Capítulo: ¿Es un monstruo?

1518 Palabras
—Yo… Cassandra estaba a punto de gritar un no, rechazar a esa oferta completamente absurda, pero algo la detuvo. Algo más grande que su dolor y su indignación. Recordó a su padre, la agonía de verlo en coma, su respiración frágil, dependiente de máquinas. Recordó cómo su tía había usurpado todo lo que su padre había construido, cómo se había quedado sola, sin nadie. «Esa mujer… esa mujer es la única salvación que me queda» pensó. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no permitió que cayeran. No podía. No en ese momento. Con determinación, levantó la vista y miró a Anastasia, quien aún la observaba expectante. —Lo haré, señora. Si usted promete ayudar a mi padre a pagar su tratamiento médico, yo le juro que me casaré. Seré una esposa digna para su hijo. Anastasia sonrió, una sonrisa casi imperceptible, pero cargada de una satisfacción que hacía eco en sus ojos. Acarició el rostro de la joven con delicadeza, casi maternal, pero en el fondo había una frialdad. —Me recuerdas a la antigua yo, Cassie, buena y pura. Mi hijo te va a querer. Sé que le darás la fuerza que necesita para ser el gran heredero de la familia Rosenberg. Pronto, te diré cuándo será la boda, y tu padre estará bien cuidado en un buen hospital. Cassandra asintió en silencio, como si cada palabra la estuviera arrastrando más lejos de sí misma. Anastasia se dio la vuelta y se marchó. Con los pasos pesados, como si cada movimiento fuera una condena, Cassandra entró en la habitación de su padre. Se acercó a él, a su figura inmóvil, al rostro que alguna vez había sido tan lleno de vida. Le tomó la mano con suavidad, como si no quisiera despertarlo del sueño del que no sabía si volvería. —Padre, me casaré con un hombre muy rico. Lo haré porque esto es lo único que puede salvarte, porque esto es lo que haré para que vuelvas a mí, para que te pongas bien. Lo haré por ti. Le dio un suave beso en la mano. Su padre, aun en coma, no reaccionó, y el doctor ya había dicho lo que temía: su estado empeoraba tras el derrame cerebral, y nadie sabía cuándo, o sí, despertaría. *** Una semana después, Anastasia apareció nuevamente. La mujer llegó con una frialdad casi aterradora, y sus palabras fueron un susurro helado. —Tu padre será enviado a un nuevo hospital, es el mejor para pacientes en estado de coma, y vendrá un especialista a revisarlo —la mujer hizo una pausa, antes de volver su mirada hacia Cassandra—. Mañana es tu boda con mi hijo, Cassandra. ¿Estás lista? Cassandra asintió, pero la duda la carcomía por dentro. ¿Estaba lista para todo esto? ¿Cómo podría estarlo? En su corazón, sentía un vacío profundo, pero su mente estaba dominada por el miedo, por la necesidad desesperada de salvar a su padre. Subieron al auto, y al llegar al departamento donde Cassandra se estaba quedando, la mujer no tardó en llevarla al interior. Al entrar, lo primero que vio fue un vestido de novia, colgado en un porta vestidos de plástico, su presencia era tan imponente y ajena que casi le robó el aliento. —Ese es tu vestido —dijo Anastasia, como si le hablara a una niña—. Estoy segura de que te quedará perfecto. Mañana vendrán a vestirte y arreglarte. Luego, mi guardia personal vendrá a recogerte para llevarte a la iglesia. No te preocupes por nada. Tengo toda tu documentación lista. Cassandra miró el vestido sin poder apartar la mirada. Pero la siguiente frase de Anastasia la hizo estremecer. —Pero, si te atreves a dejar a mi hijo plantado en el altar, Cassandra, seré tu peor enemiga. Y eso no te gustará. Soy capaz de convertirme en un verdugo para cualquiera que se cruce en mi camino y dañe a mis hijos. ¿Entiendes? Cassandra la miró, y un escalofrío recorrió su espalda. Asintió sin decir una palabra. No sabía qué más hacer. Anastasia se fue, dejando a Cassandra sola con sus pensamientos, que se enredaban en su mente como una maraña. Su corazón latió con fuerza, un golpeteo acelerado que parecía resonar en sus oídos. «¿En qué lío me he metido? Estoy condenada a ser la esclava de alguien, a vivir una vida que no es mía, pero no tengo opción, no puedo ser libre» Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro, pero las limpió rápidamente, como si