Katherine.
A pesar de iniciar la mañana con peleas, tuvimos que salir fuera de la posada en busca de información.
Los tres nos cubrimos con capas negras al igual que los brujos. Bueno, Leya si lo era.
—¡Oh por Dios! Miren esas bellezas— Ezra nos distrajo contemplando las mujeres de un bar.
Por supuesto ellas deberían acaparar la atención de las personas. Aunque sólo un idiota caería en tal trampa y ese es Ezra.
—No tenemos tiempo— le corté su fugaz idea de adentrarnos a dicho lugar.
—Pero estoy hambriento y te aseguro que Leya también— cuchicheó, observando a la bruja de mi lado.
Ella corrió la vista apenada. Quizás si tenía hambre.
—Bien, pero comeremos, nada de prostitutas Ezra— le advertí a sabiendas de lo imposible que sería para él.
Si estuviera en sus manos, tendría sexo durante todo el día con cualquier persona que se cruce en su camino.
Nos dirigimos al bar, sintiendo las manos de las mujeres.
Odio los bares, odio todo este ambiente.
Me recuerda a mi pasado...
—¡Bienvenidos! ¿Qué desean pedir?— una rubia de voz seductora, se nos acercó para tomar nuestro pedido.
Evité cualquier comentario inapropiado por parte de Ezra y me limité a ordenar la comida por nosotros.
—Eres una amargada— farfulló.
Fruncí mi ceño.
—Estas no son vacaciones, Ezra— le corregí en un tono severo—. Sabes a la perfección nuestra misión.
—Me resulta extraño viniendo de ti. ¿Debo recordarte con cuántos hombres y mujeres te acostaste estos últimos meses?— protestó, usando el mismo tono.
—¿Y? Que quiera destruir a mi hermano no implica volverme pura— me defiendo.
Gracias a los cielos nuestra comida llegó, evitando así, otra discusión.
Deleitamos gustosos de la sabrosa carne cocida, junto a rebanadas de pan.
A pesar de presenciar las carcajadas sonoras de los clientes borrachos y ser testigos de manoseos repugnantes, disfrutabamos de una extraña paz.
Una que se vio interrumpida por guardias.
—¡Qué esperas para atendernos, mujerzuela!— le gritó uno de ellos a la rubia quien nos había atendido con amabilidad.
Esos guardias me recordaron a los de nueve años atrás.
Gracias a uno, acabé en las garras de Ethan.
La diferencia entre ellos era el reino al cual servían.
Actualmente nos escondemos en el reino Clewer. Y si, mi hermano también conquistó este reino.
La rubia se encaminó temerosa a los guardias. Sus piernas tropezaban con diversas mesas, mientras que sus manos temblaban.
—No me digas que quieres ayudarla— Ezra interrumpió mi vista, con su sonrisa orgullosa.
—Claro que no. Los asuntos de este bar no me incumben— respondí corriendo mi vista de la rubia.
Él no pareció tragarse mis palabras, pero por suerte no continuo hablando.
Cuando creí pasar por alto la escena que se montaba en el bar, presenciamos como la rubia era arrastrada hasta una habitación.
Evidentemente, ella no quería, pero debía obedecer.
Apreté con fuerza mi tenedor hasta doblarlo.
No debes involucrarte Kat, no debes...
—Vamos, ¿para qué fingir? Te mueres de ganas por arrancarle la cabeza a esos guardias, admitelo—. Ezra se divirtió al quitarme el tenedor y observarlo con detenimiento.
Por más que me fue difícil, resistí las ganas de salvar a la rubia.
Si hacía algo dentro del bar nos pondría en peligro.
Por fortuna, el guardia salió rápidamente de la habitación y tras el, la rubia.
—¿Nos vamos?— preguntó Leya.
Sonreí descubriendo una idea magnífica en mi cabeza.
—Aún no— respondí.
Esperamos unos largos minutos hasta notar la salida de los guardias.
Cuando por fin abandonaron el bar, los seguí junto a Leya y Ezra.
Es mejor acabar con estos hombres repugnantes de una vez por todas. Y también, es una buena manera de enviarle un mensaje a mi querido hermano.
Logramos llegar al callejón donde se hallaban los guardias. Claramente disfrutaban molestar a las vagabundas del rincón.
