Capitulo 1.

2760 Palabras
La alarma del celular de Yaneth sonó con una melodía suave a las seis de la mañana. No era de las que despertaban de mal humor; al contrario, abrió los ojos con una sonrisa casi automática. Para Yaneth, cada día era una nueva oportunidad para ver el lado bueno de las cosas y, más importante aún, una oportunidad para estar más cerca del futuro que estaba construyendo junto a Fabián. Se levantó de un salto y comenzó su rutina. A sus veinticuatro años, poseía una belleza natural y fresca, acentuada por una dulzura inherente que irradiaba en cada uno de sus gestos. Se recogió el cabello castaño en una coleta alta, dejando unos mechones sueltos alrededor de su rostro ovalado, y se dirigió al espejo del baño. —Hoy será un gran día —se dijo a sí misma, guiñándose un ojo al reflejo. Sus ojos color miel brillaban con una ilusión casi infantil. Yaneth era la definición de la nobleza de corazón. Criada en un hogar donde el amor se demostraba con acciones simples y cuidado mutuo, ella asumía que el mundo funcionaba de la misma manera. Era ingenua, sí, pero no por falta de inteligencia, sino por un exceso de fe en la bondad humana. Y en ese momento, toda su fe estaba depositada en un solo hombre: Fabián. Llevaban un año y medio de noviazgo. Dieciocho meses que, para Yaneth, habían sido un cuento de hadas. Fabián, de treinta años, era todo lo que ella había soñado: guapo, exitoso, ambicioso y, sobre todo, increíblemente encantador cuando estaban a solas. Él la hacía sentir como la mujer más especial del mundo, envolviéndola en una red de promesas y palabras bonitas que ella tejía en su mente como verdades absolutas. Mientras preparaba el desayuno —café recién hecho y tostadas con mermelada—, su teléfono vibró sobre la mesa. Su corazón dio un vuelco al ver el nombre en la pantalla. —¡Hola, mi amor! —respondió ella, con una voz que delataba su emoción instantánea. —Buenos días, preciosa —la voz de Fabián sonaba varonil, un poco ronca por el sueño, lo que siempre le provocaba un ligero escalofrío de placer—. Solo quería ser el primero en saludarte hoy. —Lo lograste —rio ella, endulzando su café—. ¿Cómo amaneciste? Te extrañé anoche. —Yo también, Yaneth. Muchísimo. Pero ya sabes cómo es esto. La cena con los inversores de la nueva constructora se extendió hasta la madrugada. Son unos buitres, pero necesarios si quiero que el proyecto despegue. —Lo sé, mi vida. Eres tan trabajador —dijo ella, con genuina admiración—. Me enorgulleces tanto. Pero no te descuides, ¿sí? Tienes que descansar. —Contigo a mi lado, todo el esfuerzo vale la pena —Fabián hizo una pausa dramática, el tipo de pausa que siempre hacía que Yaneth contuviera el aliento—. Eres mi motor, mi paz. No sé qué haría sin ti. Esas palabras eran como música para los oídos de Yaneth. Ella no veía la manipulación detrás de ellas, solo el amor desesperado de un hombre que, según él, la necesitaba para sobrevivir a la jungla del mundo empresarial. —Y yo sin ti —susurró ella—. ¿Nos vemos hoy? —Por supuesto. No podría pasar un día más sin verte. He reservado una mesa en L'Amour, ese restaurante francés que querías probar. A las ocho, ¿te parece? Paso a buscarte. —¡Me encanta! Es perfecto. Pero... —Yaneth dudó un momento, mordiéndose el labio inferior—. Fabián, mi amor... estaba pensando. Mis padres han estado preguntando mucho por ti otra vez. Papá está un poco... insistente. Dice que ya es hora de que vengas a cenar a casa**. Mamá quiere cocinarte su famoso pastel de carne. La línea se quedó en silencio por unos segundos, un silencio gélido que Yaneth intentó ignorar. —Yaneth, ya hemos hablado de esto —la voz de Fabián perdió un poco de su calidez, volviéndose más impaciente—. Sabes cuánto quiero conocerlos, de verdad. Pero esta semana