pudieran hacerla más débil. Miró el vestido de novia una vez más y pensó en él, en el hombre de aquella noche. Solo recordarlo hizo que su piel se erizara. «Qué tonta…», se recriminó «creí que algún día lo volvería a ver» *** Al día siguiente, cuando Cassandra despertó, la sensación de irrealidad la envolvía. Se preguntó si aún estaba soñando, si todo lo que había vivido en las últimas semanas era parte de una pesadilla de la que pronto despertaría. Pero los ruidos, los pasos apresurados fuera de la habitación, la hicieron temblar. Pronto, alguien llamó a su puerta. —Señorita, somos las maquillistas. Esperamos para arreglarla para su boda. Cassandra sintió su corazón latir más fuerte, más rápido. No era un sueño. Era su realidad. Pronto se casaría con un absoluto desconocido, y todo lo hacía por su padre. Lo único que importaba era que él volviera a estar bien. Pero, en el fondo, sentía que algo en ella se estaba rompiendo, algo que nunca podría volver a ser. Fueron a su habitación, la vistieron, la maquillaron, pero Cassandra se sentía ajena a todo. Era como si estuviera otra vez convirtiéndose en esa mujer que había sido antes, aquella que fingía ser lo que no era solo para sobrevivir, solo para salvar a alguien más. La Rosa Venus que había sido durante tanto tiempo. Cuando finalmente terminó, se miró al espejo. Frunció el ceño. No se reconocía. Aunque lucía hermosa, se sentía como una extraña, como si alguien hubiera colocado una máscara sobre ella. Una máscara que no podría quitarse nunca. —¿Le gusta o quiere algún cambio, señorita López? —preguntó una de las maquillistas. Cassandra asintió lentamente, casi en trance. —Estoy lista para ir a esa boda —dijo, pero su voz sonó tan vacía, tan triste, como si, en lugar de una boda, fuera a un funeral. El auto estaba afuera, y el guardia personal de Anastasia Rosenberg la esperaba junto al conductor. Subió al vehículo, y mientras el chofer la llevaba a la iglesia, su mente era un torbellino de pensamientos oscuros. «¿Qué está pasando con mi vida?» El único objeto que aún sentía suyo era la medalla que colgaba en su cuello, oculto por el vestido. Esa medalla que su madre le había dado cuando era niña, un pequeño talismán, su único consuelo en un mundo que la estaba tragando. Al llegar a la iglesia, el chofer abrió la puerta para ella. El guardia, de pie junto a la entrada, la miró fijamente y le indicó con un gesto que entrara. —Entre, ya la están esperando. La señora Rosenberg le pide que recuerde que debe cumplir su promesa. Si se arrepiente, su padre será enviado a la calle. Esas palabras, dichas con tal frialdad, la atravesaron como cuchillos. Fue en ese momento cuando el miedo, por fin, la alcanzó con toda su fuerza. ¿Por qué un hombre tan rico, tan poderoso, necesitaba comprar una esposa? ¿Por qué no cortejaba a alguna de las muchas mujeres que debían desearlo por su dinero? Pero mientras caminaba hacia el altar, la duda se transformó en pavor. «¿Y si es un monstruo?», pensó, «¿y si está loco?» El pánico comenzó a paralizarla, y cuando finalmente llegó a la puerta de la iglesia, sus piernas temblaban. La gente la miraba con asombro, y la marcha nupcial resonaba en sus oídos, como una condena. Los murmullos se extendieron como una ola. —¡Es una novia hermosa y lleva un costoso vestido! —¡Oh, es tan joven! Pobrecita… nunca tendrá una vida normal… La ansiedad comenzó a devorarla. «¿Qué estoy haciendo aquí?». Pensó, pero siguió caminando. Estaba siendo arrastrada por el destino, y ya no tenía fuerza para detenerse. Entonces, al mirar al altar, vio a un hombre alto y atractivo, no parecìa haber alguno problema con èl, pero de pronto, al mirar hacia abajo, descubrió al que estaba destinado a ser su esposo. Su corazón se detuvo por un instante. El hombre, sentado en una silla de ruedas, la observaba con ojos fríos y furiosos, como si hubiese adivinado su pensamiento. —El novio soy yo, niña. Sí, tu futuro esposo es un paralítico, pero puedes correr y escapar si quieres. Nadie te lo impedirá. —Su voz era un susurro helado, sus ojos eran como dos témpanos de hielo que se clavaban en su pecho. Y en ese momento, Cassandra supo que no había vuelta atrás.
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