—Es mi vida, Harry. Mi hija. Mi decisión. —¿Tu hija? —repitió, su tono ahora lleno de dolor—. ¿Acaso no es también mi hija? Ese comentario fue como un golpe directo al estómago. Sabía que tenía razón. No importaba cuánto intentara ignorarlo, no podía negar que él era el padre. Pero eso no significaba que pudiera simplemente entrar en nuestras vidas y tomar lo que quisiera. —No voy a dejarte, Mia. No esta vez —continuó, su voz más suave ahora, pero igual de firme—. No puedo. —No tienes elección. —¿No? —preguntó, dando un paso más hacia mí, tan cerca que apenas había espacio entre nosotros—. Porque yo creo que tú tampoco la tienes. Su mano subió, rozando mi mejilla con una ternura que me desarmó por completo. —Sé que todavía me amas. Lo veo en tus ojos, lo siento cuando estás cerca de