El guardia que había arrastrado a la rubia del bar, esta vez se apresuraba en desnudar a una mujer con cabello desaliñado y ropa desgastada.
Su rostro estaba cubierto por suciedad, al igual que sus manos y pies.
—Eres tan asqueroso— lo interrumpí, ganándome su atención.
Él volteó y al verme, se relamio sus labios.
Sus compañeros se extrañaron por nuestra presencia, pero eso no los hizo retroceder.
—¡Increíble muchachos! Otra prostituta quiere saber lo que es un verdadero hombre— orgulloso, comenzó a reír junto a los otros guardias.
—Creo que soy suficiente mujer como para un hombre tan diminuto— divertida, contemplé como su rostro se retorcía.
Los hombres pueden ser así de sensibles. Tocales su hombría y verán lo que ocurre.
Soltó a la mujer, poniéndose firme.
Avanzó unos pasos preparado para atacar.
—Te recomiendo escapar— le dijo Ezra, cruzado de brazos.
—Serás el próximo, rubio— le amenazó de forma asquerosa.
No soporté las miradas lujuriosas y decidí atacar.
Mi mano fue suficiente para atravesar a los guardias.
Leya prefirió no entrometerse. Odia asesinar.
Ezra por su parte, disfrutaba bebiendo la sangre de dos guardias.
Anteriormente eran cinco, ahora sólo quedaba uno y el mejor de todos.
La última presa.
Hizo un movimiento rápido y logró tumbarme al suelo.
Con la caída se reveló mi cabello.
Y a sabiendas del significado, sonrió.
—Eres la sirena que él busca— alegó, subiendo mi falda lentamente.
Deje que lo hiciera.
Soy una mujer bondadosa después de todo.
—Estas muy bien informado— comenté—. Me sirves. Quiero que mi hermano reciba un mensaje.
Escuchaba con atención cada palabra mientras dirigía su m*****o en mi zona.
Cuando estuvo a punto de penetrarme, corté su m*****o con mis manos.
—¡Hija de puta!— exclamó entre llantos, adolorido.
Sostuve su m*****o entre mis manos.
Disfrutaba verlo sufrir del dolor.
—Te estoy devolviendo el favor por abusar de las mujeres.
Él continuaba sangrando y gritando del dolor.
Me dirigí a uno de los cuerpos sin vida de los guardias y atravesé mi mano hasta quitar el corazón.
Ezra sonreía divertido, Leya se horrorizaba.
—Lo que debes hacer es sencillo. Le entregaras este corazón y tu m*****o a mi hermano. Si no lo haces, mi amiga bruja se encargará de asesinarte. No importa si estamos lejos, ella puede— expliqué agachandome a su altura—. ¿Lo entiendes?
Asintió con desenfreno.
Sus lágrimas se mezclaban con la sangre que desprendía.
Tuvimos que escaparnos del lugar antes de que notasen el olor a sangre.
En otro lugar...
—¡Mi Rey!— se presentó uno de mis sirvientes exaltado—. Un guardia del reino Clewer ha traído un mensaje de Katherine— me informó.
—¡Hazlo pasar!—
Como buen sirviente, trajo de inmediato al guardia quien lucía demacrado.
Coloqué mi mano en mi mentón y espere oírlo.
—Esa siniestra mujer me ha pedido que le entregara esto— comunicó, mostrando en su mano izquierda un corazón y a su derecha...
—¿Estas bromeando conmigo?— me levanté del trono para llegar a él.
Temeroso, agachó su cabeza.
Sin verme a los ojos, me entregó los que serían mi mensaje.
Al sostenerlos, en mi mente se cruzó el incidente con los guardias.
Y no sólo ello. Pude ver, la sonrisa satisfactoria de Katherine.
—¡Perra malnacida!— furioso, arrojé lo que me había entregado.
Ella se cree superior, ¡no importa lo que hago!
—Señor...
El guardia cayó al suelo, convulsionando.
—¿Qué hacemos, su majestad?— me preguntó mi sirviente.
No era difícil de adivinar.
Katherine no lo dejaría vivo.
—No me interesa su vida. Que se muera en otro lugar.
¿Katherine quiere jugar? Entonces, juguemos hermanita.