Capítulo 5

3786 Palabras
Los draknos se consideraban una de las especies más peligrosas con las que uno podría encontrarse. Su impulsividad y volatilidad eran sus dos características más destacadas, y por sí solas ya eran motivo suficiente para preocuparse. Sin embargo, cuando eso se combinaba con el elemento del fuego, pasaba a ser una combinación letal. Además, basta con reconocer que para cualquier especie, un niño mágico representa un riesgo debido a su falta de conocimiento y control. Sumemos a eso que en el caso de los draknos, que en sus venas corre el fuego gracias a la naturaleza otorgada por su diosa, el peligro se multiplicaba tanto para ellos mismos como para los demás. Hoy, mi suerte parecía haber sido maldita, ya que tener a un drakno tan joven e inconsciente era como una combinación explosiva que nadie deseaba tener en sus manos. Su cuerpo emanaba calor debido a los intentos de defenderse de los monstruos que su mente creaba en sus pesadillas, y esto amenazaba con empeorar aún más. Me di cuenta de que realmente estaba en peligro cuando intenté acomodar el cuerpo de ambos un poco mejor en el caballo, el dolor en mi espalda me estaba matando y era incapaz de sentir mi brazo desde hacía unas horas por estar sosteniendo el pequeño cuerpo frente a mi. Y luego bajé mi vista unos segundos al niño. No tenía la más mínima intención de abandonarlo, pero cada minuto que pasaba me hacía mucho más difícil ignorar la inestabilidad del pequeño. Fue de un momento a otro pero sentí claramente el movimiento, tan abrupto que me obligó a tirar de las correas y bajar la velocidad, lo miré nuevamente por inercia, apenas un par de segundos, pero lo suficiente para notar que el drakno se estaba comenzando a mover más bruscamente y a murmurar cosas sin sentido. El idioma de su especie era tan brusco como la personalidad de cada uno de ellos y realmente no lo conocía, pero creí distinguir algunas de las palabras que recordaba. — Apaga. —murmuró y se revolvió antes de decir otra palabra. -- Llama. —volvió a revolverse aún más bruscamente.— Mamá. Nada muy alentador, aunque tampoco sonaban a amenazas o señales de peligro, quizás todavía tuviera tiempo. Fuera de eso, lo único que me ayudaba a mantener levemente la calma era que ya no estábamos lejos del siguiente pueblo y pronto iba a recibir ayuda real, no sólo los remedios improvisados de mi madre, que además se estaban comenzando a acabar. Esconderlo de los humanos y buscar gente de su misma especie sería difícil, pero era una situación mucho más manejable que la actual. No obstante, cuando mi caballo se recostó en el suelo para bajarnos, mis ojos se concentraron por completo en el niño, y casi al instante mi corazón se detuvo por unos segundos. Sus ojos estaban completamente abiertos y parecían estar inyectados con el mismísimo fuego del infierno y tenía el rostro torcido en una mueca horrible. “Voy a morir”, pensé para mi misma. En el momento en que mis brazos lo soltaron y cayó al suelo, su cuerpo comenzó a retorcerse en movimientos que no creía posibles y su piel pálida me provocaron escalofríos. Mi mente comenzó a correr con toda la información que mis padres en algún momento me habían dado sobre esta especie, pero no podía encontrar nada. Cada detalle de sus movimientos y gestos quedó grabado en mi mente como si su mismo fuego lo estuviera marcando lentamente en un lienzo en mi cabeza. El miedo se fue alimentando con cada sacudida y torsión que hacía el cuerpo del pequeño drako. ¿Era posible que los dos muriéramos en este momento por sus ataques involuntarios y por mi incapacidad de cuidar de él? De pronto su piel comenzó a agrietarse y entre las grietas sobresalía una luz roja muy brillante, supe que debían ser las llamas de su sangre intentando salir y quemar todo a su paso. Algo de esto recordaba haber escuchado. En casos muy extremos las llamas salían de los cuerpos de sus cuerpos, pero nunca había podido presenciarlo, ni siquiera imaginarlo. Sentía cómo el pulso acelerado golpeaba en mis sienes y en mi garganta, recordándome al sonido de los engranajes en el taller de mi padre. Ese pensamiento me ayudó a centrarme nuevamente. El