es crucial para el proyecto de la torre. No puedo darme el lujo de llegar a una cena familiar y tener que estar revisando el teléfono cada cinco minutos. Sería una falta de respeto para tus padres, y yo no soy así. —Lo entiendo, de verdad que sí —se apresuró a decir ella, sintiéndose culpable por presionarlo—. Solo que... me gustaría tanto que te vieran como yo te veo. Papá es tan... chapado a la antigua. Dice que un hombre que no da la cara ante la familia... bueno, ya sabes cómo se pone. Fabián soltó una risa seca, sin rastro de humor. —Tu padre tiene sus métodos, y yo los míos. Yaneth, soy un hombre de treinta años con responsabilidades reales. No soy un adolescente que necesita la aprobación de su suegro para salir contigo. Estamos construyendo algo nosotros, ¿no es así? —Sí, claro que sí. Tienes razón —cedió ella, asintiendo a la nada—. Perdona por traer el tema. Solo quiero que todos sean felices. —Y lo serán. Cuando todo este caos pase, prepararemos la cena más increíble y los conquistaré a todos. Pero por ahora, necesito que seas mi apoyo, no mi presión. ¿Está bien? —Está bien, mi amor. Siempre seré tu apoyo. Te amo. —Y yo a ti, preciosa. A las ocho. Ponte ese vestido azul que me vuelve loco. Cortó la llamada. Yaneth se quedó mirando el teléfono con una mezcla de emociones. Una punzada de duda la asaltó. ¿Por qué siempre era tan difícil programar un encuentro con sus padres? Pero rápidamente, su corazón noble y su ceguedad amorosa expulsaron el pensamiento intruso. Él tiene razón, se dijo. Está bajo mucho estrés. Quiere dar una buena impresión y no puede hacerlo si está preocupado por el trabajo. Solo tengo que ser paciente. La jornada laboral de Yaneth pasó volando. Trabajaba como asistente en una galería de arte, un empleo que encajaba perfectamente con su personalidad sensible y su amor por la belleza. Sus compañeros la adoraban por su disposición siempre alegre y su paciencia infinita. A las siete de la tarde, ya estaba en su pequeño apartamento, preparándose para la cita. Se puso el vestido azul eléctrico que Fabián le había pedido, un vestido que se ajustaba a su figura delgada pero con curvas, resaltando la blancura de su piel. Se maquilló de forma sutil, acentuando sus ojos color miel con un poco de delineador y rímel, y aplicó un brillo rosado en sus labios. Al mirarse en el espejo, sintió una oleada de emoción. Quería estar perfecta para él. A las ocho en punto, el sonido de una bocina lujosa afuera le indicó que Fabián había llegado. Ella bajó corriendo, el corazón acelerado. Fabián la esperaba de pie junto a su BMW n***o brillante. Vestía un traje de diseñador, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados, dándole un aire de elegancia despreocupada pero innegablemente poderosa. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con gel, y una sonrisa seductora jugaba en sus labios. Al verla salir, sus ojos la recorrieron de arriba abajo con una intensidad que hizo que las mejillas de Yaneth se encendieran. —Wow —dijo él, acercándose y tomándola de la cintura—. Estás absolutamente deslumbrante. El azul definitivamente es tu color, pero sospecho que cualquier color se vería increíble en ti. —Gracias —respondió ella, tímida, rodeando su cuello con los brazos—. Tú también te ves muy bien. Aunque pareces un poco cansado. —Ha sido un día largo —suspiró él, besándola en la frente—. Pero verte a ti es como una inyección de energía. Vamos, la reserva es en quince minutos. El restaurante L'Amour era todo lo que Yaneth había imaginado y más. Luces tenues, música de arpa de fondo, manteles de hilo blanco y un ambiente que gritaba romance y exclusividad. Fabián, como siempre, se movía por el lugar con total confianza, saludando al maître d' con un gesto familiar. Los guiaron