La cocina de los Miller olía a romero y carne asada, un aroma que usualmente habría hecho que a Yaneth se le hiciera agua la boca. Sin embargo, esa tarde, mientras ayudaba a su madre a picar las verduras para la ensalada, el olor le resultaba extrañamente pesado, casi invasivo. Se obligó a respirar por la boca, atribuyéndolo al calor del horno.
—¿A qué hora dijo que vendría? —preguntó Martha, su madre, con una sonrisa esperanzada mientras acomodaba los cubiertos de plata sobre el mantel de lino—. He sacado la vajilla buena, la que solo usamos en Navidad. Tu padre está de un humor excelente hoy, Yaneth. Realmente quiere que esta noche sea especial.
Yaneth sintió una punzada de ansiedad en el estómago. Miró su teléfono, que descansaba sobre la encimera de mármol, mudo y oscuro.
—Aún no me ha confirmado la hora exacta, mamá —mintió con suavidad—. Ya sabes que su trabajo es muy demandante. A veces surgen reuniones de último minuto que no puede evitar.
—Un año y medio, hija —intervino la voz grave de su padre, Arturo, quien entraba en la cocina secándose las manos con una toalla—. Dieciocho meses escuchando sobre "el hombre perfecto", "el empresario brillante", "el amor de tu vida". Y en todo ese tiempo, ni siquiera nos has dicho cómo se apellida. "Él es muy reservado", dices. "Él prefiere mantener su vida privada así", repites. Pero esta noche se acabaron los misterios.
Arturo Miller era un hombre de principios sólidos, un exportador que había construido su modesta fortuna con sudor y palabra de honor. Para él, la cara de un hombre era su contrato, y el hecho de que el novio de su única hija fuera un fantasma era algo que le carcomía el orgullo.
—Papá, por favor, no empieces —suplicó Yaneth, dejando el cuchillo a un lado—. Él no es un misterio, es simplemente una persona que valora su privacidad. El mundo de los negocios en el que él se mueve es... competitivo. Hay gente que busca cualquier debilidad para atacar.
—¿Y nosotros somos una debilidad? —Arturo arqueó una ceja, cruzándose de brazos—. ¿Conocer a los padres de la mujer que dice amar es un riesgo para su empresa? No me hagas reír, Yaneth. He hecho negocios toda mi vida y sé distinguir a un hombre serio de un charlatán. Un hombre serio no se esconde en las sombras como si debiera algo.
—¡Él no se esconde! —exclamó ella, sintiendo que la cara le ardía—. Simplemente es cuidadoso.
El teléfono de Yaneth vibró. Ella lo tomó casi con desesperación, alejándose un poco de sus padres. Era un mensaje de texto de Fabián.
“Preciosa, surgió una crisis en la oficina. El cargamento de suministros para la torre quedó retenido en la aduana y tengo que resolverlo personalmente. No llegaré a la cena. Dile a tus padres que lo lamento mucho, pero el deber llama. Te amo.”
Yaneth sintió como si le hubieran soltado un golpe en el plexo solar. El vacío en su estómago se expandió. Sabía lo que vendría a continuación. Se quedó mirando la pantalla, buscando las palabras para suavizar el impacto, pero no las había.
—¿Y bien? —preguntó Arturo, cuyo instinto ya le estaba dando la respuesta—. ¿A qué distancia está el caballero? ¿O es que su auto de lujo se quedó sin gasolina mágicamente a cinco cuadras de aquí?
Yaneth tragó saliva, guardando el teléfono en el bolsillo de su delantal.
—No... no va a poder venir —susurró, sin mirar a su padre a los ojos—. Hubo un problema en la aduana. Algo urgente con su proyecto de la torre. Tiene que estar ahí personalmente para que no se detenga la obra.
El silencio que siguió fue sepulcral. Martha dejó escapar un suspiro de decepción, mirando la mesa perfectamente servida. Arturo, por el contrario, soltó una carcajada amarga que resonó en toda la cocina.
—¡Qué sorpresa! —exclamó con sarcasmo—. ¡La aduana! ¡Qué excusa tan original! ¿Qué será lo próximo? ¿Un viaje repentino a Suiza? ¿Un secuestro por parte de la competencia?
—¡Arturo, basta! —intentó calmarlo Martha, viendo cómo los ojos de Yaneth se llenaban de lágrimas—. Puede ser verdad. Los negocios son complicados...