recuerdo de mi padre trabajando, mi madre a su lado como su constante apoyo. Poco a poco mi visión incluso volvió a tener un foco dejando a mi vista al pobre niño frente a mi. Mientras mi mirada permanecía fija en él, pude sentir cómo mis músculos se encontraban tensos, preparándome para huir o luchar. Mi cuerpo se encontraba en estado de alerta máxima, y cada fibra de mi ser clamaba por una salida, por escapar de esta situación. Si hubiera hecho caso a mi mejor juicio, seguramente esa hubiera sido la opción a tomar. Sin embargo, respiré hondo y me decidí a luchar. —Solarium. —su garganta sacó un sonido áspero, pero que pude reconocer el nombre de la guardiana de los draknos mientras una nueva torsión y sacudida se hacían dueños de su cuerpo.. Apenas una palabra fue suficiente para hacer que mi decisión fuera final. Era muy posible que la plegaria se tratara de una súplica para recuperar fuerzas o tal vez para finalizar su tormento. De todos modos, su voz llamando a su diosa resonó en mi cabeza hasta callar el bombeo de mi corazón. El miedo e instinto de querer huir fue reemplazado por una conexión con él, la misma que sentí durante años conforme Zacharias y yo crecimos, ese deseo de protección me levantó del suelo sin darme cuenta y me acerqué al drakno. —Estás bien, estarás bien… —susurré. Era consciente de que, hasta cierto punto, le estaba mintiendo. No podía afirmar con absoluta certeza algo que no tenía forma de verificar por completo, mis palabras se basaban en nada más que esperanzas. Además, si era honesta conmigo misma, había más de una preocupación que me aquejaba en ese momento. Según los cálculos de mi madre, ya debería estar cerca del pueblo. Para entonces ya debería al menos reconocer algún ruido familiar que indicara que estaba en el lugar correcto, cerca de otras personas, fueran humanas o no. Todavía no me podía permitir entrar en pánico, aunque la posibilidad de que me hubiera desviado del camino correcto y que ahora estuviera completamente perdida y cargando a un drakno herido en mis brazos era terriblemente real. En ese momento, desearía conocer su nombre, ya que podría haberme ayudado a calmarlo. Sin embargo, lo que realmente me puso nerviosa fue que susurrarle ya no tenía el efecto tranquilizador de antes. Por el contrario, parecía agitarse aún más, hasta que de repente abrió sus ojos de golpe. Me encontré con unos ojos completamente rojos, que parecían arder en llamas. Esto era alarmante, ya que normalmente los ojos de los draknos eran totalmente negros, caracterizados por una oscuridad profunda. Pero ahora, esa oscuridad parecía fusionarse con el carbono en combustión, generando una imagen inquietante y preocupante. —No, no, no… —susurré sin lograr apartar la mirada, en parte por el terror. ¿Quizás mojarlo ayudaría? No… No iba a ayudar en nada, el agua simplemente se iba a evaporar de intentarlo y de paso yo gastaría energía para intentar sanar heridas que estaban fuera de mi control y conocimientos. Antes de darme tiempo para pensar en otra solución, cualquier cosa, su cuerpo se comenzó a incendiar por zonas aparentemente al azar, primero aparecieron quemaduras en sus brazos y piernas, luego su abdomen y finalmente su cara. Su cuerpo se sacudió con violencia, al punto que no podía diferenciar si me estaba intentando atacar o no. Sus ojos se movieron a la parte de atrás de su cabeza y solo pude reaccionar a buscar agua desesperadamente. Necesitaba apagarlo, aunque fuera crear la reacción suficiente para que retomara el control. Busqué en la mochila que cargaba y encontré una cantimplora con agua. Antes de que pudiera mover el agua al cuerpo del pequeño una voz me asustó. —Alto. Si lo apagas ahora, morirá. —advirtió esa voz y me giré rápidamente para poder mirar al posible enemigo. Un chico algo más alto que yo, delgado y con el cabello n***o se encontraba observandome con el ceño fruncido. Un extraño en estos momentos era lo peor que podía pensar, sin embargo, por su complexión, su mirada y sobre todo la falta de reacción al ver al drako encendiéndose me dijo que podía confiar… Al menos lo suficiente para saber que no nos veía a nosotros como una presa. —¿Qué puedo hacer entonces?. —lo miré ofuscada por su tranquilidad. Él rodó los ojos y caminó un poco más hacia mí, lo suficientemente cerca para poder verlo bien. — Los draknos cuando estamos heridos y sucede esto es que el cuerpo está intentando sanar. -explicó como si estuviera dando una lección.