a una mesa apartada, cerca de una ventana que daba a un jardín interior iluminado con pequeñas luces blancas. Yaneth estaba encantada, mirando a su alrededor con ojos curiosos. —¿Te gusta? —preguntó Fabián, observándola con una sonrisa complacida mientras pedía una botella de vino tinto caro. —Es hermoso, Fabián. De verdad. Gracias por traerme aquí. —Te mereces esto y más, Yaneth. Solo quiero verte feliz. Durante la cena, Fabián fue el caballero perfecto. Llenaba su copa, le hacía preguntas sobre su día en la galería, escuchaba sus historias con aparente interés y la colmaba de cumplidos. Le habló sobre sus nuevos proyectos, sobre la cantidad de dinero que estaba a punto de ganar y sobre cómo quería comprar una casa grande en las afueras. —Imagina, Yaneth —dijo, tomando su mano sobre la mesa—. Una casa con un jardín enorme, donde podamos escapar del ruido de la ciudad. Un lugar solo para nosotros dos. —Suena maravilloso —susurró ella, su mente ya creando imágenes de ellos dos en ese jardín—. ¿De verdad crees que podamos tener eso pronto? —Si todo sale bien con el proyecto de la torre, sí. Muy pronto. Por eso es tan importante que me concentre ahora. Es por nuestro futuro. Esa frase mágica: "nuestro futuro". Era el ancla que Fabián usaba para mantenerla atada, la promesa que justificaba todas sus ausencias, todas las excusas y, sobre todo, su negativa a integrarse en la vida de ella. —Hablando de futuro... —Yaneth bajó la mirada, jugueteando con el tenedor. Sabía que estaba arriesgando la paz de la noche, pero la presión de su padre en su mente era demasiado fuerte—. Fabián, sé que dijiste que no querías presión, pero... Papá de verdad está molesto. Hoy me dijo que... que si un hombre tiene intenciones serias, no se esconde. Que empieza a pensar que... bueno, que solo te estás divirtiendo conmigo. Sintió cómo la mano de Fabián se tensaba sobre la suya. Su expresión perfecta se agrietó, revelando por un segundo una molestia gélida antes de volver a componerse con una máscara de decepción herida. —Yaneth, ¿de verdad crees eso? —su voz sonaba dolida, casi trágica—. ¿Después de todo este tiempo, de todo lo que te he demostrado, crees que solo me estoy divirtiendo? ¿Crees que un hombre se esfuerza tanto por construir un futuro para alguien con quien solo se está "divirtiendo"? —¡No, no! —se apresuró a decir ella, sintiéndose morir por haberlo herido—. Yo no creo eso. Sé que me amas. Pero mi padre... él es diferente. Es de otra generación. No entiende cómo funciona el mundo de los negocios ahora. Solo quiero que sepa que eres real, que lo que tenemos es real. Fabián suspiró dramáticamente, soltando su mano para recostarse en la silla, frotándose las sienes como si le doliera la cabeza. —Es muy decepcionante saber que confías más en los prejuicios de tu padre que en mis palabras y acciones. Yaneth, te amo. Te lo digo todos los días. Te demuestro mi amor de todas las formas que puedo. Pero no puedo cambiar quién soy ni cómo funciona mi vida para adaptarme a las expectativas anticuadas de un hombre que ni siquiera me conoce. —No es que confíe más en él... —las lágrimas empezaron a asomarse a los ojos de Yaneth—. Es que estoy atrapada en el medio. Los amo a los dos. Solo quiero que se conozcan. Si vinieras a cenar, solo una vez, verías lo buena gente que son. Y ellos verían lo increíble que eres tú. —¿Y qué gano yo con eso? —preguntó él, con una frialdad repentina—. ¿Someterme a un interrogatorio? ¿Tener que dar explicaciones sobre mis finanzas, mi familia, mi pasado? Yaneth, soy un hombre reservado. No me gusta la intrusión. Nuestra relación es nuestra, no de tus padres. —No sería un interrogatorio, Fabián. Sería una cena. Mamá haría su pastel de carne... —Pastel de carne —repitió él, con un tono