+MIA+
Nunca pensé que cenar en familia podría convertirse en un espectáculo digno de una novela barata, pero con mi hermano Jack en escena, todo es posible. Desde el momento en que esa pobre chica, Nikita, entró en el comedor, el ambiente cambió. Jack se comportaba como… bueno, como Jack. Impertinente, con ese aire de superioridad mezclado con un sarcasmo que pocos entendían, y yo, como siempre, tenía que presenciarlo todo desde mi asiento privilegiado.
Mientras él le hablaba a Nikita, no pude evitar morderme los labios para no soltar una carcajada. No era gracioso, lo sé, pero el rostro de Jack… ¡Parecía tan interesado y al mismo tiempo tan incómodo! Ese hombre, que siempre tiene todo bajo control, ahora parecía estar perdiendo la compostura frente a una simple chica del servicio.
La pobre Nikita no sabía ni dónde meterse, pero, sinceramente, lo estaba manejando mejor de lo que esperaba. Cualquier otra en su lugar ya habría salido corriendo, pero no, ella se quedó ahí, firme, desafiándolo incluso cuando era obvio que estaba muriéndose de nervios. Eso me hizo admirarla un poquito. Solo un poquito.
Y claro, mi querido hermano, en lugar de comportarse como un ser humano normal, siguió lanzando sus comentarios ácidos, disfrutando de su propio espectáculo. No pude aguantar más y dejé escapar una risa. Fue pequeña, pero suficiente para que papá me mirara con desaprobación desde el otro lado de la mesa.
—¿De qué te ríes, Mia? —preguntó, con esa voz grave que usaba cuando quería imponer autoridad.
Me encogí de hombros, todavía sonriendo.
—¿Has visto el rostro de Jack? —respondí, inclinándome un poco hacia adelante para que papá no se perdiera mi punto—. Parece que está interesado en la chica.
—¡No digas tonterías! —intervino tía Michaela, moviendo su copa de vino como si estuviera a punto de dar un discurso importante—. Eso no es interés, querida. Eso se llama fastidio. No te hagas ilusiones. No hay esperanza, ni un poquito.
—Pues yo creo que deberíamos aprovechar este momento —repliqué, sin prestar atención al ceño fruncido de papá ni a los comentarios de Michaela—. Salvemos a la pobre chica del gruñón de Jack.
Esa última frase desató una carcajada generalizada. Incluso papá, con todo su porte serio, dejó escapar una sonrisa. El único que no estaba presente para ver cómo todos se reían a costa suya era el mismísimo Jack, y eso solo lo hacía más divertido.
Pero, claro, la diversión no podía durar mucho. Como si lo hubiéramos invocado, Jack apareció en la puerta, su presencia, haciendo que el ambiente se tensara un poco. El silencio cayó de golpe, y todos fingimos que no habíamos estado riéndonos segundos antes.
Él nos lanzó una mirada sospechosa, pero no dijo nada. Se limitó a caminar hacia su asiento y a sentarse con la elegancia de siempre. Yo tuve que morderme la lengua para no soltar alguna broma. Si algo sabía bien de mi hermano, es que no le gusta ser el centro de una conversación que no controla.
La cena continuó, con el típico parloteo de sobremesa. Nikita había desaparecido, probablemente huyendo a la cocina después de haber soportado a Jack durante demasiado tiempo. Yo jugué con mi comida, entretenida con la idea de cómo podría molestar más a mi querido hermano. Algo en su actitud esa noche me decía que Nikita le había dejado una impresión, aunque él nunca lo admitiría.
Cuando terminamos de cenar, me levanté de mi silla, lista para retirarme a mi dormitorio. Mi hija me esperaba, y sinceramente, no podía esperar a relajarme después de tanto drama familiar. Pero, claro, Jack tenía otros planes.
—Mia —dijo, deteniéndome justo cuando estaba a punto de salir del comedor.
Rodé los ojos antes de girarme para enfrentarlo.
—¿Qué pasa ahora?
Él se cruzó de brazos, su expresión era una mezcla de irritación y algo más que no lograba descifrar.
—Deja de meterte donde no te llaman.
