Los días que siguieron a la desastrosa cena familiar fueron una neblina de agotamiento para Yaneth. Al principio, intentó convencerse de que era la angustia emocional. Pelear con su padre siempre la dejaba vacía, pero esto era diferente. No era solo tristeza; era una pesadez en los huesos que nunca antes había sentido, como si la gravedad hubiera decidido ensañarse con ella.
En la galería de arte, sus manos temblaban ligeramente al colgar los cuadros. Su jefa, una mujer observadora llamada Elena, la miró con preocupación mientras Yaneth se apoyaba contra una pared, buscando aire.
—Yaneth, querida, estás pálida como un lienzo en blanco —le dijo Elena, acercándose con un vaso de agua—. ¿Has dormido algo? Tienes unas ojeras que llegan hasta el piso.
—Es solo estrés, Elena. Muchas cosas en casa... y Fabián está con mucho trabajo —respondió ella, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—El estrés no te pone la piel de ese color grisáceo. Vete a casa temprano. Es una orden.
Yaneth no protestó. Su cuerpo pedía a gritos una cama. Sin embargo, lo peor no era el cansancio, sino su olfato. De repente, el mundo se había vuelto un asalto sensorial. El olor del café, que antes era su ritual favorito, ahora la obligaba a salir corriendo de la cocina. El aroma de las flores en la entrada de su edificio le revolvía el estómago.
Pero lo más doloroso ocurrió esa noche, cuando Fabián pasó a verla media hora. Él intentó besarla, envolviéndola en sus brazos con ese perfume de diseñador —una mezcla de sándalo y especias— que Yaneth siempre había asociado con la elegancia y el éxito.
Esta vez, el olor le resultó insoportable. Era como si el perfume estuviera podrido.
—¿Qué pasa? —preguntó Fabián, frunciendo el ceño cuando ella se apartó bruscamente, cubriéndose la nariz—. ¿Huelo mal?
—No, no es eso... —Yaneth sintió que las lágrimas picaban sus ojos—. Es que... estoy muy sensible hoy. Creo que me va a dar una migraña. Tu perfume se siente muy fuerte, me marea un poco.
—Es el mismo de siempre, Yaneth. El que te encanta —dijo él con un tono de fastidio mal oculto—. Estás muy extraña últimamente. Siempre cansada, siempre con quejas. No es el tipo de energía que necesito ahora con todo lo de la aduana.
—Lo siento, de verdad —susurró ella, sintiéndose una carga—. Mañana estaré mejor, te lo prometo.
Cuando él se fue, Yaneth se encerró en el baño. Se miró al espejo y se tocó los pechos; estaban hinchados y le dolían al más mínimo roce. Su mente, ingenua pero no ciega, empezó a conectar los puntos. "No, no puede ser", se dijo. "Nos cuidamos... él dijo que se encargaba".
Al día siguiente, mientras Yaneth estaba en su habitación, su madre, Martha, entró con una bandeja de té de jengibre. Martha la observó en silencio mientras Yaneth intentaba leer un libro, solo para quedarse dormida a los cinco minutos.
Martha se sentó al borde de la cama, acariciando el cabello de su hija. Su instinto de madre gritaba una verdad que su mente se negaba a aceptar. Ella misma le había hablado a Yaneth sobre la responsabilidad, sobre el valor de su cuerpo, sobre cómo hombres como ese "novio fantasma" podían ser descuidados.
—Yaneth, mi vida... —susurró Martha cuando la joven abrió los ojos—. Estás vomitando todas las mañanas. Ayer te vi rechazar el pastel de carne de tu padre, y tú amas ese pastel.
—Es el estómago, mamá. Los nervios por la pelea con papá me cayeron mal.
—La cara no se pone así por nervios, hija —Martha apretó los labios, su corazón hundiéndose—. Yo te enseñé a cuidarte. Te hablé de los riesgos. Dime que ese hombre ha sido responsable contigo. Dime que no eres tan tonta como para haberte entregado sin protección a alguien que ni siquiera se atreve a cenar con nosotros.
—¡Mamá! —Yaneth se sentó de golpe, sintiendo un mareo—. Fabián es un hombre maduro. Él sabe lo que hace. No me hables como si fuera una niña que no sabe nada.
—Espero que tengas razón —dijo Martha, levantándose con los ojos húmedos—. Porque si lo que sospecho es cierto, tu padre no va a tener piedad. Y ese hombre... ese hombre no me da buena espina, Yaneth. Un hijo no es un juego.
Cuando su madre salió, el miedo se instaló finalmente en el pecho de Yaneth. Necesitaba saberlo. Necesitaba la verdad antes de que su cuerpo la delatara por completo.
Caminó hacia la farmacia más lejana de su casa, con la capucha de su abrigo puesta para que nadie la reconociera. Compró la prueba con manos temblorosas y regresó a su pequeño baño privado.
El silencio en el baño era ensordecedor. Yaneth dejó la prueba sobre el lavabo y se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas. Los minutos pasaban como horas. Recordó las palabras de Fabián: "Estamos construyendo un futuro nosotros dos". Un futuro de dos, no de tres.
Finalmente, se puso de pie. Con el corazón martilleando contra sus costillas, miró el pequeño dispositivo plástico.
Dos líneas rojas. Intensas. Innegables.
Yaneth sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Se sostuvo del lavabo para no caer. Estaba embarazada. El fruto de su amor con Fabián era una realidad.
—Él se va a poner feliz —se mintió a sí misma, con la voz quebrada mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas—. Él dijo que quería un futuro conmigo. Un bebé es parte de ese futuro. Se va a asustar al principio, pero luego... luego nos casaremos y todo estará bien.
Se miró al espejo, acariciando su vientre con una mezcla de terror y una dulzura infinita que solo ella poseía. A pesar del miedo, una parte de su alma noble ya estaba protegiendo a esa pequeña vida.
Lo que Yaneth no sabía era que esas dos líneas rojas no eran el inicio de una familia, sino la sentencia de muerte de su inocencia. Mientras ella soñaba con cunas y bodas, el "Lobo" seguía en las sombras, y Fabián... Fabián ya estaba planeando cómo deshacerse del "error" que amenazaba su libertad.