—¡No me vengas con eso, Martha! —Arturo golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las copas vibraran—. He esperado meses. He aguantado sus excusas por respeto a nuestra hija, pero esto sobrepasa el límite. Un hombre que no da la cara ante la familia no es un hombre, Yaneth. Grábatelo bien. ¡Es un cobarde o un mentiroso!
—¡Él no es ninguna de esas cosas! —gritó Yaneth, perdiendo la paciencia por primera vez—. Tú no lo conoces, no sabes cuánto trabaja, no sabes la presión que tiene encima. Él está construyendo un futuro para nosotros... ¡para mí!
—¿Qué futuro puede construir alguien que no tiene el valor de estrecharme la mano? —Arturo se acercó a ella, sus ojos brillando con una mezcla de furia y una profunda tristeza—. Escúchame bien, Yaneth. Un hombre que te ama de verdad te presume, te integra en su vida, se siente orgulloso de entrar en tu casa. Este tipo... este fantasma del que ni siquiera sabemos el nombre, te está usando. Te tiene en una burbuja de palabras bonitas mientras te aleja de los que realmente te queremos.
—¡Eso no es verdad! —sollozó ella, cubriéndose la cara con las manos—. Él me ama. Me lo dice siempre. Me trata como a una reina. Tú solo eres un viejo amargado que no puede aceptar que he encontrado a alguien exitoso por mi cuenta.
—¿Exitoso? —Arturo negó con la cabeza—. El éxito no se mide en el modelo del auto o en el precio del vino que te compra en esos restaurantes donde te lleva para que nadie los vea. El éxito es la integridad. Y ese hombre tiene la integridad de una rata. Si fuera un hombre de verdad, estaría aquí sentado, aunque tuviera que salir corriendo después para arreglar su dichosa aduana. Habría venido cinco minutos a presentarse. Pero no lo hizo. Y no lo hará, Yaneth. ¿Sabes por qué? Porque los que se esconden es porque tienen algo que ocultar.
—¡No tiene nada que ocultar! —Yaneth se quitó el delantal y lo tiró al suelo—. ¡Es la última vez que intento que se conozcan! No te lo mereces. No te mereces conocer al hombre que me hace feliz porque ya lo juzgaste sin haberlo visto.
—¡Lo juzgo por sus actos! —rugió Arturo—. ¡Y sus actos dicen que es un desgraciado que se está aprovechando de tu inocencia! ¡Me apuesto lo que quieras a que ese infeliz tiene otra vida, otra mujer, o simplemente se ríe de ti cada vez que te deja en la puerta de casa como si fueras un secreto sucio!
—¡Cállate! ¡Cállate! —Yaneth salió corriendo de la cocina, subiendo las escaleras hacia su habitación mientras los gritos de su padre la seguían.
—¡Algún día abrirás los ojos, Yaneth! ¡Y espero que para entonces no sea demasiado tarde! ¡Porque ese tipo te va a romper el corazón y yo no voy a estar aquí para decirte que tenía razón!
Yaneth cerró la puerta de su cuarto con un golpe seco y se dejó caer sobre la cama, llorando desconsoladamente. El pecho le dolía, y una náusea repentina, mucho más fuerte que las anteriores, la obligó a correr al baño.
Se arrodilló frente al inodoro, vaciando su estómago mientras el cuerpo le temblaba. Entre arcada y arcada, las palabras de su padre resonaban en su cabeza como martillazos: "Es un cobarde o un mentiroso".
—No es verdad... no es verdad —susurraba ella, limpiándose la boca con agua fría, mirando su reflejo pálido y ojeroso en el espejo—. Él me ama. Solo es un mal momento. Él me lo prometió.
Se acarició el vientre, todavía plano, sin saber que allí ya latía la prueba que destruiría todas sus defensas. Yaneth estaba decidida a defender a Fabián a capa y espada, sin darse cuenta de que la espada que sostenía era de cristal y que el hombre por el que estaba dispuesta a pelear con su propia sangre, ya estaba afilando el cuchillo para apuñalarla por la espalda.
Abajo, el silencio en la cena era absoluto. Arturo miraba el plato vacío del "invitado" con una premonición oscura instalada en el pecho. Sabía que su hija estaba en peligro, pero también sabía que, a veces, la dulzura es la venda más difícil de quitar de los ojos.