- Si lo apagas o lo mueves eso solo empeora las cosas para ti. —negó el chico antes de terminar de acercarse.— Los cuerpos de los draknos están hechos para protegerse de otras especies con su mecanismo de defensa.- Yo lo puedo cargar pero… —me miró cuando vió que me puse en frente y levantó sus palmas en señal de rendición.— Solo si me dejas acercarme. —advirtió mirando de reojo al niño.— A mi no me importaría dejarlo morir, pero creo que a ti sí. —ladeó la cabeza señalando al pequeño. Medité nuevamente unos segundos los resultados de cada situación. Si no hacíamos nada él, podía morir y fuera quien fuera este chico, tenía una ventaja que yo no. El fuego no lo afectaría como a mi. El fuego no lo podía herir. Mordí mi labio indecisa y el chico suspiró. — Si no te decides rápido, me iré. —se encogió de hombros.— No puedo perder mi tiempo contigo, tengo cosas más importantes, Vanfrinde. —afirmó y se dió la vuelta a lo que, casi por instinto, mi mano voló a su hombro para detenerlo.— Sabía que tomarías la decisión correcta. —me dio una sonrisa ladeada y se deshizo de mi mano antes de rodearme para llegar al niño. En un movimiento más rápido del que yo hubiera podido anticipar, se agachó, alejó el cabello húmedo del niño de su rostro y lo tomó delicadamente en brazos antes de mirarme por sobre el hombro. Podía ser que su cuerpo aguantara las llamas y el calor, no obstante, su ropa no estaba viviendo el mismo destino. Poco a poco los retazos de ropa comenzaron a caer de su cuerpo, apagándose al llegar a la tierra húmeda y rápidamente desvié mi mirada al notar la piel de su espalda al aire. Sentí mis mejillas sonrojarse, no solo por el pudor y la vergüenza, sino porque además el chico lo notó. La sonrisa que me dio lo delató tanto como mis mejillas me delataron a mi. —¿Te vas a quedar ahí o me vas a seguir al refugio? —preguntó y cuando me di cuenta ya estaba a unos metros de mi. —¿Refugio? —repetí ligeramente aliviada. Entonces no estaba perdida. Tomé las riendas de mi caballo y me apresuré en alcanzarlo. La fluidez de cada movimiento de su cuerpo dejaba en claro que conocía el terreno de memoria, mientras que yo tenía que bajar la mirada al suelo y asegurarme de que no tropezaría con ninguna raíz o piedra. Incluso era posible que estuviera haciendo guardia cuando nos encontró y definitivamente no dudaba la dirección a la que se dirigía. —¿No entiendes lo que es un refugio o yo lo dije mal, Vanfrinde? —Me refiero… —suspiré prefiriendo no seguirle la corriente. — Mi madre y yo escuchamos de un campamento sin humanos para descansar… —su voz me interrumpió. —No es este. Pero queda más al este, si te quieres ir. —¿Por qué no puede ser este refugio? —pregunté intentando seguirle el paso lo mejor que pude.— Muchos han hablado de… —nuevamente su voz me interrumpió. —No es este. —repitió acomodando al drakno pequeño en sus brazos.— Este campamento no es de conocimiento público. Solo se puede ingresar si es que te invitan. —comentó y pude observar como otra parte de su ropa cayó. Mi garganta se secó con eso y dudé un segundo si desviar la mirada o no. Si fuera completamente sincera conmigo misma, podría ver esto como una oportunidad de aprendizaje. Nunca había visto a draknos de cerca y ahora podía ver a dos. Podía analizar sus cuerpos por completo y más específicamente al del chico frente a mi. Con eso en mente decidí que en efecto era la mejor oportunidad de aprendizaje, por lo que dejé mi mirada pasear por su cuerpo con cuidado. El chico era extremadamente musculoso, seguramente tenía un trabajo que requería algún tipo de fuerza o ejercicio. En general no notaba ninguna característica especial en su cuerpo. Había escuchado que los draknos tenían escamas pero sin duda su piel lucía exactamente igual que la mía y como la de los humanos que había visto en mi vida. No podía decir con exactitud cuánto tiempo estuve