ligeramente burlón que a ella se le pasó por alto—. Yaneth, preciosa, aprecio la intención de tu madre. De verdad. Pero mi paladar está acostumbrado a otras cosas. Y sinceramente, la idea de pasar una noche de mi precioso tiempo libre discutiendo trivialidades con personas con las que no tengo nada en común... no es mi idea de una velada agradable. Esa declaración fue tan cruda que incluso la ceguedad de Yaneth se vio afectada. Lo miró, con el corazón apretado. —¿Estás diciendo que... que no tienes nada en común con mi familia? ¿Que no te interesa conocerlos? Fabián pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos. Rápidamente volvió a cambiar su tono, inclinándose hacia adelante, recuperando su mano y mirándola con ojos llenos de una falsa sinceridad. —No, no es eso, mi amor. Me expresé mal. Perdona. Es el estrés, el cansancio. Lo que quise decir es que... me intimida la idea. Sé cuánto los quieres y tengo miedo de no ser suficiente para ellos. Tengo miedo de que no entiendan mi ambición, mi estilo de vida. Quiero ir, de verdad quiero. Pero quiero hacerlo cuando me sienta listo, cuando pueda ir con la frente en alto y decirles: "Miren, este es el hombre que ama a su hija y este es el futuro que le ofrece". —Oh, Fabián... —la nobleza de Yaneth volvió a la carga, su corazón se derritió ante su confesión de "miedo"—. Eres más que suficiente. Papá solo quiere verme feliz, y tú me haces la mujer más feliz del mundo. No tienes que demostrarles nada. Solo tienes que ser tú mismo. —Gracias, preciosa. Eres demasiado buena para este mundo. Por eso te amo —le dio un beso suave en la mano—. Pero te pido que me entiendas. Danos un poco más de tiempo. Deja que pase lo de la torre. Te prometo, te prometo, que después de eso, iremos a esa cena. ¿Está bien? —¿Me lo prometes? —Te lo prometo por mi vida —dijo él, con una solemnidad que la convenció por completo. El resto de la cena volvió a ser perfecto. Fabián, sintiéndose victorioso por haber manipulado la situación una vez más, redobló su encanto. Habló de planes para el próximo fin de semana, de un posible viaje a la playa cuando el proyecto terminara. Yaneth, feliz por la promesa de la cena con sus padres, se dejó envolver en el espejismo de amor que él había creado tan meticulosamente. Cegada por sus veinticuatro años y su corazón noble, ella no veía las grietas en la fachada. No veía que Fabián nunca la había llevado a su propio apartamento, siempre usando la excusa de que estaba "en remodelación" o "demasiado desordenado con papeles de trabajo". No veía que él nunca le hablaba de su familia, de sus amigos, de nada que no fuera su éxito empresarial o su amor por ella. No veía que estaba siendo aislada, poco a poco, de todo lo que ella era, para convertirse en un satélite que giraba exclusivamente alrededor de él. Para Yaneth, el amor era un contrato de fe ciega. Y en ese momento, ella estaba firmando ese contrato todos los días con cada palabra bonita, cada promesa vacía y cada excusa que él le daba. Creía estar en la cima del mundo, cuando en realidad estaba parada al borde de un abismo que estaba a punto de tragarse toda su inocencia. —Eres lo mejor que me ha pasado —le dijo ella, cuando Fabián la dejó en la puerta de su apartamento horas después, tras un beso apasionado de despedida. —Y tú a mí, Yaneth. Nunca lo olvides. Yaneth subió las escaleras a su apartamento con el corazón lleno de ilusión. No podía imaginar, ni en sus pesadillas más oscuras, que el futuro maravilloso que Fabián le pintaba estaba a punto de estallar en mil pedazos por un "error" que cambiaría su vida para siempre. Ella solo veía amor. Él solo veía control. Y el choque entre esas dos visiones estaba a punto de ser devastador.
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