Evan era un hombre solitario, que a pesar de su galanura y magnetismo, siempre estaba solo por gusto propio, no pertenecía a ningún lugar, había huido de su hogar para unirse a los pueblos del mar; la razón era a causa de su hambrienta ansiedad de conocer el mundo, pero sobretodo la vida; el no podría envejecer como comerciante, así como lo había hecho su padre, a lado de la misma mujer, el solo pensarlo le provocaba frustración, es por eso que dejo todo, para obtener lo que quería, una vida de aventura.
Después de que perteneció a los pueblos del mar, como se les llamaba a un grupo de hombres de diferentes orígenes, realmente nadie sabia con exactitud de donde provenían, pero viajaban en embarcaciones gigantescas desplazándose de un lugar a otro; decidió abandonarlos, esto a causa de un plan destinado al fracaso; en el cual, conquistar Egipto era su propósito, la mayoría de sus compañeros de viaje, era mercenarios en busca de botines y esclavas. Sin duda se sentía atraído por la idea, hasta que en su plan se encontraba la muerte de Ramsés III, no le causaba temor, pero la derrota era eminente y decidió dejarlos para seguir su rumbo.
Por sus viajes había conocido el calor de muchas mujeres, podía describir la pasión de cada una de ellas, aun le palpitaba la sangre en su m*****o de solo recordarlo, los aromas, la suavidad de la piel, las curvas tan deliciosas, pero sobretodo, le atraía las caricias y sonidos tan particulares de cada una de ellas; podría distinguirlas a cada una sin mirar su rostro, sin siquiera deleitarse con su aroma, solo con escuchar sus fuertes o suaves gemidos, acompañados de sus caricias penetrantes o delicadas. El sabía perfectamente como hacer gritar a una mujer, como llevarla en la más frenética carrera o más suave marea de placer, distinguía sus gustos y las hacia llegar al orgasmo más penetrante e inolvidable de sus vidas, era un Dios terrenal del deseo carnal y pasión física; sin embargo, no podía entender al amor, pero decía conocerlo:
- ¿El amor?, claro que existe en mí, Afrodita me dio el Don de estar enamorado del mismo amor.
Solía decir a cada una de ellas, que después de disfrutar tan vigorosa acción, le entregaban su corazón. El juraba que Hedoné era su amiga y en señal de su amistad, la mitológica hija de Eros y Psique, le brindó el Don del placer ajeno, es decir, poder seducir, complacer y llevar al éxtasis total a cualquier mujer, Evan siempre decía:
- El placer es la tarea que los Dioses me impusieron y no puedo negarme - siempre lo repetía, acompañada de una leve sonrisa.
Según su historia, la condición para no perder su Don, era no casarse o comprometerse en matrimonio, porque entonces no podría continuar su labor, es por eso que vivía enamorado de todas las mujeres, pero no pertenecía a ninguna. Así era Evan, un hombre comprometido completamente con el placer.
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