mirando cada detalle del cuerpo de ese hombre, pero era difícil hacer otra cosa mientras caía trozo a trozo su ropa quemada. No obstante, en poco tiempo mi mirada se alejó de su cuerpo cuando desapareció de la nada y me quedé completamente sola. No había caído en la cuenta de que el espacio entre cada árbol era más pequeño conforme avanzábamos, no me veía capaz de avanzar siquiera otro metro sin mi caballo. Miré hacia arriba e incluso el cielo era difícil de ubicar por las copas de los árboles. —¿Y ahora? —pregunté suavemente al aire con el ceño fruncido. ¿Estaba loca? ¿Había imaginado a los dos draknos con los que había estado tratando? Caminé un par de pasos y de pronto una mano saliendo y tomando la mía contestó mi pregunta al tirar de mí y de mi caballo hacia el frente. El cabello n***o y los ojos oscuros volvieron a estar frente a mi, pero mi confusión no hizo nada más que aumentar. Detrás de él pude ver a decenas de personas, el poco espacio que vi hacia escasos dos segundos se transformó por completo en un claro enorme y que parecía no tener fin. Había una carpa tras otra sin ningún orden en particular, pero dejando suficiente espacio para que la gente pudiera caminar y trabajar. Nadie me lo dijo, pero no era necesario. No tenía la menor duda de que no había ni un solo humano en este lugar. —Bienvenida a la seguridad que pocos conocen. —me dió un guiño de ojo y vi que ya no tenía al niño en brazos. Mi cuerpo se tensó enseguida porque tampoco lo alcancé a ver cerca, ¿qué tan lejos pudieron habérselo llevado en solo unos segundos? Posiblemente el drakno podía considerar esto como seguridad, pero prefería mantener al niño en mi rango de visión por el momento. —¿Dónde está? —pregunté soltandome de la mano del drakno. Su ropa ya había quedado casi para el olvido pero no me pasó desapercibido que nadie parecía prestarle atención. Como si esto fuera lo más normal del mundo para ellos. —Ya se lo llevaron los sanadores. —me tranquilizó levantando nuevamente las palmas como lo hizo hace menos de una hora.— Contigo hubiera muerto, los dos lo sabemos.. —avisó encogiéndose de hombros.— Aquí estará bien. Ahora. —tomó mi mano nuevamente.-— Ven conmigo porque tengo que presentarte a alguien primero. Ni una sola de sus palabras me tranquilizó lo suficiente como para no intentar buscar al niño con la mirada, pero era consciente de que no estaba en una posición para quejarme o intentar llevarle la contraria. Un par de personas nos voltearon a ver, pero él no hizo más que una inclinación con su cabeza para devolver el saludo. —Escucha con atención, intenta seguir instrucciones y por favor… No hagas problemas, cualquier cosa que hagas me hará ver mal. —advirtió el drakno en un susurro y de pronto se detuvo frente a un grupo de personas, en el medio había una mujer que no nos miró hasta que el chico a mi lado habló. —Anna. Eso inmediatamente llamó su atención. La mujer era castaña y se veía en una edad más avanzada, se alcanzaban a ver canas en su coronilla. Su ropa no se veía de mucha mejor calidad que la mía, pero definitivamente estaba en mejores condiciones. —Dietrich, volviste antes. —comentó acercándose a nosotros y me recorrió con la mirada. —¿Quieres ponerme al día? —Un placer, como siempre. —le dedico una sonrisa ladeada y me dió una barrida rápida con su mirada antes de devolverla a la mujer.— Una vanfrinde estaba a punto de matar a un buerfind. —suspiró pasando una mano por su cabello antes de acercarse a un sitió donde habían colgadas algunas prendas.— El niño fue atacado por la Inquisición, pero la vanfrinde no se ve afectada, por lo que seguramente se lo encontró en el camino. —aseguró terminando de quitarse los retazos de ropa que le sobraron. Mis ojos se abrieron enseguida al mirar eso y enfoqué mi mirada en la mujer que me observaba con cuidado. — ¿Cómo encontraste al drakno? —preguntó por primera vez reconociéndome con su mirada. Por un segundo espere que mejor el drakno responda. Prefería no estar en el foco de esa mujer por mucho tiempo —Yo… —dudé un segundo.— Estaba caminando y lo escuché quejarse. Estaba herido y… —hice una mueca.