—No soy amiga de nadie —respondí antes de que mi boca pudiera controlarse. ¡Oh, santo cielo!
Un silencio incómodo llenó la habitación. Emily me miró con una mezcla de sorpresa y algo que parecía… ¿Diversión? Dania, desde su carrito, parecía estar conteniendo una risa. Y Jack… bueno, Jack solo sonrió más ampliamente, como si hubiera ganado alguna especie de juego.
—Todavía —dijo, con una calma irritante.
Emily suspiró, y antes de que pudiera decir algo, una voz profunda y autoritaria intervino desde el otro lado de la mesa:
—Jack, ya basta.
Era el padre. Su tono no admitía discusiones, y aunque Jack no se veía intimidado, al menos se calló. Emily aprovechó el momento para acercarse a mí y colocar suavemente una mano en mi hombro.
—Nikita, si quieres regresar a la cocina, puedes hacerlo. Aquí nadie te obliga a nada.
—Gracias… —murmuré, sintiendo que el aire volvía a mis pulmones.
Me giré para salir, pero antes de dar un paso, escuché otra vez la voz de Jack:
—Qué lástima. Pensé que tenías más valor.
Me congelé. Mi orgullo, que siempre había sido más grande que mi prudencia, empezó a gritarme que no podía dejar que me ganara. Pero mis nervios estaban peleando una batalla épica con mi dignidad.
Dania apareció de nuevo a mi lado, como un susurro de sensatez:
—No le hagas caso. Vamos a la cocina.
Quería hacerlo. Quería dejarlo hablando solo, pero algo en mí, quizá la rabia acumulada de toda la noche, me hizo girarme hacia él.
—¿Valor? —dije, sintiendo que mi voz temblaba, pero no lo suficiente como para detenerme—. ¿Esto es algún tipo de prueba?
Jack se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos fijos en los míos, como si quisiera leerme la mente.
—Digamos que es curiosidad.
El padre soltó un gruñido bajo, y Emily, claramente harta, se dirigió a su hijo:
—Jack, si vas a seguir molestándola, prefiero que te levantes tú y dejes de interrumpir.
¡Gracias otra vez, señora Emily!
—Está bien, está bien —dijo Jack, levantando las manos como en señal de rendición—. No quería incomodarla.
¿No quería incomodarme? ¡Claro, y yo nací ayer!
Con un último vistazo de Emily, aproveché la oportunidad para escapar hacia la cocina. Mi cuerpo estaba tenso, y mi mente era un torbellino de pensamientos, pero lo único que sabía con certeza era esto: ese hombre iba a volverme loca.
En cuanto crucé la puerta de la cocina, Dania me siguió, riéndose suavemente.
—¿Qué pasa contigo? ¿Acaso estás buscando que te dé un ataque? —dijo, entregándome un vaso de agua.
Me senté en una silla, incapaz de contestar.
—¿Qué pasa conmigo? —murmuré para mí misma, sorbiendo el agua—. Creo que estoy en el lugar equivocado.
—O en el momento equivocado —dijo Dania, soltando una carcajada—. Pero tranquila, Nikita. Sobreviviste.
Sí, sobreviví. Pero si esto era solo el primer día, no quería imaginar lo que me esperaba. Jack era un problema con piernas, y yo parecía ser su nuevo entretenimiento.
El vaso de agua en mis manos temblaba ligeramente. No sabía si era el alivio de haber escapado de esa sala de tensiones o el cansancio acumulado por haber mantenido una fachada de calma todo el día. Dania, mientras tanto, se había lanzado sobre un taburete y estaba mirándome con esa expresión suya que decía: "Tranquila, lo peor ya pasó".
—Lo juro, Dania, este lugar me va a matar —murmuré, apoyando la frente en la mesa.
Ella soltó una risa breve.
—Te acostumbrarás. Todos tenemos un primer día caótico.
—¿Ah, sí? ¿Y también tenías a un Jack siguiéndote como un perro molesto?
—No, ese honor parece ser solo tuyo —respondió, alzando las cejas con picardía.
Antes de que pudiera contestarle, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Ambas giramos la cabeza al mismo tiempo, y el aire pareció volverse denso al instante. Jack había entrado, su presencia llenando el espacio con un peso que no podía explicar.
