Raymund pensó en esas palabras, su mirada fija en el hombre que tenía frente a él, como si con solo observarlo pudiera leer sus pensamientos. La habitación estaba cargada de tensión, un aire pesado que hacía sudar al informante, quien, pese a estar de pie, sentía que las rodillas estaban a punto de fallarle. —Déjame investigar, y te aseguro que muy pronto tendrás en tus manos a Rosa Venus —balbuceó el hombre, su voz apenas un hilo tembloroso. Raymund inclinó la cabeza, sus ojos se entrecerraron en un gesto casi felino, como si estuviera a punto de atacar. —Bien —dijo finalmente, su voz cortante como el filo de un cuchillo—. Pero si no lo haces, te mataré. El hombre se estremeció como si un viento helado lo hubiera atravesado. No se atrevió a responder; simplemente asintió con torpe