— Mi madre… —antes de que pudiera continuar la mujer me interrumpió. —¿Tres, Trich? —frunció el ceño.— Eso es una nueva marca personal para ti. —bufó antes de volver a centrar la mirada en mi.— Continúa. —Mi madre no vino. —negué enseguida. — Solo estamos el niño y yo. No podíamos ir todos en el caballo y… —nuevamente me interrumpió y mi paciencia se comenzó a acabar por el trato. —¿Qué más sabes, Trich? —preguntó girándose y tomó una camisa de algodón para pasarsela al drakno. Mi mirada nuevamente volvió a él que ya estaba completamente vestido. —No es peligrosa. Bastante inofensiva, de hecho. —aseguró terminando de colocarse la camisa.— De hecho me recuerda mucho a los niños que recogemos. Está bastante perdida, además. —se encogió de hombros y me observó.— Me da ganas de dejármela como mascota. —me dió una sonrisa y lo adornó con un guiño de ojo. Eso me hizo bufar del fastidio, pero mi reacción llamó la atención de la mujer otra vez. —Bienvenida, supongo. —la mirada de la mujer era fría y dura, muy parecida a la de mi madre. — ¿Tu nombre? Mi primer reflejo fue morderme la lengua y no responder “Sline” a la primera. En cambio, mi memoria se devolvió a cuando todavía tenía que levantar la mirada para alcanzar a ver a mis padres. Muchas veces, muchísimas más de las que alcanzaba a recordar, mi padre me tomó de la mano y me llevaba al salón, donde en cada ocasión mi madre ya nos esperaba. —Tenemos que hablar de cómo vamos a protegernos, princesa. —siempre era la introducción de mi madre. —No puedes confiar en cualquiera y tu nombre es el primer muro de protección, ¿de acuerdo? Simplemente asentí, aunque realmente lo que estaba esperando era a que terminaran de hablar para volver a mis juegos. —Si te separas de nosotros… No importa cuándo, cariño. —papá intentó retomar mi atención. —Si te separas de nosotros, preséntate a ti misma como Simone. ¿De acuerdo? —sonrió para darme confianza. — Tienes dos nombres, ¿a qué es genial? —rió y su cuerpo se vio extremadamente relajado a mis ojos, aunque seguramente estaba tenso. — Sline es tu nombre para la familia. Y Simone es para las personas que no conoces. La rutina se llevó a cabo por tanto tiempo que quedó grabado en mi cabeza y realmente nunca llegué a cuestionarme si debía seguir haciéndolo ahora que no era una niña. —Tu nombre. — repitió la mujer en un tono más exigente, lo suficiente para sacarme de mis recuerdos y volver al presente. —Simone. —Simone. Muy bien, yo soy Annalise. Sígueme. —se dio la vuelta y comenzó a caminar. —Como ya viste, este refugio está muy protegido, llevamos tres años sin que la Inquisición nos encuentre y te aseguro que no es por los hechizos que yo, por cierto, proporcionó. Eso me sorprendió, era mi primera vez frente a una hechicera. Eran la representación más pura de la tierra, hasta cierto punto me sorprendía que no tuviera una corona hecha de ramas. —Tenemos reglas. Debemos cumplirlas sin excepciones, espero que lo entiendas. —me miró de reojo. — Lo primero es que la comida y el agua se reparten de manera justa, pero debes trabajar para ganarlo si no tienes heridas. Sirena, ¿cierto? Nos puedes ser muy útil con los heridos, hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Si cooperas tienes derecho a tres comidas al día, puedes comerlas, empacarlas, lo que quieras, pero no más de tres. Y es muy importante que entiendas que tu estadía aquí va a ser limitada. —me miró de frente, suponía que no muchos reaccionaron bien a esa última parte y quería medir la mía. —Comprendo, no es un problema. —aseguré. —Vengo de paso, me dirijo a Francia. —claramente la sorprendí y por un momento me pregunté si dije mucha información. ¿Quién iba a querer ir a la cuna de la Inquisición siendo un ser mágico? —Un mes a lo mucho. Y si puedes llevarte a alguien contigo, mejor, tenemos otros dos refugios como estos y regularmente tenemos que mover personas de un lado a otro… —Viajo ligero. —la interrumpí y sonreí con una disculpa. Annalise suspiró pero asintió, supuse que tampoco era la primera vez que le decían algo similar. —¿El niño va a estar bien? —Con el tiempo, sí. Te mostraré tu cama. —nuevamente se giró y caminó.
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