—Quiero que todas salgan.
No había necesidad de elevar la voz. La autoridad en su tono era suficiente para hacer que las demás chicas, que estaban limpiando y organizando, intercambiaran miradas rápidas antes de obedecer. Incluso Dania, que por lo general tenía un comentario para todo, solo se levantó con un encogimiento de hombros y salió tras las otras.
Cuando la puerta se cerró, me quedé sola con él. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, pero no de la manera en que pasa cuando corres o te emocionas. Era esa clase de latido que viene cuando sabes que estás en peligro, pero no tienes idea de cómo salir de él.
Bufé, más para mí misma que para él, y lo miré directamente.
—Señor, ¿se le ofrece algo?
Él no respondió de inmediato. En su lugar, comenzó a caminar hacia mí, sus pasos lentos, pero firmes, como si quisiera disfrutar cada segundo de mi incomodidad.
—¿Tienes miedo? —preguntó finalmente, sus ojos clavándose en los míos.
—¿Miedo? —repetí, intentando sonar desafiante, pero mi voz salió más baja de lo que quería.
—Me molesta que me contradigan, Nikita —dijo, ignorando mi pregunta. Su tono era tan frío que sentí un escalofrío recorriéndome la espalda—. Y más cuando mi familia está ahí.
Mi cuerpo entero se tensó. No sabía a dónde iba con esto, pero la incomodidad crecía con cada palabra suya.
—Espero que la próxima vez, cuando te diga que hagas algo, lo hagas sin cuestionarlo.
Las palabras me golpearon como una bofetada. No porque fueran particularmente crueles, sino porque no estaba acostumbrada a que alguien me hablara así, con tanta condescendencia. Bajé la mirada automáticamente, mis manos apretándose en un intento de controlar mi respuesta.
—Lo siento —murmuré, sintiéndome pequeña, como si no tuviera derecho a defenderme.
—O tal vez simplemente no sabes usar un par de cubiertos —añadió con una sonrisa sarcástica, inclinándose ligeramente hacia mí.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Levanté la cabeza tan rápido que casi me mareo, y mis ojos se encontraron con los suyos.
—No es necesario que me ofenda, señor. Sé que vengo de un pueblo y estoy orgullosa de ello, pero no acepto que me trate como si fuera una ignorante.
Mi voz temblaba, pero no de miedo. Era la mezcla de rabia y vergüenza que llevaba acumulando todo el día, y ahora salía a borbotones.
Jack se detuvo, sorprendido por un segundo, pero rápidamente recuperó su compostura.
—No era una ofensa —dijo con calma, aunque sus ojos brillaban con un desafío apenas contenido—. Solo decía que me molesta que me contradigan.
—Y a mí me molesta que me hable como si fuera menos —repliqué antes de poder detenerme.
Había un silencio tenso entre nosotros, tan pesado que podía cortarse con un cuchillo. Jack me miraba como si no supiera si reírse o enojarse, y yo estaba temblando de pies a cabeza, pero me negaba a apartar la mirada.
Finalmente, él ladeó la cabeza y dejó escapar una pequeña risa.
—Eres diferente.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunté, cruzándome de brazos más para sentirme segura que por actitud.
Jack no respondió de inmediato. En su lugar, dio un paso más hacia mí, y mi instinto me gritó que retrocediera, pero me quedé en mi lugar.
—Eso está por verse.
Quise decir algo, cualquier cosa, pero no encontraba las palabras. Estaba atrapada entre la incomodidad de su cercanía y la confusión de su actitud. ¿Qué demonios quería de mí?
Antes de que pudiera resolverlo, Jack dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Pero justo antes de salir, se detuvo y giró ligeramente la cabeza.
—Ah, y Nikita… no vuelvas a pedirme permiso para irte. Si quieres huir, hazlo. Pero no esperes que te siga defendiendo, recuerda que me debes una alfombra y un vino, ambos son tan caros que jamás podrías ver la magnitud del dinero que se pagó por ello.
Y con eso, salió, dejándome sola en la cocina con un revoltijo de emociones que no sabía ni por dónde empezar a desenredar.
—¿Qué acaba de pasar? —me pregunté en voz alta, mirando la puerta como si pudiera darme una respuesta.