Arthur Erskins tenía el pulso trémulo sobre el revólver, estaba por disparar, sus enormes ojos verdes estaban fijos contra ellos; el amor y el odio se mezclaban en su interior como una danza hipnótica que no podía detener Sostuvo con firmeza el arma, hizo un gesto de rabia, mirarlos enamorados era su peor castigo, quería destruir ese amor. Estuvo a punto de jalar el gatillo. Hasta que sintió algo helado rozando su cabeza —Bajen sus armas, ¡Arthur Erskins Stuart, queda detenido! —exclamó el coronel, todos los guardias estaban rodeados y amedrentados, superados en número. Le tocó repetir la orden para que Erskins por fin dejara el arma, pues se negaba a hacerlo. Luego elevó las manos a la vista del coronel que con rapidez hizo que un militar lo esposara, Erskins no podía apartar su mirada