Sonreí, porque, claro, no había nada que me gustara más que hacerlo enojar.
—¿De qué hablas? —pregunté, fingiendo inocencia.
—Sabes perfectamente de qué hablo —replicó, su tono bajo pero cargado de autoridad—. Deja de meter ideas en la cabeza de los demás. Y deja de meter las narices en mi vida, o yo empezaré a meterme en la tuya.
Esa amenaza no me asustó ni un poquito, pero decidí no presionarlo más. Levanté ambas manos en un gesto de paz, aunque mi sonrisa traicionera seguía en mi rostro.
—Está bien, está bien. Paz, hermano gruñón.
Él me lanzó una última mirada de advertencia antes de girarse hacia la mesa, claramente harto de mí. Aproveché el momento para dar media vuelta y salir del comedor, pero no pude evitar soltarme a reír en cuanto crucé la puerta.
—¿Meterse en mi vida? —murmuré para mí misma, divertida—. Como si tuviera algo interesante que contar.
Mientras subía las escaleras hacia mi dormitorio, mi mente ya estaba planeando cómo vengarme de él. Jack siempre ha sido insoportablemente controlador, pero esta vez había algo diferente. Esa Nikita parecía sacarlo de su zona de confort, y eso me daba una ventaja.
Me detuve en el pasillo, mirando hacia el techo mientras sonreía para mis adentros.
—Hermano gruñón, prepárate. Esto apenas comienza.
Y con esa promesa, entré a mi habitación, lista para acostarme con mi hija. Aunque, claro, no sin pensar en cómo podría hacer que mi querido Jack se tragara su propio orgullo. Esto iba a ser divertido.
+++++++
Cerré la puerta de mi habitación con cuidado, procurando no hacer ruido. Mi hija dormía profundamente en su cuna, con esa paz que solo los bebés pueden tener. Su pequeño pecho subía y bajaba con un ritmo calmado, ajena a todo el caos que había en el mundo. Me acerqué despacio, inclinándome sobre la cuna para observarla mejor.
Era perfecta. Su piel suave, las pestañas largas que descansaban contra sus mejillas, el leve movimiento de sus labios como si estuviera soñando algo bonito. Me quedé mirándola un momento, sintiendo cómo mi corazón se llenaba de un amor tan inmenso que a veces dolía. Ella era todo. Mi razón para seguir adelante.
Después de asegurarme de que estaba bien arropada, me alejé y me dejé caer sobre mi cama. El día había sido largo, y mi hermano Jack, como siempre, había encontrado la manera de hacerlo aún más complicado. Pero en ese momento, lo único que quería era descansar.
Agarré mi celular, esperando perderme en algún video tonto o revisar las fotos de mi hija para distraerme, pero lo primero que apareció en la pantalla fueron mensajes de Harry.
Mi corazón dio un vuelco, pero no era de emoción. Era rabia.
—No, no, no... —murmuré para mí misma, pasando los dedos por la pantalla para abrir los mensajes, aunque sabía que no debía hacerlo.
Había varios, todos enviados en las últimas horas.
"Mia, por favor, háblame."
"Necesito verte."
"Sé que no tengo derecho, pero al menos déjame explicarte otra vez."
"Te extraño, Mia."
Bufé, apretando los dientes. ¿De verdad? ¿De verdad tenía la audacia de volver a escribirme? Después de todo lo que hizo, ¿pensaba que unas palabras iban a arreglarlo?
No.
No podía permitir que me afectara. No después de todo este tiempo, después de todo lo que había pasado. Pero, por supuesto, ahí estaba yo, mirando la pantalla como si su mensaje fuera una especie de hechizo.
Recosté la cabeza en la almohada, sosteniendo el celular en el aire mientras mi mente me traicionaba con recuerdos que había intentado enterrar.
Harry.
La última vez que lo vi había sido un desastre. Había llegado sin previo aviso, campante, como si no hubiera pasado nada, y soltó la confesión como si fuera algo que podía arreglarse con una simple disculpa:
"Tu padre me amenazó, Mia. Me dijo que si no te dejaba, haría mi vida un infierno. No tuve opción."