?— suelta de repente, lanzando al piso la copa de vino. Emily se da cuenta de que no tiene caso hablar con Alexander en ese momento, ya que este está bastante tomado y será inútil tratar de razonar con él. —Mira, estás muy tomado y será inútil hablar ahorita contigo, será mejor que hablemos mañana, ya que estés sobrio—. Emily salió del despacho dirigiéndose a su habitación. Alexander inmediatamente fue tras de ella. Emily entró a la habitación y Alexander llegó tras ella abrazándola por detrás, queriéndola besar. —¿Qué te pasa, Alexander? Suéltame, por favor— Suplicaba ella. —¿Por qué habría de hacerlo? Eres mi esposa y quiero que estemos juntos. ¿Qué pasa? ¿Te acostaste con ese tipo?— Emily no podía creer lo que le estaba diciendo. Ella jamás le faltaría. Por más problemas que tuvieran, a ella jamás le pasaría por la mente faltarle a su esposo. —¿Cómo puedes decir eso, Alexander? Yo jamás te he faltado, me estás ofendiendo—. —Ya basta, no seas dramática, ven acá—. —No Alexander. Así no. Estás borracho, déjame, suéltame— Le decía ella forcejeando con él, tratando de zafarse, pero la fuerza de él era mucho mayor. —Eres mi esposa y tienes que estar conmigo cuando yo quiera, así que ven acá— Dijo él, haciendo gala de su prepotencia. Para él, Emily era solo un objeto, así como todas las personas a su alrededor. Finalmente, Emily logra empujarlo y este cae al piso, riéndose burlonamente. —Mira, sabes que, ya no quiero estar contigo, eres una mojigata. Me voy a dormir al otro cuarto—. Alexander, a como pudo, se levantó y salió de la habitación azotando la puerta. Emily se acostó en la cama y empezó a llorar amargamente, se sentía perdida en un abismo sin salida, preguntándose cómo era posible que su matrimonio había llegado a esta situación tan terrible.
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