Después de eso, nosotros entramos en una rutina. Yo venía dos veces por semana, trabajaba en el proyecto y coqueteaba con él por mensajes. O a veces él bajaba a donde yo trabajaba en su comedor, preparaba un bocadillo y charlaba conmigo mientras lo comíamos. Pero la mayoría de las veces terminaba de la misma manera. Me llamaba a su oficina por alguna infracción, real o imaginaria, y me pegaba. Y eso daba lugar a otras actividades divertidas, como que yo estuviera inclinada sobre su escritorio o que nos hiciéramos sexo oral. Cada vez era diferente. Una vez, cuando llegué a mi lugar de trabajo, me había dejado un disfraz sexy para que me lo pusiera. Eso hizo que nuestro juego de roles fuera aún más excitante. En otra ocasión me había dado un juguete y me había dicho que lo usara por la noch

