I M P O R T A N T E:
•Ambicion es la segunda parte de Atracción (si no leíste la primera no hay problema, no es necesario)
•Si no te gusta la historia te pido amablemente que te retires y busques una de tu agrado•
•Contenido +18
Katherine.
Ezra colmaba mi paciencia.
Su cara bonita no le quitaba lo diabólico.
Los cuerpos desvanecidos de mujeres rodeaban su silueta, completamente desnudo en el suelo.
Todo el lugar olía a sangre, lo cual daban nauseas.
Observé cada víctima ahora sin vida.
Es un maldito desequilibrado. Si continúa así, nos quedaremos sin comida.
—¡Despierta!— le grité golpeando una de sus piernas.
A pesar de mi llamado, no respondió.
¡No soy su madre, joder!
Volví a patearlo y esta vez funcionó.
Como de costumbre, peino sus cabellos dorados hacia atrás y levantó la vista buscándome.
—Oh, eres tú— lo dijo con su voz tranquila, de lo mas normal.
—¡Ezra, mira el lío que provocaste!— lo regañe señalando los cuerpos sin vida apilados en la habitación.
—¿Era eso?— bostezó para acto seguido incorporarse y dar pasos.
Creí que se vestiría ¡pero el maldito desgraciado se acostó en su cama!
—¡No puedes continuar durmiendo— elevé mi voz nuevamente cuan madre furiosa, pero él se volteó.
Me regaló una preciosa vista de su trasero, un trasero esculpido por los mismos dioses...
¿Qué estas diciendo Katherine? ¡No es momento de apreciar su trasero!
Sin pensarlo dos veces, avancé en su dirección hasta finalmente, hundir mis uñas en su brazo.
Y de nuevo, ocurría lo mismo de todas las mañanas...
—¡Eres una mierda!— exclamó enfurecido.
—¡Y tú un mestizo transtornado!— le respondí de igual manera ganando su odio.
Siempre iniciábamos peleas innecesarias y todo por su culpa.
Leya, la bruja tímida que conocí fue nuestra heroína.
Uso una especie de hechizo y acabó reñanandonos.
—No entiendo de donde sacan tanta energía por las mañanas— Leya se removió somnolienta hasta separarnos por completo.
—¿No dirás nada? Solo basta con mirar esto para darnos cuenta su demencia, Leya— me dirigí a ella fastidiada por la situación.
Sus manos delicadas pasaron por su rostro para correr sus mechones castaños.
Pude apreciar la belleza de sus ojos negros.
—Ezra, lo que dice Kat es cierto. No puedes llamar la atención— le dijo sin apartar su mirada de la mía.
Estos últimos días nos hicimos cercanas, muy cercanas.
—Claro, la defiendes porque la amas— respondió aquel rubio arruinando el momento.
Ella, tras oírlo, le dedicó una mirada fugaz al tiempo que sus mejillas adoptaron una tonalidad rojiza.
—No digas tonterías— cortó ella con malhumor—. Estas alucinando, como siempre, ¿Acaso no puedes ser normal, al menos un día?—
—¡Los dos colmaron mi paciencia — les grité abandonando el lugar de pelea.
No escuché nada más al salir y eso me alivió.
Caminé por los pasillos que olían a humedad por las filtraciones de agua.
Odiaba este lugar, estar con Ezra, ¡todo!
Evin se encuentra regocijándose de poder seguramente.
Sus conquistas resonaban por todos los reinos que visitásemos.
Hablaban de él como si fuera un héroe.
Apartando eso, no escuché nada sobre Lorian u Ethan. Éste último me importaba muy poco, pero me intrigaba saber como es que perdió su reino.
—¿Estas bien?— la dulce voz de Leya llegó a mis oídos, borrando cualquier nerviosismo anterior.
—No, de hecho—
—¿Tal vez pueda ayudar?— se ofreció con su sonrisa sincera.
Aquellos ojos negros brillaron ante la espera de mi respuesta.
Leya me recordaba a Lorian. Ambos eran muy parecidos. Tanto que me era imposible resistirme.
—¿Puedes explicarme por qué debemos seguir escapando? O al menos decirme dónde se encuentra Lorian— contesté irritada por su amabilidad.
La sonrisa se desvaneció, dando paso a una mirada decepcionada.
—Tu hermano es más fuerte de lo que imaginas. A su lado tiene a una bruja descendiente del mago infernal, y en estos momentos, ambos hacen el mayor esfuerzo por encontrarte— me explicó detalladamente, trenzando su cabello castaño.
—¿Y Lorian?— insistí en volver a preguntar sobre él.
Me preocupaba imaginar lo peor.
Justo cuando nos reencontramos tuvo que fastidiarlo mi hermano.
—Lorian... No lo sé— respondió dudosa.
Su respuesta despertó sospechas en mi interior, pero la dejé ser.
Tarde o temprano descubriría la verdad.
Luego de nuestra conversación, en mi interior surgió unas leves náuseas.
Quizás sea por ver toda nuestra comida desperdiciada por Ezra.
Sin previo aviso, vomité a un costado.
Leya apoyó su mano en mi espalda, provocando así que continuara vomitando.
Finalmente acabé.
Estos días estuve sintiéndome mareada y con náuseas.
A decir verdad comenzaba a darme miedo.
Con Leya sospechábamos lo peor.
Si era lo que creíamos estoy acabada.
No puedo estar embarazada. Transcurrieron nueve años, es imposible o eso espero.
—Pronto visitaremos una tienda de brujas. Allí nos darán una medicina para saber si estas embarazada— me recordó, corriendo un mechón de mi cabello atrás de mi oreja.
—No hay problema. De todos modos no creo estar embarazada. Es imposible, ¿verdad?— me dirigí a ella esperando una obvia respuesta.
Quería escucharla darme la razón pero no lo hacía.
—Las sirenas son una especie misteriosa. Hace años no presenciamos a una, es por ello que no puedo afirmar una cosa como estas— agachó su cabeza apenada.
No puedo culparla, tiene toda la razón.
—Si se diera el caso... ¿Tendrías al bebé?—
—Leya, si estoy embarazada sería un gran problema— volteé mi espalda evitando su mirada.
Primero, no estoy lista para ser madre. Segundo, si estoy embarazada, ¿quién es el padre?
En los meses transcurridos me he acostado con incontables hombres. Casi podría decir que tengo un harén.
Pero Leya insiste en un posible padre, uno al que evito a toda costa.
Ethan.